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sábado, 3 de marzo de 2012

DISPARATES / 31


LAS CAJAS DE AHORRO COMO REFLEJO DE LA ESTRUCTURA ECONÓMICA SEMIFEUDAL ESPAÑOLA

Alberto Garzón Espinosa - ATTAC

En los años treinta del siglo pasado los economistas marxistas comenzaron a discutir con vehemencia sobre la naturaleza de las economías latinoamericanas. El estudio sobre la posible formación del capitalismo en aquellos países lanzaba algunas conclusiones preocupantes: no era nada probable que lo que allí existiera fuera capitalismo puro. Más al contrario, había múltiples evidencias de que subsistían modos y relaciones de producción de tipo feudal que se combinaban y complementaban con modos y relaciones de producción de tipo capitalista. Aquellos debates dividieron a los marxistas en dos ramas bien definidas: por un lado estaban los ortodoxos, partidarios de alianzas con burguesías nacionales para seguir desarrollando el capitalismo (el socialismo tenía que ser la etapa siguiente al capitalismo), y por el otro lado estaban los heterodoxos o dependentistas (considerados desde entonces neomarxistas), que eran partidarios de la revolución inmediata. Los segundos, por cierto, inspiraron las guerrillas como las del Che Guevara.

Bastantes décadas más tarde los estudiosos de la economía soviética trataron de dar explicación a un hecho desconcertante: cómo un sistema político se había comportado con tanta crueldad y vileza a pesar de estar inspirado en nobles ideales como eran los comunistas. La explicación aportada finalmente fue multidisciplinar, pero entre los factores más importantes destacaba lo que podríamos llamar “la herencia cultural”. Rusia había sido siempre un país con una cultura muy totalitaria, desde su formación como nación hasta el dominio de los zares. Al triunfar la revolución rusa de 1917 y seguir la guerra civil el sistema político zarista se derrumbó formalmente, pero muchos de sus cuadros técnicos (burócratas y administradores del sistema) únicamente vieron cómo cambiaban los jefes. La transición política no se combinó adecuadamente con una combinación cultural y es entonces cuando la “herencia cultural” comienzo a manifestarte con los mismos procesos y métodos violentos ejercidos por el poder.

Traigo estos dos fenómenos aquí porque me han venido a la cabeza al leer el muy buen documento La financiación de las oligarquías provinciales en el apogeo y crisis del negocio inmobiliario en España: una reflexión sociológica sobre las cajas de ahorro publicado en la Revista de Economía Crítica. En dicho documento se interpreta el papel de las cajas de ahorro en el proceso de despilfarro, y de financiación de un modelo productivo insostenible, a partir de las conexiones entre la política y las oligarquías provinciales.

Algunos lo hemos dicho continuamente: en los años setenta España llevó a cabo una transición política que no fue combinada con una transición económica. Como consecuencia de ello las viejas oligarquías franquistas, enriquecidas gracias a la sangre de la guerra, mantuvieron su poder económico aún en el marco de la democracia. Un poder muy provincial, vinculado al territorio y a una estructura económica muy poco desarrollada industrialmente. En este sentido el capitalismo español, como el latinoamericano, tampoco ha sido nunca puro. La historia económica ha demostrado que España ha fracasado en sus intentos de industrialización (a excepción, en términos generales, de las zonas del País Vasco y Catalunya) y que conjuga, por el contrario, elementos y rasgos semi-feudales con elementos modernos. Y es en este contexto en el que hay que inscribir el desarrollo económico español y el papel de las entidades financieras, muy concretamente las cajas de ahorro.

Los poderes políticos locales han estado estrechamente vinculados a los empresarios del territorio, los cuales desde tiempos inmemorables han mantenido un comportamiento de tipo rentista. Así, los pelotazos inmobiliarios y los macroproyectos no rentables (como aeropuertos, parques temáticos o largas autopistas) han servido para generar empleo, riqueza (en términos de Producto Interior Bruto) a la vez que proporcionaba inmensos beneficios a los propietarios de las empresas y a los concejales corruptos. La banca, participada por las grandes empresas constructoras e inmobiliarias y propietario a su vez de ellas, ha sido también parte del modelo. Pero las cajas, administradas por personal muy bien remunerado y políticamente adscrito -directa o indirectamente-, han sido las entidades más volcadas en este modelo.

