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martes, 21 de junio de 2016

LECTURA POSIBLE / 215

IRMGARD KEUN, LA CHICA DE SEDA ARTIFICIAL

En el verano de 1936 el director de cine Géza von Cziffra fue a visitar a unos amigos al balneario de Bredene-sur-Mer, en Bélgica. Ellos eran el periodista Egon Erwin Kisch y Gisella, su esposa, los cuales habían sido deportados de Alemania hacía poco, después de que él pasara un tiempo en la prisión de Spandau. Mientras conversaban acerca de la producción de un film sobre la vida del desdichado káiser Maximiliano, dos personas llamaron a la puerta y se unieron a la charla. A Cziffra, que es quien cuenta la historia, una de ellas le resultaba familiar desde que, más de una década atrás, frecuentaba el Romanisches Café de Berlín. Joseph Roth, pues de él se trataba, se le apareció algo envejecido, sin duda a causa de dos razones que Cziffra conocía bien: su afición al alcohol y su absurdo estilo de vida bohemio. La otra persona, una hermosa y joven mujer, era desconocida para él pero no para los Kisch. Fue sin embargo Roth el que la presentó: “Ésta es Irmgard Keun”, le dijo; “la chica de seda artificial”.

Tenía poco más de treinta años y estaba casada con el escritor Johannes Tralow, autor de novelas históricas que vivía en Alemania. Keun, que en su adolescencia quiso ser actriz y estudió interpretación en Colonia, se dedicaba también a la literatura y había publicado ya dos novelas de éxito: Gilgi, una de nosotras, que apareció en 1931, y La chica de seda artificial, que fue publicada al año siguiente. La ex actriz se había iniciado en la escritura por consejo de Alfred Döblin, y no poco del tono nacional-popular, realista y directo de la obra maestra de aquél, Berlín Alexanderplatz, se había transferido a estas juveniles novelas de Keun, novelas modernas en el sentido más amplio de la palabra, novelas feministas, además, que, escritas con inteligencia y humor, habían caído como una bomba en las postrimerías de la República de Weimar. Nada parecido se había leído antes en lengua alemana, y mucho menos escrito por una mujer. Ahora, sin embargo, sus libros estaban confiscados y prohibidos en Alemania. “Libros del asfalto”, decían de ellos los promotores culturales del Reich, para quienes lo genuinamente alemán debía ser ante todo rural y campestre, además de insípido. Keun había emprendido una pugna con las autoridades a fin, primero, de enterarse de por qué sus libros estaban prohibidos, y, segundo, con el propósito de obtener una indemnización por los perjuicios causados. Tras presentar su reclamación en diversas instituciones, no obtuvo ni una cosa ni otra. Y he aquí que Irmgard Keun tiene que marcharse de Alemania, única rubia natural y aria por los cuatro costados en un exilio que es principalmente judío. Así que se despide de su marido, coge un tren y se va a Ostende para disfrutar del aire limpio del Mar del Norte. Es mayo.

Allí están todos, una pequeña colonia de escritores de expresión alemana prohibidos en su país y que tampoco son ya alemanes. El primero con el que se encuentra es Hermann Kesten, quien junto a Walter Landauer dirige Allert de Lange, una de las dos editoriales alemanas de Ámsterdam (la otra es Querido). Nada más llegar a Ostende recibe nuestra autora trescientos florines en concepto de anticipo por su próxima novela, que todavía no ha empezado a escribir. También se encuentran en Ostende Stefan Zweig y Joseph Roth, que han formado una especie de asociación fraterno-literaria que el primero de ellos se toma siempre en serio; el segundo, sólo a veces. El verano que van a pasar en Ostende está cargado de buenas intenciones literarias, pero además Zweig se ha propuesto salvar a su amigo de la bebida, vestirle y hacerle comer al menos una vez al día. La aventura de este verano tiene para Zweig otro motivo un poco menos confesable, y es que se ha llevado allí a su secretaria, Lotte Altmann, que ahora también es su amante. Ella se deja ver por los bistrós con su máquina de escribir mientras él recibe cartas de su esposa, Friderike, que está en Viena, en las que le dice que allí las cosas no están tan mal y le advierte de la perfidia de su secretaria, a la que entre amigos llama “la víbora”.

Todo esto resulta muy humano y un poco loco, igual que los libros que unos y otros escriben o proyectan escribir. Entre ellos aparece Kesten, siempre donde se le necesita, repartiendo anticipos por novelas que nadie sabe con certeza si podrán publicarse algún día: “Él es”, anota Zweig, “el padre tutelar de todos los dispersos por el mundo”. Al conocerse la noticia de que ha empezado una guerra civil en España hay una reunión en casa de los Kisch, y Arthur Koestler se ofrece a ejercer funciones de espía en el Estado Mayor de Franco. El propio Kisch dirigirá un batallón de las Brigadas Internacionales.

El primer encuentro entre Roth y Keun no parece muy prometedor. Él reprocha a la joven que haya tardado tres años en escapar de Alemania, pero se ablanda al conocer por ella misma las múltiples gestiones que ha hecho en el país de Hitler en defensa de sus derechos de escritora. Pasarían dos años juntos recorriendo todas las estaciones del exilio: París, Bruselas, Varsovia, Ámsterdam. Se cuenta en la colonia de ex alemanes de Ostende que también la joven pretende alejar a Roth de la bebida, mientras él se propone justo lo contrario: que ella lo acompañe. Es probable que al final él se salga con la suya, según la opinión general. Keun, cuyo marido se niega a divorciarse, pide consejo a Roth, y él sugiere enviarle un telegrama en el que le informe de que aquí se acuesta con negros y judíos. Keun obtuvo el divorcio al año siguiente, pero no se casó ni con Roth ni con nadie. “Fue más una gran amistad que un gran amor”, explicó más tarde.

Hay un aliento en este veraneo de Ostende: un aliento de guerra, de persecución, de incertidumbre, de inminencia del fin del mundo. Y de rara libertad que debe saborearse con ansia porque pasará pronto. Las novelas deben acabarse porque para vivir hace falta otro anticipo, de manera que Roth, que pocas veces ha escrito con esmero, está lejos de lograr aquí sus mejores páginas, pero en cambio alcanza algunas de sus mayores borracheras. Está más brillante e ingenioso que nunca, pero se le hinchan las piernas y todas las mañanas su joven novia tiene que sujetarle la cabeza mientras vomita en el váter. Es entonces, seguramente, cuando Irmgard Keun comprende que el viaje de él es de los que uno tiene que hacer solo.

Zweig y otros exiliados se bañan en el Mar del Norte; Roth, para quien el mar representa un exceso innecesario de elemento líquido, no se baña nunca. Se los ve pasear y sobre todo en las tabernas, y es difícil imaginar que dentro de poco algunos de ellos estarán muertos. Una historia de ese verano está recogida en Ostende 1936, El verano de la amistad, libro de Volker Weidermann que se publicó en España el año pasado. Nuestra Irmgard Keun iba a sobrevivir a Ostende, a Hitler, a la guerra, al fin del mundo e incluso a Roth. Cuando poco tiempo después ya no haya ningún sitio adonde ir, ni siquiera en el exilio, aprovechará que el Daily Telegraph ha dado la noticia de su suicidio para regresar a Alemania, donde vivirá de incógnito gracias a la documentación falsa que le facilitó un miembro de las SS de Holanda. Olvidada durante muchos años, su obra empezó a ser recuperada en los setenta, habiendo publicado sus novelas entre nosotros la editorial Minúscula.

Cuenta la primera, la ya mencionada Gilgi, una de nosotras, la vida de un tipo de mujer urbana que no iba a tardar en ser odiado y desterrado por el nazismo. Gilgi quiere ser independiente, libre y moderna, tanto que algunos de los pasajes del libro bien podrían haberse escrito hoy mismo. La acción transcurre en Colonia. Gilgi es mecanógrafa, tiene veinte años y vive con sus padres. Pero estos, que son de condición humilde, no son sus verdaderos padres, según la confesión que le hace su madre adoptiva el día que Gilgi cumple veintiún años. Perdido su empleo, la muchacha ve partir a su amiga Olga, que se dirige a Berlín para hacer fortuna. Otro amigo, el antipático Pit, es socialista, toca el piano en tugurios de mala muerte y no parece que pueda o quiera servirle de ayuda. Será él, sin embargo, quien estará a su lado al final, cuando Gilgi, tras separarse de su amado Martin, del que está embarazada, tome el tren con destino a Berlín, en el inicio de un viaje tan cargado de ilusiones como de incertidumbres. Ya este libro, que se publicó por entregas en la revista socialdemócrata Vorwärts, presenta el rasgo principal de los que le sucederán: la inmediatez, pues lo que se narra en él es el ahora mismo de la autora y de su tiempo.