Y cuando el modelo de crecimiento se interrumpe, con el estallido de la crisis financiera internacional y de la burbuja inmobiliaria, el reguero de pérdidas es colosal. Y, lo peor de todo, el escenario resultante es desolador. Las cajas y bancos empantanados con activos tóxicos que hay que sanear con cargo a la financiación pública, mientras que las empresas no pueden seguir operando porque se inscriben en un modelo -el inmobiliario- que ya no sirve. Generaciones enteras -como la mía- divididas entre las que han sido formadas para un modelo productivo moderno que no existe en España y entre las que han sido formadas para un modelo productivo que ha acabado.

Ante todo este panorama sólo queda una alternativa: redefinición absoluta del modelo productivo (modernización productiva), del modelo de crecimiento (redistribución de la renta), superación del sistema político (segunda y completa transición) y superación del sistema económico (redistribución de la riqueza y socialización de importantes sectores productivos). España tiene que modernizarse en un sentido amplio, y eso no se podrá acometer sin una profunda redistribución de la riqueza y de la renta que acabe con el cáncer que carcome el desarrollo de este país: las oligarquías provinciales. Solo suprimiendo ese cáncer se podrá dar paso a las nuevas generaciones, altamente preparadas, para que puedan desarrollar sus capacidades y habilidades al servicio de la comunidad.

martes, 29 de noviembre de 2011

LECTURA POSIBLE / 19


HAY ALTERNATIVAS, DE VICENÇ NAVARRO, JUAN TORRES LÓPEZ Y ALBERTO GARZÓN ESPINOSA. 115 PROPUESTAS PARA OTRO MUNDO POSIBLE

Suele decirse que la verdad es la primera sacrificada en una guerra. La ya bien conocida guerra de clases de la que habla Chomsky en el prólogo al libro que comentamos, citando a Douglas Fraser, presidente del sindicato más importante de Estados Unidos, “es una guerra en contra de la clase trabajadora, de los desempleados, de los pobres, de las minorías, de los jóvenes y de los ancianos, e incluso de los sectores de las clases medias de nuestra sociedad”. Pero difícilmente podremos leer algo parecido en la prensa convencional, ya sea en inglés, en español o en cualquier otra lengua. La guerra de clases declarada por los poderosos no constituye por sí misma una novedad, como tampoco la falsedad de las premisas en las que se asienta, ni tampoco la ocultación de otros datos y otras opiniones que la ponen en entredicho. Así pues, ¿qué hay de nuevo en la guerra actual?

No parece que a nadie se le escape a estas alturas la dimensión mundial del falso discurso dominante que, presentado en forma de consenso, sirve para legitimar una guerra que persigue el mismo objetivo de siempre: el lucro. Muy atrás, y convertidas ya en meros juegos infantiles, quedan las torpes campañas de propaganda empleadas pronto hará un siglo para justificar aquella carnicería, denunciada en su tiempo sólo por unos pocos, que fue la Gran Guerra. Los exaltados discursos nacionalistas, trufados de mentiras destinadas a suscitar el odio hacia el vecino (discursos intercambiables pero aplicados a un territorio limitado), palidecen ante la gigantesca escala de la propaganda actual, difundida en todas las lenguas y por todos los medios posibles. No hay duda de que esto es una novedad, pero una novedad menor, pues lo que nos sorprende y nos abruma en ella no es más que la dimensión. Lo verdaderamente nuevo es esto: que ahora el enemigo ya no es el vecino, sino nosotros, y que no es de otros, sino de nosotros mismos, de quienes se espera de inmediato una capitulación, la cual, en un giro inesperado de las técnicas publicitarias de la guerra, debemos aceptar por nuestro bien.