De las escritas por Keun, La chica de seda artificial es la novela más celebrada y la que cuenta con mayor número de ediciones, en parte a causa del éxito de la adaptación teatral que hizo la autora y que, en forma de monólogo, se representa hoy en Alemania con frecuencia. Su protagonista es Doris, otra muestra de esa mujer del asfalto a la que pertenecía Gilgi, joven que aquí se nos aparece, como una continuación de la anterior, ya en Berlín y equipada con un abrigo (que ha robado) y una maleta. El libro contiene una descripción de la vida cotidiana en la capital alemana en vísperas del triunfo nazi, descripción que lo es de un período de crisis, de los cafés y cabarets, de los burdeles, de los puestos de venta ambulante y de las colas de desempleados. Por todos esos lugares transita Doris, una joven sin recursos pero esperanzada, totalmente ajena sin embargo a cualquier idea concreta referida al futuro. Ella ama, bebe y sueña. Y dice: “Cuando hablo contigo de este modo, me siento mejor. Qué tortura. Sin embargo, yo tampoco sé de qué voy a vivir mañana, esa es la diferencia entre nosotros. Porque yo seré siempre la chica de la sala de espera. Besé tu mano, tenías una mano con dedos tan delicados que no se atrevían a tocar a una mujer, pensando siempre que se rompería si la acariciabas. Después me fui. Estuve a punto de vomitar en la escalera, consumida por la tristeza y la desgracia”.

Después de medianoche es una de las novelas que nuestra autora escribió en el exilio, y fue publicada en 1937 por la editorial Querido de Ámsterdam. Ambientada en Frankfurt, la novela constituye un fiel documento de la vida en el Reich tras la aprobación de las leyes raciales. Sanna, la protagonista, proyecta abrir con su novio, Franz, una tabaquería, pero el proyecto se frustra por la repentina detención del novio, a causa de la delación de un vecino. Asistimos aquí al retrato de una sociedad dominada por el miedo y la desconfianza, todo ello en torno a un acto de propaganda en la Opernplatz en el que tiene parte Hitler, y a la consiguiente huida. Como novela de exilio, pueden rastrearse en sus páginas el estado de ánimo y los problemas de los escritores que ya habían sido prohibidos o que estaban a punto de serlo por el nazismo. Conciencia cáustica de ese exilio literario es Heini, personaje locuaz y bebedor en cuyas opiniones encontramos ecos de las de Joseph Roth acerca de la situación europea y la posición de los intelectuales antifascistas.

Por último, Niña de todos los países, publicado por Querido en 1938, es también libro del exilio, pero protagonizado esta vez por una niña, Kully, que ha de llevar una vida “internacional” junto a su madre, de hotel en hotel, mientras aguardan el dinero que debe enviarles su padre. La protagonista de diez años inspecciona el trastornado mundo que encuentra en diversas ciudades europeas y finalmente también en Nueva York, en lo que constituye una dramática y a la vez divertida crónica de la emigración forzosa. La niña, que no tiene nada de cándida, relata las vicisitudes de sus padres y las propias con la desenvoltura de quien encuentra natural la vida azarosa y nómada del refugiado.

Hoy la obra de Irmgard Keun ha sido felizmente recuperada y en su país ocupa el lugar que se reserva a los clásicos. A este tesoro literario le falta, en cambio, el debido reconocimiento fuera de Alemania, cosa que ahora puede empezar a cambiar también en castellano. Pues se trata de una obra necesaria en nuestro tiempo, lúcida, humorística y trágica cuando debe serlo, siempre sincera, y, desprovista como está de grandes pretensiones intelectuales, profundamente sabia. Casi única mujer entre hombres, Keun nos ha dejado en sus páginas el testimonio original de una época de la que la literatura, sin ella, no lo habría dicho todo.

martes, 19 de abril de 2016

LECTURA POSIBLE / 208

FRIDERIKE ZWEIG: DESTELLOS DE VIDA

Cuenta Stefan Zweig en su autobiografía El mundo de ayer cómo al término de la Gran Guerra, con su patria aniquilada, tomó un tren que desde Suiza debía trasladarle a Salzburgo, donde pensaba establecerse. Al llegar a la estación fronteriza de Feldkirch advirtió un gran revuelo junto a otro convoy que permanecía estacionado, el cual también acababa de llegar a la estación pero circulaba en dirección contraria. Entre la gente que llena el andén, Zweig reconoce a un hombre de andar rígido y vestido de negro, acompañado de una mujer también vestida de negro: son Carlos, el último emperador de Austria, y su esposa, la emperatriz Zita, restos de una dinastía que había gobernado durante setecientos años y que entonces, obedeciendo una “invitación” de la nueva República, marchaban al exilio. De este modo solían producirse los acontecimientos históricos que Zweig, habitante de una Mitteleuropa que era como un modesto pueblo al pie de los Alpes, presenció de cerca y describió en su autobiografía. Junto a estos grandes hechos hubo no obstante otros que no han merecido pasar ni a sus libros ni tampoco a los de Historia, algunos de los cuales han sido narrados por quien fue su primera esposa y por otros testigos cuya experiencia han ido desvelando los estudiosos más tarde, incluso hasta el momento presente.

Al iniciarse la Gran Guerra, un grupo de intelectuales pacifistas, cuyos países estaban en guerra, se reunió en una Suiza neutral que en ese momento estaba siendo atravesada por columnas de refugiados, revolucionarios, espías y ladrones. Friderike, para entonces, tenía ya a su espalda algo de la historia de Europa y de sí misma. Durante algunos años había sido la señora Winternitz, por su matrimonio con un funcionario de Hacienda del que tuvo dos hijas: Alix y Suse. Con el nombre de Friderike Winternitz había publicado varias novelas (nunca traducidas al castellano), y con el mismo nombre había sido presentada en 1912 a Stefan Zweig. Dos años después de este encuentro, Friderike se divorció para casarse con Stefan, con el que mantendría una especie de alianza espiritual hasta el suicidio de éste en la lejana Petrópolis, en Brasil. Por cierto que para entonces Stefan Zweig estaba casado con quien había sido su secretaria, pero esa es otra historia.

En Suiza, durante la Gran Guerra, el grupo de intelectuales entre los que se encontraban los Zweig combatió en una guerra incruenta en la que, como hoy sabemos, iba a decidirse el destino de Europa, y que ellos perdieron (y nosotros). Se trataba de una guerra contra la guerra y a la vez de una reivindicación de la cultura europea, esa misma cultura que ya en el siglo anterior había sido presentida por un Beethoven, y que mucho antes había hecho posible que los actores de la Commedia dell’arte que hacían sus piruetas en la plaza de San Marcos de Venecia introdujeran en sus soliloquios palabras de origen eslavo, o griego, o portugués. Durante la guerra, en 1917, Stefan Zweig estrenó en Zurich su obra dramática en nueve cuadros Jeremías, dedicada al profeta que, en un contexto cristiano, heredó de Casandra el don de predecir el futuro, y también el de que sus predicciones no fueran creídas. Friderike nos ha dejado en su libro de recuerdos Destellos de vida (Papel de Liar, 2009) un testimonio de aquellos años en los que unos pocos se opusieron con sus obras, con sus actos, sus dudas y convicciones, a las atrocidades que se cometían en toda Europa, y que pusieron punto final no sólo al mundo que ellos habían conocido, sino también a uno mejor que aún no había nacido. Entre ellos estaban Rainer Maria Rilke, Romain Rolland y Frans Masereel, que cautivó a Friderike por su optimismo y su sensibilidad. Muchos años después, casi octogenaria, los recordaría a todos cuando escribió sus memorias en su exilio de Stamford, Connecticut, del que nunca volvió.

Las noticias de los Zweig que encontramos en el libro de Friderike se entrecruzan con las de infinidad de personas que aparecen en él fugazmente y cuyas historias se siguen recomponiendo todavía hoy, en una Europa en la que vuelve a sonar el tambor y que se amuralla contra sus propios miedos. De entre esos personajes salidos del anonimato sobresalen dos que proceden del distrito de Hürben, en Krumbach: Henry Morgenthau y Mike Nichols. En el mismo Hürben había nacido Peppi Landauer, quien junto a su marido, fabricante textil, se trasladó a Viena, donde tuvo dos hijas, una de las cuales, Ida, tras casarse con otro industrial del mismo ramo, dio a luz a Alfred y a Stefan Zweig. La abuela de Stefan era judía, como muchos de los habitantes de Hürben, y a ella se refería el autor de Novela de ajedrez cuando escribió que era “judío por casualidad”. A Henry Morgenthau se le recuerda hoy no sólo en Hürben por haber sido el inspirador, tras la Segunda Guerra Mundial, del llamado Plan Morgenthau, que elaboró siendo ministro de Hacienda y que tenía por objeto la reconversión de Alemania en un estado agrario, en respuesta a la hiperindustrialización alimentada por el Reich. No es preciso decir que el proyecto, que habría dado pie al desarrollo de una Alemania muy diferente de la que conocemos, se truncó pronto, a causa en gran parte de la oposición de los magnates de la industria.