La guerra moderna ya no tiene víctimas mortales, o no muchas (aparte, claro está, de la mortandad causada en el Tercer Mundo por la injusta distribución de la riqueza), y la victimización de los vencidos se manifiesta por un descenso generalizado del bienestar en todas partes y en todos los aspectos, pues de hecho se trata de una guerra que ya no es total, sino totalitaria, que afecta a todas las vertientes del individuo: a su trabajo, a su salud, a su educación, a su cultura, a su ocio, y que para obtener sus fines exige no sólo la destrucción del estado vecino, sino también la del propio. En esta guerra las fuerzas de choque son las agencias de calificación de riesgos: Standard & Poor’s, Moody’s Investors Service y Fitch, fuerzas equipadas con armamento avanzado, producto de la más alta tecnología. Los Estados Mayores de este ejército se encuentran en las oficinas de la banca internacional, la cual dispone de sucursales en posiciones avanzadas: gobiernos y bancos centrales, desde donde dichos Estados Mayores pueden realizar sus operaciones de inteligencia y de sabotaje. Sin estado, casi sin representantes políticos, desorganizada y desarmada, enfrente sólo se encuentra la ciudadanía.

Los autores del libro Hay alternativas. Propuestas para crear empleo y bienestar social en España (Sequitur, 2011) son economistas de reconocido prestigio que llevan años explicando la naturaleza del pensamiento neoliberal y sus modos de actuar, así como denunciando sus falacias y proponiendo formas de recuperar la economía, hoy en poder de unos pocos grupos financieros, para las personas. Los lectores habituales de los textos que dichos autores vienen publicando donde pueden, es decir, en libros, en sus blogs personales y en diversos foros cada vez menos marginales, ya conocen los argumentos y el arsenal crítico que emplean para desmontar la teoría neoliberal, en particular en lo que respecta a la supuesta gravedad de la deuda pública, a sus causas y a los procedimientos para atajarla. Mucho más novedoso, y de gran valor, es el último capítulo del libro que nos ocupa, el cual contiene 115 propuestas concretas y practicables, ajenas por completo a la ortodoxia dominante. Propuestas por cierto que se despliegan en torno a una economía específica que no es otra que la española, pero que en su mayor parte constituyen una saludable respuesta global a una perversión igualmente global. En efecto, no pocas de esas propuestas empiezan a ser tenidas en cuenta internacionalmente, desde Estados Unidos hasta Grecia. El libro es en sí mismo un tratado de la sensatez económica opuesta radicalmente a la irracionalidad que nos aflige.

El lector avisado observará que las propuestas enunciadas en ese último capítulo tienen un cariz que va más allá de la teoría económica, pues he aquí que es en ese apartado donde el mesurado registro económico se vuelve más claramente político. Un registro del que está ausente todo extremismo y que más bien bebe de las apacibles aguas de lo que en otro tiempo y en otros lugares fue la socialdemocracia, hoy erradicada del panorama visible, por mucho que algunos partidos sigan ostentando tal nombre. Y es que la aplicación de tales medidas, que componen lo que no hace mucho se llamaba “un programa”, exigiría una conquista de la política y por ende del estado, conquista de la que debe tratar un capítulo que todavía no se ha escrito y cuya redacción es competencia de una ciudadanía cargada de indignación y de razón, pero que con libros como este empieza a disponer también de recursos teóricos y prácticos, económicos y políticos, que podrían servir para que dicha ciudadanía, que como dicen los autores del libro “puede construir su historia”, diera un paso más allá de la indignación.