Otro Landauer, el anarquista Gustav, estaba casado con Hedwig Lachmann, escritora alemana de origen polaco que en 1918 murió de neumonía y fue enterrada en el cementerio judío de Hürben. Gustav sólo la sobrevivió un año, pues en la primavera de 1919 fue asesinado en prisión por miembros del Freikorps, la organización paramilitar de extrema derecha que era ya por entonces el germen del nacional-socialismo. Brigitte, la hija de ambos, se casó en Berlín con el médico ruso Pavel Nicolaevich Peschkowsky, con quien tuvo un hijo en 1931: Michael. La familia emigró en 1938 a Nueva York, y allí Michael se convirtió en Mike Nichols, quien con el tiempo habría de convertirse en director de cine, autor de películas como ¿Quién teme a Virginia Woolf? y El graduado.

Y hay todavía un Lazar Morgenthau, habitante de Hürben, que se casó con Babette Guggenheim, once años más joven que él, y que marchó a Baviera para fundar una fábrica de cigarros, los cuales no estaban hechos con tabaco, sino, a causa de las estrecheces de la época, con un extracto de agujas de pino. Se hizo millonario y emigró a Estados Unidos, donde quiso ser comerciante de vinos y se arruinó. Como recuerdo, queda de todos ellos hoy una placa en Hürben, así como una parte del cementerio judío y un monumento que fue erigido en el lugar donde una vez se encontró la sinagoga.

Destellos de vida, como indica su subtítulo, es un libro de memorias. Evoca aquí Friderike su niñez en Viena, su primer matrimonio, sus trabajos literarios y sus treinta años de convivencia con Zweig. En la última de sus cartas a Friderike, aquél escribió: “Nací en 1881, en un imperio grande y poderoso –la monarquía de los Habsburgo–, pero no se molesten en buscarlo en el mapa: ha sido borrado sin dejar rastro. De manera que ahora soy un ser de ninguna parte, forastero en todas; huésped en el mejor de los casos. Para mi profundo desagrado, he sido testigo de la más terrible derrota de la razón y del más enfervorizado triunfo de la brutalidad; nunca jamás sufrió una generación tal hecatombe moral, y desde tamaña altura espiritual, como la que ha vivido la nuestra”. Y Friderike, por su parte, escribe que estas páginas “llevarán consigo el hálito del tiempo y darán fe de la época de incertidumbre en que vivimos”. Esta incertidumbre, a diferencia de Stefan, nunca la vivió ella como una pérdida de la seguridad, lo que no impide que dé inicio a su relato con el incendio que sufrió el Ringtheater de Viena dos años antes de su nacimiento, el día del estreno de Los Cuentos de Hoffmann. La inseguridad, la exposición y el desamparo de la propia vida ante los grandes acontecimientos que luego habrán de ocupar un lugar en los libros de Historia estaban ya en el ambiente y en la conciencia de Friderike, y ello en apacible convivencia con esa percepción provinciana y a la vez mundana de la vida que era propia de aquella vieja Viena, poblada por emperatrices y archiduques que eran como de la familia, y cuyas vicisitudes se celebraban o se lloraban en la intimidad de las casas burguesas. Por la de los Zweig en Salzburgo iban a pasar Romain Rolland, Albert Einstein, Thomas Mann, Arturo Toscanini y muchos otros que como la autora afirma “contribuyeron a modelar el perfil cultural y artístico de nuestro siglo”. Y de ellos, como de múltiples personajes anónimos cuya historia ha sido desvelada más tarde, queda constancia en estas páginas, en las que su autora quiso recrear su mundo de ayer “con vistas al futuro, de dentro hacia fuera y de fuera hacia dentro”. Un mundo, escribe Friderike, del que “no me siento llamada a decir más, ni tampoco menos”.

martes, 13 de enero de 2015

LECTURA POSIBLE / 172

JOSEPH ROTH Y STEFAN ZWEIG: CORRESPONDENCIA (1927-1938)

Del esmero y la predisposición que reclaman las cartas, que vinculan materialmente al emisor y al receptor, carecen por completo las letras destinadas al soporte electrónico, en las que no existen huellas personales y parecen por ello llamadas a disolverse de inmediato en algún universo virtual. El viejo hábito de escribir y recibir cartas parece haberse perdido ya irremediablemente, y tal cosa ha sucedido en el breve plazo de una sola generación. El brusco cambio de costumbres no obedece a una dudosa revolución cultural, sino que ha sido provocado por la electrónica y por las compañías multinacionales que se enriquecen con ella, las cuales nos han dejado mudos ante el futuro, al que legaremos una pantalla que no habrá donde enchufar o, en el mejor de los casos, un mensaje de acceso denegado. Hoy es posible saber que hace dos mil años un soldado romano destinado en las Islas Británicas solicitaba a su señora que le enviase un pijama y unos zapatos. Eso es lo que solemos llamar “cultura”. Como herederos de un mundo inhabitado, inútilmente buscarán nuestros descendientes a los testigos de este tiempo.

Valga lo anterior como mínima e inevitable reflexión tras la lectura de este libro que, por medio de una correspondencia de algo más de diez años, nos informa de la amistad entre dos autores importantes del siglo XX, así como de sus diferentes actitudes ante las exigencias que a ambos les hicieron la vida y la época. De Zweig, también la editorial Acantilado nos había propuesto hace unos años su correspondencia con Hermann Hesse, y la misma editorial ha publicado un voluminoso libro con la mayor parte de las cartas escritas por Roth, algunas de las cuales, las dirigidas a su amigo vienés, reaparecen aquí en una nueva edición que ha estado a cargo de Madeleine Rietra y Rainer Joachim Siegel. El contenido del libro que comentamos es, pues, una novedad sólo en parte, y su publicación por Acantilado parecía obligada al menos por dos razones: por la especial relación que estos autores mantuvieron largo tiempo, que tuvo que ser principalmente epistolar a causa del estilo de vida que llevaba uno de ellos, y porque ambos son pilares fundamentales de su catálogo.

La correspondencia entre Stefan Zweig y Joseph Roth la inicia el segundo de ellos en septiembre de 1927, a propósito de un comentario elogioso que el primero había hecho a su libro Judíos errantes. Iban a tardar dos años en encontrarse, y para entonces ya existía una simpatía y un interés mutuos forjados al hilo de los libros que iban publicando y de los proyectos, en gran parte periodísticos en el caso de Roth, a los que se referían en sus cartas. El encuentro tuvo lugar en Salzburgo, en la casa de Zweig, y si la mayoría de las cartas enviadas a éste fueron dirigidas a esa casa de Kapuzinerberg, número 5, las remitidas a Roth debieron buscarle por media Europa. Ya esto nos dice bastante acerca de ambos personajes: un burgués y sedentario Zweig que, como antes hiciera Hofmannsthal, movía desde Salzburgo no pocos hilos de la cultura austríaca; y un nómada Roth que desde los dieciocho años carecía de domicilio fijo.

Como judíos, Zweig y Roth son paradigmas opuestos y, cosa rara, a la vez convergentes y divergentes de lo que fue su pueblo hasta que llegó el Holocausto. Zweig era vienés y pertenecía a una familia acomodada. Prototipo del asimilado, el dato biográfico de su origen era para él como mucho una olvidada y vaporosa referencia familiar, la cual, si no tenía la menor importancia para él, sí la tendría, decisivamente, para otros. La condición de Roth era bien distinta. De entrada su nacimiento lo situaba geográficamente en la periferia del Imperio Austrohúngaro, en la remota Brody, en Galitzia, cerca de la frontera rusa. Allí el judaísmo era algo más presente y más próximo. Además, la fuga de su padre pocos meses después de casarse le dio tempranamente una lección profunda del desarraigo, al ser criado por turnos por sus parientes paternos y maternos. Como ha escrito Claudio Magris, la existencia de Roth fue “una huida sin fin” siempre hacia Occidente, primero a la central Viena y después a París. El origen judío de Roth, si hay que creerle a él, resultaba ser también insignificante (“un color de pelo en lugar de otro”, dijo), pero hay motivos suficientes para suponer que tal cosa era más un deseo que una realidad. Difícilmente, de lo contrario, podrían explicarse algunos de sus libros, en especial Job, pero es que además el judaísmo estaba en el origen de una identidad que sólo parcialmente, y al final de manera frustrada, pudo ser reemplazada por otra. Esa identidad era la supranacional y cosmopolita que para Roth representaba el ser súbdito del Imperio, y que se derrumbó de la noche a la mañana tras la Gran Guerra. A partir de ese momento Roth adopta una patria portátil formada exclusivamente por tres maletas. Vive en hoteles y sobre todo en cafés, en los que escribe desaforadamente los artículos para la prensa, a la que detesta, que le paga por línea escrita y gracias a lo cual malvive. Trasnocha y bebe más de la cuenta, y cuando recibe alguna suma respetable en concepto de anticipo por alguno de sus libros la dilapida en el acto, a beneficio de las destilerías y los amigos. Como remate, se casa con una encantadora muchacha que enferma “de los nervios” al poco tiempo, mientras tiene la debilidad de acostarse con tal o cual conocida que le libra por un momento de sus preocupaciones. Su mujer tendrá que ser ingresada en un hospital psiquiátrico, que se llevará la mayor parte del dinero que Roth no consigue ganar. En medio de eso, padece trastornos del hígado, el corazón y el estómago, y cuando piensa que hay suficiente confianza entre ellos, a Zweig, al autor respetado y de éxito, cuyos libros se venden en todo el mundo, le pide dinero. Zweig le ayuda y le imparte sensatos consejos que el otro no puede escuchar. Morirá en París en 1939, alcoholizado, con la sensación de no haber tenido tiempo ni cabeza para escribir su mayor obra. Zweig, que sí la escribió, se quitaría la vida junto a su segunda esposa y ex secretaria más rápida y drásticamente en un lugar del mundo llamado Petrópolis, en Brasil, sólo cuatro años más tarde.

A caracteres tan diversos, y a biografías tan por lo demás distintas, a las que sin embargo aguardaba un mismo destino, el abismo, les correspondió dos maneras de contemplar el mayor acontecimiento de la época: el fascismo alemán. Roth entendió pronto el significado de éste y supo que había que irse; Zweig, en cambio, hombre de prestigio que creía con razón haber aportado algo de valor a la cultura alemana, creyó que sería posible congraciarse. Conviene detenerse en este episodio del que tenemos aquí un abundante intercambio epistolar, no sólo en lo relativo propiamente al nazismo, sino también a sus preparativos. La razón de la ceguera de Zweig respecto a lo que se avecinaba la da él mismo en una carta que envía a su amigo en 1929, en la que dice: “Me agobia, me atormenta y me desasosiega cargarme de obligaciones, me repugna el aluvión de correspondencia y de papel impreso. Un instinto nómada, innato en mí, que quizá viene de mi atavismo judío, se defiende contra esta forma de vida que se me impone, y quizá soy el único entre los famosos que se esfuerza con empeño en reducir su influencia. Ya no voy a ningún sitio, ya no doy conferencias, me asusta la idea, después de treinta años de literatura, de tener que ser un escritor fértil y versátil durante veinte años más, de modo que probablemente me escaparé una temporada, quiero volver a los veinticinco años y viajar, al Cáucaso tal vez… La verdadera vida es la doble vida. Sólo desde el anonimato se ve realmente el mundo”. Esa falta de anonimato, ese anhelo violento de evadirse del primer plano de la vida literaria y social, velaron a Zweig los ojos ante una realidad que para Roth, que vivía en la calle, dejaba pocas dudas. Tanto mayor debía de ser la desesperación de éste, quien, obstinado en huir, sabía que no había adónde huir. A las confesiones de Zweig, escritas como siempre en su buen estilo (el cual Roth, por cierto, no se abstenía de corregir de vez en cuando), responde el amigo a su manera desaliñada, como corresponde a una carta escrita a toda prisa en la mesa de un café: “Europa se suicida, y la manera prolongada y cruel de ese suicidio se debe a que quien lo comete es un cadáver. Esta decadencia tiene una endiablada semejanza con una psicosis. Parece el suicidio de una psicótica. El diablo gobierna realmente el mundo”.

Rasgo notable de la amistad de estos dos autores, que por falta de costumbre puede pasar inadvertido para el lector actual, es el de que ambos veían en el otro algo más que un excelente y eficaz urdidor de historias. Mucho más, a decir verdad, pues para ellos el escribir historias era sólo la parte manual, artesana, de un trabajo que era sobre todo intelectual y que consistía nada menos que en ser “testigos amistosos de la humanidad”, como escribe Roth en una de estas cartas. Carga difícil de sobrellevar, como hemos visto, sin la que sus vidas habrían sido más confortables y seguramente más largas, y a la que sin embargo ni supieron ni quisieron renunciar. Pues ello era lo que entonces solía entenderse por la palabra “escritor”. Éste, aunque fuera “mudo, torpe y desagradable”, como Roth se describía a sí mismo en vísperas de su primer encuentro con Zweig, sentía “que había mucho que decir para pasar del estadio de ser malentendido por completo al de serlo sólo en parte”, un malentendido que había que aclarar por los actos, con la propia obra, pese a que el autor estuviera urgido por la necesidad. Igualmente notable es que el deseo de testificar se plasmara en nuestros autores de forma tan dispar. Pues si ciertamente las historias de Roth carecen por lo general de lo que en la ideología burguesa se llama “el hogar”, tampoco se observa a simple vista en ellas el menor atisbo de añoranza del mismo. Muy al contrario, la marca de fábrica que está presente en toda la obra de Zweig es la de lo extraordinario que surge en lo cotidiano para romperlo y trastocarlo, como protesta, según escribe en una de sus cartas, “por llevar una vida tan llana, [y porque] en el fondo de mi ser no sólo no tengo miedo, sino también un misterioso anhelo de conmociones trágicas”.

La correspondencia entre Joseph Roth y Stefan Zweig es provechosa para comprender mejor sus respectivas obras y las convulsiones de la Europa en la que se gestaron, una Europa con la que ambos soñaron de manera diferente y que no ha llegado a ser. Pero es también la historia de una hermosa amistad en la que no faltan sus roces ni sus desencuentros. Y en fin, aunque no en último término, quizá sea una buena excusa para volver a considerar la posibilidad de escribir cartas.

martes, 30 de septiembre de 2014

LECTURA POSIBLE / 162

STEFAN ZWEIG O EL SUEÑO DE LA CULTURA EUROPEA

A la memoria de Jaume Vallcorba

“Algunas personas, poco a poco, vislumbraron que había aparecido algo completamente distinto, algo que nos afectaba a todos, una obra europea, una obra que no tenía que ver con los italianos o los franceses ni con una determinada literatura, sino con nuestra nación común, con nuestro destino europeo”. Estas palabras las escribió en 1926 Stefan Zweig a propósito de la novela Jean Christophe, obra monumental en diez volúmenes que se publicó entre 1904 y 1912. Las fechas referidas son importantes, ya que el significado que esta novela francesa con protagonista alemán pudo tener en el momento de su publicación ya era otro cuando Zweig escribió su ensayo sobre el autor de la misma, Romain Rolland, después de la Gran Guerra y en un período caracterizado por el militarismo de un lado y de otro y por el auge del nazismo.

En este ensayo el autor vienés describió, casi a la manera de una conversión bíblica, el momento en que a Rolland se le reveló la naturaleza de su misión intelectual y moral como miembro de una generación de europeos atenazados entre dos guerras. Cuenta Zweig cómo en Francia se extendía el sentimiento de revancha por la derrota sufrida en 1871, un sentimiento que no era compartido por el estudiante de la École Normale que era entonces Rolland, quien a diferencia de muchos de sus compatriotas soñaba con una Europa unida por el cultivo del arte y del espíritu. En esos años aparece un libro de Tolstói, “el hombre más auténtico y noble de su tiempo”, en el que condenaba a Beethoven, y de paso a Shakespeare, como malos educadores del pueblo, inductores de la sensualidad y del individualismo. Dolido por estos juicios, los cuales entraban en contradicción directa con sus ideas acerca del papel unificador de la cultura, el joven y desconocido Rolland escribió a Tolstói una carta polémica, apasionada, en la que por primera vez manifestó sus opiniones acerca de la función del arte y de los intelectuales. Sorprendentemente, tras unas semanas de espera, la carta obtuvo respuesta, casi cuarenta páginas escritas en francés y encabezadas con las palabras: “Querido hermano”.