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Los autores de Hay alternativas. Propuestas para crear empleo y bienestar social en España han puesto el libro a disposición de los lectores por descarga directa en la página de ATTAC España.

jueves, 30 de junio de 2011

DISPARATES / 23


GRECIA, RUINA Y NEGOCIO (I)

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El origen del problema vendría a ser el mismo que ya en su tiempo hizo posible la teoría del espacio vital alemán y del nazismo: la necesidad que tiene el país con el mayor sector exportador de Europa de un mercado en el que colocar sus productos. La Unión Europea se concibió en estos términos, y por eso constituye un mercado apto para la circulación de mercancías y capitales, pero carece por completo de un sistema redistributivo que armonice las desigualdades entre las naciones. La contención de los salarios en Alemania durante la pasada década, y la existencia de un enorme mercado europeo ansioso por adquirir dichos productos de un alto valor añadido, y pagados en una moneda única, constituía una situación idílica en el país de Angela Merkel, situación que sólo ha podido mantenerse gracias a un creciente endeudamiento de los países periféricos. Estos, definitivamente, han perdido el paso, y ninguna de las alternativas posibles es vista con buenos ojos en Alemania. Un incremento de los salarios allí supondría una mejora de la competitividad aquí, pero también, en Alemania, una disminución de la productividad y de los beneficios y un aumento del desempleo. La burocracia gobernante parece empeñada en mantener el modelo contra viento y marea y ya contra toda lógica, apelando a los prometedores beneficios de la banca.
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Transferir fondos públicos a bolsillos privados –o más sencillamente: el robo− no es una estrategia nueva en el mundo de las finanzas y de la banca internacional. Lo que sí es nuevo es que esta estrategia se desarrolle tan masivamente como ahora, imponiendo la ruina a los estados y los pueblos y condenando a estos a un empobrecimiento y una situación de bancarrota permanente que durará por lo menos algunas décadas, todo ello con el aplauso de la prensa y de los partidos dominantes, incluidos los llamados socialdemócratas. Bien claro lo ha dicho Theodoros Pangalos, vicepresidente griego y “socialista a la antigua usanza”, según fue presentado en su momento por el diario Público: “Hay que elegir entre el paquete de medidas [en alusión a los recortes aprobados ayer] o los tanques”, y, concretando aún más: El ejército tiene que salir a las calles a proteger los bancos. Por cierto que este socialista es nieto del general que participó en el golpe de estado en Grecia de 1925, a resultas del cual fue designado primer ministro de la dictadura entre ese año y el siguiente. De casta le viene al galgo.
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Según el economista Costas Lapavitsas, al que cita el autor del siguiente artículo, “hasta un alumno de primero podría llegar a entender que lo último que necesita alguien en bancarrota son más préstamos punitivos y un recorte de los ingresos”. ¿Qué sentido tiene entonces este nuevo rescate? La respuesta, según Lapavitsas, es que “se trata de rescatar a los tenedores de bonos y comprar tiempo para los bancos. Jean-Claude Trichet, el presidente del BCE –un burócrata no elegido– le ha impuesto su voluntad a Angela Merkel, la política más poderosa de Europa. En 2015, Grecia se encontrará en bancarrota, pero su deuda estará abrumadoramente en manos de entidades crediticias públicas: la UE, el BCE y el FMI. Cuando se produzca el impago, los bancos ya estarán fuera de ello y la carga recaerá en los contribuyentes europeos”. Ante la evidencia de que Grecia no podrá pagar la deuda que está contrayendo, tendrán que ser el resto de los europeos los que acudan a rescatar al rescatador (el Banco Central Europeo). La otra alternativa no deberían ser los tanques, como afirma Pangalos, sino el desmantelamiento de una unión económica y monetaria que a estas alturas ha dado pruebas más que suficientes de su fracaso. Según el economista americano Randall Wray, la razón principal de ese fracaso es la incapacidad para armar una respuesta en términos de política fiscal efectiva. A lo que el mismo autor añade que, a falta de una autoridad fiscal, hoy más improbable que nunca, ¿qué queda? Salir de la unión.

Alberto Garzón Espinosa - ATTAC

La revista digital Sinpermiso acaba de publicar en castellano algunos artículos sobre el futuro de Grecia y los países periféricos en general que son altamente recomendables. Me da la sensación de que por la elección de los mismos puede derivarse que la línea editorial de la revista apuesta por una salida del euro, algo sobre lo que no hay acuerdo en la izquierda política.