El episodio aquí descrito nos ilustra acerca de dos aspectos esenciales de la vida y la obra de Zweig. Pues si ciertamente desde la lectura de esa carta Rolland comprendió la necesidad de una alianza de la cultura europea contra la barbarie, y el papel que él mismo debía desempeñar en la misma, Zweig no tardó en sentirse llamado a ser el continuador de lo emprendido por aquél, autodesignado como guía intelectual de un europeísmo al que iba a tocarle enfrentarse a unos tiempos difíciles de los que el propio Zweig no saldría indemne, ni siquiera vivo. Por otra parte, lo escrito por el vienés acerca de la relación epistolar entre Rolland y Tolstói es significativo de un rasgo notable de su carácter: su mitomanía, su gusto por lo que llamaba “los momentos estelares de la humanidad”, una afición que le llevó a coleccionar gran cantidad de manuscritos de músicos y escritores, del pasado y del presente, y en los que buscó denodadamente la magia, el milagro de la inspiración que había hecho posible que sobre un papel en blanco hubiera surgido una sonata de Mozart o un poema de Goethe. Gran parte de lo escrito por Zweig iba a referirse a esos “momentos estelares”, casi siempre con una fruición teñida de romanticismo, a menudo olvidándose de la precisión histórica, pues su fin no era el rigor, sino más bien el estímulo del espíritu, la contribución al despertar de las conciencias, todo ello de un modo ameno que pudiera atraer a los públicos más amplios, descubridores así del valor y del modo en que opera la creación artística. De ahí proceden muchas de sus biografías noveladas, las cuales le dieron más celebridad que sus relatos y novelas y acabaron por convertirse en un género literario que le era propio.

Entre los textos que, con mayor o menor extensión, dedicó Zweig a estos personajes de la cultura europea, hubo algunos acerca de héroes de su educación sentimental de los que sólo se atrevió a escribir algo después de su muerte: son los casos de Gustav Mahler y Joseph Roth, habitantes como él de aquella geografía vienesa que no tardaría en formar parte del “mundo de ayer”, y muy pocos (de hecho sólo dos) que aún vivían cuando se refirió a ellos: el ya mencionado Rolland y Sigmund Freud, “dos personas a las que debo mucho”, según escribió, y a las que aún podría añadirse una tercera: Albert Einstein, al que dedicó su libro La curación por el espíritu y con el que se encontró en Berlín en 1930, en una época en que el físico estaba comprometido, junto a otros intelectuales, en la construcción de un frente común de socialdemócratas y comunistas contra el fascismo. Si no escribió acerca de él fue seguramente porque el campo de sus investigaciones le resultaba del todo impenetrable.

Esta Europa que se perfila en el conjunto de la obra de Zweig carece de fronteras y de políticos profesionales, así como de reyes, ministros y presidentes de repúblicas, y con más razón de las gentes del reino del dinero. Lo que une a Europa es el “respeto estremecido que sentimos por el genio”, promesa de un mundo humanizado que él tuvo que ver, según escribió alguna vez, “cómo se desvanecía en el horizonte como una eterna quimera”. Ese mundo lo creyó Zweig posible hasta un episodio que habría podido incluir en un hipotético volumen sobre los momentos nefastos de la humanidad, cuando en febrero de 1934 su casa de Salzburgo sufrió un registro policial “en busca de armas”. Inmediatamente emigró a Inglaterra, dejando atrás muchos de sus papeles, su valiosa colección de manuscritos, sus amigos y sus libros ya editados, los cuales, prohibidos, se consumían en almacenes de Viena y Berlín. Nunca recuperaría nada de lo que abandonó entonces, siendo éste uno de los motivos de la gran nostalgia que le acompañó en su accidentado exilio, primero en Londres y después en Brasil, en Petrópolis.

A que ese exilio fuera accidentado contribuyó la malicia del nacional-socialismo. En octubre de 1933 se publicó una “Declaración del departamento del Reich para el fomento de la literatura alemana” que incluía una carta privada de Zweig a su editor, en la cual se quejaba de que la revista Die Sammlung, que publicaba en el exilio Klaus Mann, excluyera de su contenido el material literario, dando preferencia a los artículos de carácter político. La publicación de esta carta fue interpretada por los exiliados como un intento de Zweig de congraciarse con las autoridades, lo que fue causa de la desconfianza de la que se le rodeó cuando él mismo debió marchar al exilio. Un exilio, pues, que este hombre, para quien la patria eran sus amigos y colegas escritores, debió sufrir doblemente.

En Petrópolis Zweig redactó un bello libro sobre el país que le acogió: Brasil, un país de futuro; su autobiografía, que tituló El mundo de ayer; y el último de sus textos biográficos, Montaigne, el cual incluye las habituales inexactitudes de las biografías escritas por Zweig a la vez que constituye uno de los testimonios más sinceros debidos a su pluma acerca del modo en que se veía a sí mismo y de cuál debía ser la naturaleza de los intelectuales en una Europa entonces dominada por el odio y la guerra. A propósito de Montaigne, y de sí mismo, escribe: “Sólo quien en su propia alma agitada haya vivido una época donde, por la guerra, la violencia y las ideologías tiránicas, haya visto amenazada su vida y, dentro de esa vida, la sustancia más preciosa, que es su libertad individual, sólo alguien así sabe todo el coraje, toda la honradez y decisión que se requiere para permanecer fiel a su ‘yo’ más íntimo en tales tiempos de estolidez de rebaño”. Este Montaigne que ahora sirve de modelo a nuestro autor es el sucesor de otros que han manifestado a lo largo del tiempo su rebeldía y firmeza de convicciones en un entorno hostil: Paracelso, Castellio, Erasmo, personajes respecto a los cuales escribió para poner en evidencia ese “yo” en conflicto consagrado “a la custodia, a la defensa de la trinchera más íntima, que Goethe llamaba ‘ciudadela’, y a la que nadie permite el acceso. Pues sólo quien se mantiene libre frente a todo y contra todos aumenta y preserva la libertad del mundo”.

Y también Montaigne, como el propio Zweig, se vio atraído al final de su vida por la política, cosa a la que ambos accedieron de mala gana y que dio pie a éste a enumerar, a modo de tabla de la ley, las libertades que debían ser preservadas a toda costa en la ciudadela del yo, que servirían para excluir todo “cuanto estorba, molesta y limita al individuo”: estar libres de vanidad y orgullo (“quizá lo más difícil”, anota Zweig); libres de temor y esperanza, de fe y superstición; libres de las costumbres, “pues ellas nos ocultan el verdadero rostro de las cosas”; libres de ambiciones y codicia; libres de la familia y del entorno, “ya que somos nosotros los señores de nuestro destino, los que damos a las cosas color y rostro”; y, por último, libres para la muerte, “porque si la vida depende de la voluntad de otros, la muerte en cambio depende sólo de la nuestra”, frase propia a la que añade otra de su biografiado: “La plus volontaire mort est la plus belle”. Frases ambas que bien pueden leerse como la despedida de este hombre que se suicidó pocas semanas después, en febrero de 1942.

La abundante obra ensayística de Zweig compone un cuadro fascinante de su época y del sueño de la cultura europea, “que no es cosa de hoy ni de mañana”, cuadro al que tras muchos años de olvido tiene acceso hoy el lector en castellano gracias a la atención que le viene prestando la editorial Acantilado, a cuyo fundador, recientemente fallecido, está dedicado este artículo.

Zweig supo ver la disensión y las bajas envidias que amenazaban a dicha cultura, las cuales desembocaron en esa “verdadera guerra del Peloponeso” que fue el fascismo y la guerra, responsables de una decadencia de la que, como él anunció, se beneficiarían otros. Hoy este legado de Europa, repartido en toda la obra de Zweig, incluyendo su narrativa, sigue en plena vigencia, como anticipo de un humanismo que se nos antoja todavía tan lejano como deseable.

martes, 24 de enero de 2012

MÚSICAS IMAGINARIAS / 8


ZWEIG

El escritor Stefan Zweig, entonces apátrida, que veinte años atrás había gozado de la mayor popularidad en todo el mundo, y visto sus libros traducidos a todos los idiomas, había llegado a ser un perfecto desconocido en Europa cuando, en 1942, en su exilio brasileño, se quitó la vida. Pocos meses antes había dado término a sus memorias, que tituló Die Welt von Gestern (El mundo de ayer), y realmente en el ayer, para un pacifista convencido como él, habían quedado en esos años, ya en forma de sueños ilusorios, los ideales de una Europa armoniosa, gobernada por el entendimiento y la razón. Con el tiempo transcurrido cabría lamentar la impaciencia y la fatiga de este hombre que habría tenido que esperar sólo otros tres años para salvarse. Aunque también cabe preguntarse si se habría salvado.

En la vieja Centroeuropa, el proyecto ilustrado de emancipación universal, que entre otros muchos cautivó a Mozart, se había consumado sólo parcialmente a finales del siglo XIX, cuando nació Zweig. En lo que se refiere a los judíos, la mayor parte de ellos seguía hacinada en los ghettos de la Europa oriental; otros que se habían instalado en las metrópolis alemanas y austríacas lograron, al socaire de la bonanza económica de la segunda mitad del siglo, integrarse en una próspera burguesía que aspiraba al dominio económico, aunque para ella los puestos clave de la administración y del poder político estuvieran vedados. Esta nueva posición social invitó a los judíos a adoptar, en diferentes grados, la nacionalidad del país que les había acogido. Hofmannsthal, defensor a ultranza (mientras esto fue posible) del imperio de los Habsburgo, es un caso de sobra conocido de asimilación plena. Hubo incluso casos de asimilación más entusiasta, como el que por desgracia ofreció Ernst Lissauer, quien al iniciarse la Gran Guerra escribió un Canto de odio a Inglaterra que se hizo tristemente célebre. Como quiera que en algunos estados las leyes raciales seguían vigentes, y como por otra parte a la burguesía no se le permitía hacer carrera en la política, y difícilmente en el ejército, las cultas y acomodadas familias judías empezaron a producir con la mayor naturalidad, en lugar de ministros y generales, científicos, artistas y escritores, los cuales contribuyeron en gran parte al esplendor de esa edad de oro de la cultura vivida en Alemania y Austria en las primeras décadas del siglo pasado.

Freud y Schoenberg son buenos ejemplos de lo anterior, y también Zweig. Descendiente de una familia de Moravia, había nacido en Viena en 1881. El ambiente de amor a la música y a la literatura en el que creció le dotó de una mentalidad curiosa y abierta, más allá de estrechos prejuicios nacionales, haciendo de él un estudiante no muy destacado, pero un escritor sensible y cosmopolita. A sus diecinueve años, y siendo ya un admirador devoto de Hofmannsthal y Rilke, publicaría sus primeros poemas, reunidos en el volumen Silberne Saiten (Cuerdas de plata), a algunos de los cuales pondría música Max Reger. Para entonces Zweig ya formaba parte de la melomanía vienesa: muchos años más tarde aún recordaría con orgullo que había sido presentado a Johannes Brahms, y era un asiduo de los conciertos de Mahler y Busoni. Por esa época publicó un ensayo en el Neue Freie Presse, y empezó a introducirse en los círculos literarios de Viena.

Tras doctorarse en filosofía, Zweig vivió un año en París y más tarde viajó a Inglaterra e Italia. En esos años trabó relación con el poeta Emile Verhaeren, con el que mantendría una estrecha amistad hasta la muerte de éste. Luego, a su regreso a Viena, entró en la nómina de una de las editoriales más respetadas de la época, la Insel Verlag, que había sido fundada por Alfred Walter Heymel, y donde, a partir de 1911, publicaría sus primeros relatos.

Pero ya estaba a punto de producirse la primera quiebra en la vida de Zweig. A sus treinta y tres años, la Gran Guerra iba a sorprenderle cuando ya tenía cierto predicamento en la cultura vienesa. Horrorizado ante el odio que se extendía por Europa, y ante el hecho de que sus amigos de Francia y Bélgica se hubieran convertido de la noche a la mañana en enemigos de su nación, y él de la de ellos, Zweig concibió una obra teatral de carácter pacifista, Jeremias, e hizo amistad con otros intelectuales que rechazaban la guerra, entre ellos Romain Rolland.

Al acabar la guerra, resultó que la nación de Zweig ya no era el pacífico e indolente imperio de los Habsburgo, sino una pequeña y vulnerable república (rodeada de otras pequeñas naciones que se odiaban entre sí) que se hallaba bajo la “protección” de Mussolini, y en la que reinaban el desempleo y la inflación. Buscando tranquilidad, Zweig se marchó a vivir a Salzburgo, y allí escribió las obras que enseguida le darían fama mundial: relatos como Angst (Miedo) y Amok, varias biografías y el ensayo Drei Meister (Tres maestros). El desahogo económico que iba alcanzando le permitió desarrollar entretanto una afición que ya cultivaba desde la infancia, la del coleccionismo, que si antes se había limitado a firmas autógrafas, cobró entonces una nueva forma: en un intento de comprender cómo otros habían afrontado el proceso creativo, Zweig llegó a reunir un importante número de esbozos manuscritos de escritores y músicos del pasado: galeradas corregidas por Balzac, poemas de Goethe, una primera versión de El origen de la tragedia de Nietzsche, y también fragmentos de las Bodas de Fígaro de Mozart, del Egmont beethoveniano y de las Canciones gitanas de Brahms, además de otras obras de Bach, Gluck, Schubert y Chopin. Por otra parte, en esos años su apacible retiro, a causa de los festivales, se había convertido en un atractivo centro cultural al que acudían artistas e intelectuales de toda Europa. Así, la casa de Zweig se convirtió en el alojamiento habitual de Thomas Mann, Franz Werfel, Richard Strauss, Alban Berg y Bruno Walter, entre otros muchos, durante sus visitas a Salzburgo.

Como explicó en sus memorias, el derrumbamiento del imperio había reforzado el cosmopolitismo de Zweig, haciéndole ver el patrimonio cultural de los europeos, y su estudio, como una empresa común. Así, no es extraño que dedicara una gran parte de su empeño a glosar las vidas de europeos ilustres, desde Haendel hasta Toscanini, con quien tuvo amistad. Pero rápidamente se acercaba la segunda quiebra en la vida de Zweig. Los nazis ya habían tomado el poder cuando Richard Strauss, tras la muerte de su libretista habitual, Hofmannsthal, decidió componer una nueva ópera, eligiendo a Zweig para la redacción del libreto. Cuando, en el verano de 1935, Die Schweigsame Frau (La mujer silenciosa) debía estrenarse en la Staatsoper de Dresde, ya estaba vigente el edicto según el cual no podía representarse ninguna obra en cuya realización hubiera participado un judío. La ópera, sin embargo, se estrenó, pero sólo gracias a la influencia y el prestigio de Strauss, quien sin embargo no pudo evitar que, por orden directa de Hitler, fuera suspendida después de la segunda representación. Tras esto, Strauss dimitió de su cargo de presidente de la Musikkammer del Reich, y Zweig se marchó a Inglaterra, primer paso del exilio que, poco después de empezada la guerra, le llevaría a Brasil.

Para entonces cualquier cosa que Zweig pudiera llamar patria había desaparecido. Por supuesto, ya no quedaba nada de aquella Viena de su infancia y juventud, la confortable y pacífica ciudad de los Habsburgo; pero tampoco de esa patria espiritual, europea, que él trabajosamente había formado a base de reunir amigos, libros y manuscritos: todo ese pequeño mundo tranquilizador estaba perdido o disperso, o requisado. Además sus libros estaban prohibidos en el Reich, que entonces, como es natural, incluía también a Austria. Se suicidó junto a su esposa, tomando una dosis de Veronal, después de redactar la que se considera su obra maestra: Die Schachnovelle (Novela de ajedrez): “Dejo un adiós afectuoso a todos mis amigos. Deseo que ellos puedan ver, todavía, la aurora que vendrá después de esta larga noche”. Pero, leyendo las obras, hoy imprescindibles, de este pacifista y amante de la libertad individual, y viendo el mundo que siguió a la caída del nacionalsocialismo (un mundo que todavía es el nuestro) es posible que a Zweig le quedara la duda de si esa aurora ha llegado.
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Die Schweigsame Frau (La mujer silenciosa) Final del acto II.
Henry Morosus - Fritz Wunderlich
Aminta - Ingeborg Hallstein
Sir Morosus - Hans Hotter
(1960)