El artículo de Costas Lapavitsas, que por cierto es griego, apuesta por la salida del euro a pesar de los costes sociales que puede suponer a corto plazo. La alternativa, dice, es el paroxismo de la crisis. Según Lapavitsas los miembros de la troika UE/BCE/FMI saben perfectamente que Grecia va a acabar reestructurando la deuda, y que si están ofreciendo esos programas de “rescate” es únicamente para conseguir que los poseedores de títulos de deuda pública (y que son bancos fundamentalmente) puedan deshacerse de unos títulos que dentro de muy poco no valdrán nada. Eso significa que los planes de rescate lo único que consiguen es trasladar el riesgo desde las unidades privadas hacia las unidades públicas. Es decir, lo que ya veníamos diciendo una y otra vez.

Lapavitsas insiste en la necesidad de salir del euro, algo que ya proponía el informe del Research on Money and Finance del año pasado y del cual fue él mismo su coordinador. Por cierto que Lapavitsas habla de las horas trabajadas por los griegos, algo que ya vimos el año pasado al demostrar que son los segundos en la OCDE en horas trabajadas, y de la indignación masiva que puede derivar en una oposición frontal a los planes de la troika.

Por otra parte un poskeynesiano como Randall Wray también propone la salida del euro como única solución posible a la crisis de los países periféricos. Pero lo hace tras asegurar que la solución alternativa y de izquierdas no tendrá aceptación en los organismos actuales de la UE y que por lo tanto estamos ante un callejón sin salida. Esa alternativa progresista pasa por incidir en los desequilibrios comerciales y, en concreto, subir los salarios de los trabajadores de Alemania*. Es, por cierto, la solución que poskyenesianos radicales como E. Stockhammer y O. Onaran y marxistas como M. Husson recomiendan en algunos de sus artículos sobre la crisis griega.

En el fondo no parece que haya mucha disensión en torno a qué opciones tiene la UE para superar sus problemas actuales, ni mucho menos a la hora de predecir lo que está por venir. La diferencia estriba en que algunos (Stockhammer, Onaran, Hussson) confían en recuperar una Unión Europea social que otros (Wray, Lapavitsas) ya dan por perdida.

Sobre lo que está por venir no parece haber duda. Un proceso importantísimo de regresión social, con pérdida de derechos laborales (reformas en mercado de trabajo), sociales (reformas en sistema de sanidad y educación, entre otros) y económicos (reformas en sistemas de pensiones, por ejemplo). Todo ello reducirá la capacidad de demanda de los países, llevando a menores ingresos por parte de los Estados. Eso mantendrá la deuda en los mismos niveles o incluso en niveles crecientes, tras lo cual necesariamente vendrá el impago y la agudización -aún más- de la crisis. Pero un impago que seguramente sea gestionado por los acreedores y no por los deudores, que es como tendría que ser.

No parece haber duda de que pronto tendremos una nueva crisis financiera, bien porque la quiebra de un país supone un efecto dominó de impagos (y muy especialmente en el mercado de CDS**) bien porque los bancos están jugando con fuego como precisamente acaba de recordar el Banco Internacional de Pagos.

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* Algo con lo que no estoy del todo de acuerdo, puesto que eso puede resolver los desequilibrios comerciales de Alemania pero no necesariamente de España o Grecia. Los competidores de Grecia o España en materia comercial no son los países exportadores de alto valor añadido sino, desgraciadamente, países como China. Puede verse algunos datos en el working paper de Felipe, J. y Kumar, U. (2011): "Unit labor cost in the Eurozone: The Competitiveness debate again"

** CDS: Credit-Default Swaps. Estos contratos dan cobertura a los riesgos crediticios, permitiendo que bancos y fondos especulativos apuesten por la quiebra de un país entero y resulten beneficiados. Esta clase de coberturas y seguros casi derribaron a la gigante aseguradora American International Group (AIG).
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Aquí puedes leer el artículo de Costas Lapavitsas en la revista Sinpermiso
Y aquí el de Randall Wray