sábado, 16 de abril de 2011

MÚSICA NOCTURNA / 6



AMERIKA, HACE CIEN AÑOS

Existe todavía hoy en Belfast la Harland & Wolff, compañía fundada en 1861 y que durante muchos años se dedició a la construcción naval. De sus gigantescos astilleros salieron en las primeras décadas del siglo pasado algunos de los mayores transatlánticos de la historia, entre ellos uno que zarpó para su único viaje, desde Southampton a Nueva York, el diez de abril de 1912. Su nombre era Royal Mail Steamship Titanic. Hace tiempo que la Harland & Wolff ya no fabrica grandes barcos, pues la crisis del sector desde los años 80 ha golpeado duramente a la empresa, que en esos años difíciles se concentró en el diseño y la ingeniería industrial, sobre todo en la construcción de puentes, como el James Joyce Bridge, en Dublín. Y desde hace unos años, tras una fuerte reconversión seguida de despidos masivos, se la considera como una de las compañías pioneras en el uso de nuevas tecnologías y en el desarrollo de energías renovables, tales como la turbina eólica y el aprovechamiento de la energía de las mareas.
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Un vapor que fue construido en Belfast por Harland & Wolff fue el SS Amerika, el cual fue botado en 1905 para la Hamburg Amerikanische Packetfahrt Actien Gesellschaft, y que durante muchos años prestó servicio entre Hamburgo y Nueva York. El 14 de abril de 1912 el Amerika transmitió por radio un mensaje advirtiendo de la existencia de témpanos de hielo en un lugar por el que el Titanic pasaría tres horas más tarde. Al iniciarse la I Guerra Mundial el Amerika fue trasladado a Boston para evitar que fuera embargado por la Royal Navy, y poco después, con la entrada en la guerra de Estados Unidos, fue transferido a la Marina para el transporte de tropas. En 1926, siendo propiedad de United States Lines, y mientras navegaba entre Bremen y Nueva York, sufrió un incendio, siendo reconstruido con un coste de dos millones de dólares y puesto de nuevo en servicio al año siguiente. En 1940, con la entrada de Estados Unidos en la II Guerra Mundial, fue reclutado otra vez por la Marina, e incluso siguió transportando tropas después del armisticio. Fue desguazado en 1957.
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Antes de eso, el 8 de abril de 1911, el Amerika partió de Nueva York para hacer uno de sus viajes transatlánticos hasta la vieja Europa. Entre los pasajeros figuraban Stefan Zweig, Ferruccio Busoni y Gustav Mahler, quien iba acompañado por Alma, su mujer; la hija de ambos, Gucki (Anna), y su suegra.
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En 1907, Mahler, harto de la campaña política urdida contra él en Viena, consideró la posibilidad de marchar a Nueva York, donde le reclamaban desde hacía tiempo. Ese mismo año sus hijas enfermaron de escarlatina y difteria. Anna estuvo dos semanas entre la vida y la muerte, aunque finalmente sobrevivió (sería una excelente escultora y fallecería en Londres en 1988), no así Maria, que murió el 12 de julio. También ese año a Mahler se le diagnosticó una enfermedad de corazón. Al final de ese verano cerró la villa de Maiernigg, donde había compuesto algunas de sus mayores sinfonías y a la que no volvió nunca, y se marchó a Nueva York, donde desembarcó en diciembre de 1907. En los años siguientes Mahler dirigió ópera y conciertos sinfónicos en Nueva York, regresando a Austria sólo los veranos para poder dedicarse a la composición. En Nueva York Mahler organizó una serie de conciertos para los trabajadores y los estudiantes, dirigió un ciclo con las sinfonías de Beethoven y estrenó gran cantidad de obras de autores contemporáneos, tanto europeos como americanos. Además llevó a la Filarmónica de gira, en primer lugar a Brooklyn, el barrio obrero de Nueva York en el que nunca antes había habido un concierto, y la gira continuó por algunas de las grandes ciudades de la costa Este, como Filadelfia, Cleveland y Boston, pero también por lugares como New Haven, Syracuse, Rochester y Utica. 
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En principio, Mahler llegó a Nueva York como director de ópera. Hizo su debut en el Metropolitan el 1 de enero de 1908 con Tristán e Isolda. Poco después, en marzo, alcanzaría un gran éxito con su versión de Fidelio. Ese verano se instaló en Dobbiaco, en el Tirol. Había caído en sus manos una antología de poesía china del siglo VIII en una traducción de Hans Bethge, y enseguida se puso a trabajar en lo que sería La Canción de la Tierra
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Al acabar el verano y volver a Nueva York se enteró de que la administración del Met había contratado al intrigante Arturo Toscanini, quien iba a hacerse cargo de la mayor parte de las representaciones de esa temporada. De hecho, Mahler quedó reducido a la condición de una especie de director invitado. El público del Met prefería al dinámico y lleno de vitalidad Toscanini, experto además en los títulos más populares del repertorio italiano. En verano Mahler volvió a Europa para escribir la Novena Sinfonía. La temporada siguiente, otra vez en Nueva York, ya no se le permitió dirigir ópera, y se concentró en una larga y exigente campaña con la Filarmónica. Sin embargo, el público sinfónico tampoco compartía los gustos de Mahler, y la economía de la orquesta empezó a resentirse.
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En el verano de 1910 Mahler dirigió en Munich su Octava Sinfonía, última de sus obras estrenadas en vida. La interpretación fue un éxito, pero en esos días conoció casualmente la relación que Alma, dicienueve años menor que él, mantenía con el joven arquitecto Walter Gropius. Mahler pidió consejo a Freud, con el que se reunió en Viena, y propuso a Alma seguir junto a él; ella aceptó, pero siguió viéndose con Gropius en secreto.
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Mahler regresó a Nueva York acompañado de Alma, la madre de ésta y Gucki. Las desavenencias con la administración de la Filarmónica se habían agravado. El 12 de febrero de 1911 debía dirigir en el Carnegie Hall un concierto con un programa íntegramente italiano que incluía el estreno de la Berceuse elégiaque de Ferruccio Busoni, por el que Mahler sentía gran admiración. Busoni había cruzado el Atlántico para asistir a la interpretación de su obra. Desde hacía unas semanas Mahler padecía un agudo dolor de garganta y fiebre alta, por lo que los médicos le aconsejaron guardar reposo. En medio del concierto, sufrió un desvanecimiento. Trasladado al hotel, se le diagnosticó una endocarditis. En esa época anterior a los antibióticos, esta clase de infecciones no tenía cura. Pidió que le llevaran a Viena, y la Filarmónica de Nueva York, aliviada, anunció que la asociación de ésta con el maestro quedaba cancelada a causa de una ligera gripe.
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Stefan Zweig había acudido a Nueva York por consejo de su amigo Walther Rathenau, hijo del presidente de la Allgemeine Elektricitäts-Gesellschaft (AEG), que años después sería ministro de asuntos exteriores de la República de Weimar, y a cuyos asesinos Hitler erigió un monumento. Desde Nueva York, Zweig envió diversos artículos que fueron publicados por la prensa de Viena, en uno de los cuales describía una visita al Met para asistir a una representación de Parsifal. “En Nueva York, el público va a la Ópera con espíritu devoto (y un chicle en la boca).” Y añade: “Cae el telón. Una hermosa batalla de entusiasmos. Pero la segunda batalla se libra entonces en el vestíbulo para conseguir un helado, que realmente es lo mejor de América”.

El 8 de abril, como ya sabemos, el Amerika partió de Nueva York. A bordo, Zweig hizo amistad con Busoni y obtuvo de él un manuscrito para su colección de autógrafos, tres páginas que contenían una partitura para piano llamada Indianisches Erntelied (Canción india de la recolección), en la que el compositor escribió el día 12 la siguiente dedicatoria: “Esta obra se puso por escrito expresamente para el señor Stefan Zweig, para que se acuerde de América y de Ferruccio Busoni”.
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Más tarde Zweig hizo un relato de aquel viaje: “El comienzo de la primavera se palpaba en el aire. El barco avanzaba suave por un mar azul con un ligero oleaje”. Y un poco más adelante: “Queríamos estar contentos, pero abajo, en el fondo del barco, él languidecía protegido por su mujer, y nosotros lo sentíamos como una sombra sobre nuestra vida fácil. A veces, cuando reíamos, alguien decía: «¡Mahler! ¡El pobre Mahler!», y entonces enmudecíamos. Bien abajo yacía él, un ser desahuciado, ardiente de fiebre, y sólo una llama pequeña y luminosa de su vida palpitaba arriba, al aire libre de la cubierta: su hija, que jugaba despreocupada, feliz e inconsciente. Nosotros, sin embargo, lo sabíamos: como en una tumba lo sentíamos allá abajo, bajo nuestros pies”.*
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Todavía adolescente, Zweig había visto dirigir a Mahler en la Ópera de Viena e incluso se había cruzado con él a menudo por la calle, aunque nunca le dirigió la palabra. Para él, como para toda la juventud vienesa de la época, Mahler era el símbolo de la modernidad, el espejo en el que el arte debía mirarse; y también un espejo moral. Por ese motivo (y quién sabe si también con el propósito de obtener de él un autógrafo para su colección), Zweig, por intermedio de Busoni, que era el único pasajero autorizado a acercarse a Mahler, ofreció sus servicios a Alma, por si eran necesarios, a lo que ésta había respondido que tal vez pudiera servir de ayuda en el desembarco, a la llegada a Cherburgo. 
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En el artículo Gustav Mahlers Wiederkeher (El retorno de Gustav Mahler), que más tarde sería publicado en Viena, Zweig describió cómo la compañía naviera había tomado medidas especiales para el cuidado del enfermo. En un recinto acondicionado en la toldilla se podía ver de lejos a Mahler en una tumbona, acompañado por Alma y su suegra. Si su estado lo permitía, se levantaba y daba algunos pasos. En la misma tumbona fue trasladado al bote que conducía a los pasajeros del Amerika a tierra. Zweig escribió: “Él yacía ahí, pálido como un moribunbdo, inmóvil, con los párpados cerrados. El viento había revuelto su pelo grisáceo, clara y osada resaltaba la abombada frente, y debajo la recia barbilla, en la que se asentaba la energía de su voluntad. Las manos macilentas yacían juntas sobre la manta, por primera vez vi débil al apasionado. Pero esa silueta suya (¡inolvidable, inolvidable!) se recortaba contra la inmensidad gris de cielo y mar; una aflicción sin límites había en esa escena, pero también algo que exaltaba por su grandeza, algo que en lo sublime expiraba como la música. Yo sabía que lo veía por última vez. Una profunda emoción me empujaba a acercarme, la timidez me mantenía retirado, sólo de lejos debía mirar y mirar, como si en aquella mirada aún pudiera recibir algo de él y estar agradecido”.*
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Zweig no se dio cuenta de que sus intentos de acercarse a Mahler en esas circunstancias eran de lo más inoportunos. Precisamente para evitar miradas curiosas se había amontonado gran cantidad de maletas y de baúles alrededor del enfermo. Alma Mahler escribió: “En el vapor había un joven austríaco que, a través de Busoni, nos ofrecía sus servicios. Le hice saber que en el barco no precisaba ninguna ayuda, pero que tal vez sí la necesitara al desembarcar”. Y añade: “Sin embargo, en el momento del desembarco no se le veía por ningún lado a pesar de que había sido el único que, en el bote, había mirado receloso hacia Mahler por encima de las maletas. Mahler se dio la vuelta para que no pudiera verlo. Pero en Cherburgo lo vimos correr apresurado hacia la aduana. Cuando yo llegué, él acababa de terminar. Entonces pensé que me ayudaría. ¡Ni pensarlo! Desapareció y lo encontré contándole no sé qué cuentos a Gucki en voz bastante alta. Mahler se sintió molesto y me pidió que rogara al joven que se callara.”** 
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Más tarde Zweig puso a su poema Der Dirigent (El director de orquesta), que había escrito el año anterior, el subtítulo de “In Memoriam Gustav Mahler”. En el poema, el maestro pilota una barca por el mar de los sonidos transmitiendo al auditorio ilusiones y presentimientos hasta que cae el telón. Entonces se encienden las luces, se oyen los aplausos y el espectador regresa del mundo onírico al presente: “Estamos en una playa, en ella han quedado varados nuestros sueños”. Mahler falleció el 18 de mayo a la edad de cincuenta años. El estreno de La Canción de la Tierra tuvo lugar el 20 de noviembre de 1911 en la Tonhalle de Munich bajo la dirección de Bruno Walter.
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*Oliver Matuschek, Las tres vidas de Stefan Zweig (Papel de liar, 2009)
**Alma Mahler, Recuerdos de Gustav Mahler (El Acantilado, 2007)

viernes, 25 de diciembre de 2009

LECTURA POSIBLE / 3


ESCARLATINA EN LA MONTAÑA MÁGICA


La benemérita editorial Acantilado, a la que debemos la edición de gran parte de la obra de autores como Stefan Zweig o Joseph Roth (a veces en primeras traducciones al castellano), tuvo a bien regalarnos hace unos años una colección de relatos del primero de los autores citados bajo el título de Noche fantástica. De los relatos incluidos en este volumen me quedo con el que le da nombre y con Escarlatina, que es casi una novela corta. Cuanto mejor vamos conociendo la obra de Zweig más sorprendente nos resulta este autor que gozó de enorme éxito en las primeras décadas del siglo pasado y que ocupó un lugar central en la literatura europea hasta que los bárbaros llegaron a Alemania, momento en el que inició el camino de un incierto exilio que a él le llevó a Brasil y más tarde al suicidio, siendo ya para entonces un autor prohibido y olvidado al que lenta, felizmente, recordamos ahora.
Bastaría que Zweig hubiera escrito sus memorias, a las que llamó El mundo de ayer (también editadas en Acantilado), para merecer que le recuperáramos de tal olvido, pero sucede que fue un autor sumamente prolífico que tocó todos los géneros, incluidos los habitualmente vedados a la creación literaria, como por ejemplo la ópera. A estas alturas las obras de Zweig ocupan ya un buen trecho de los estantes de cualquier buena biblioteca, y lo que más sorprende es que no haya entre tal cantidad de obras una sola que resulte desdeñable, que carezca de interés o que deje indiferente. ¿Cuál era el secreto de Zweig? Quizá la respuesta debería orientarse en esta dirección: él fue un lúcido, culto e independiente espectador de su tiempo, debiéndose hacer notar aquí que el adjetivo independiente no implica en su caso nada parecido a un aristocrático desdén hacia la realidad, sino todo lo contrario: Zweig tomó partido, se comprometió (en el mejor sentido que tiene esta palabra hoy tan devaluada) con ideas y personas, sobre todo con personas, siendo sin duda esto último lo que hace que hoy sea tan moderno y accesible. Zweig, por lo demás, fue un heredero consciente y riguroso de esa gran corriente literaria que, hasta la llegada de los bárbaros, fue la alemana.

El relato o casi novela corta Escarlatina (Scharlach) se publicó por primera vez en 1908. Cuenta la historia de Bertold Berger, un modesto joven de provincias que se traslada a Viena para estudiar medicina. Siendo de carácter apocado y retraído, el joven no se adapta al esplendor y a las miserias, a las luces y sombras de la vida mundana. Un desgraciado episodio amoroso le aparta aún más del mundo al que debería integrarse, y finalmente cree poder encontrar un sentido a su vida cuando vela durante unas noches a la hija de la patrona de la casa en que está alojado, la cual padece la enfermedad que da título al relato. La joven se recupera, insinuándose entre ellos el nacimiento de un afecto que promete al héroe un futuro que poco antes le resultó inimaginable. A los pocos días descubre los primeros síntomas de la enfermedad, de la que se ha contagiado y que termina con él rápidamente, ya que “esto es lo que ocurre con casi todas las enfermedades infantiles: los niños las superan y los adultos se hunden con ellas”.
El tono, el estilo y la atmósfera están muy en la línea de la literatura alemana, y, siendo como es Escarlatina una novelita, participa sin embargo plenamente de ese gran aliento, filosófico y romántico, que es propio del Bildungsroman o “novela de formación”. El argumento recuerda inmediatamente a La montaña mágica, que se publicó en 1924, y no tengo duda de que Thomas Mann conocía el relato de Zweig, con el que comparte todo lo esencial, empezando por el carácter y la edad de los protagonistas (la edad en la que se le pide todo a la vida). Igual que Escarlatina, La montaña mágica también tenía que ser una novela corta, la cual, sin embargo, y como a veces sucede (fue el caso del Quijote), cobró vida propia. Resulta curioso que tal parentesco no haya merecido la atención de los estudiosos de la novela de Mann, para quienes el origen de la misma se encuentra en una visita hecha por el autor a su esposa en un sanatorio de Davos, donde ella se reponía de una dolencia pulmonar. El director de la institución también detectó en Mann una afección del pecho, y le invitó a que ingresara en el sanatorio durante una temporada, a lo que él se negó en redondo. De tal contacto con la enfermedad Mann salió indemne y por eso pudo escribir su libro, pero no así el protagonista de Zweig ni tampoco su Hans Castorp, estos intrépidos escaladores de sus respectivas montañas mágicas, estos perseguidores de felicidad que tan familiares nos resultan, que se fueron tan pronto y que sin embargo vivieron y experimentaron todo lo que le es dado vivir y experimentar al hombre, todo excepto quizá (mejor para ellos) la fatiga que es propia de la vida cuando se prolonga en exceso.

No corresponde citar aquí lo que los bárbaros decían de Zweig y Mann, pero sí lo que Georg Lukács afirmó respecto al autor de La montaña mágica, al que consideró “el último novelista burgués”. Visto lo visto, y con la perspectiva que nos da el tiempo, hoy podría reducirse sin grave riesgo la opinión de Lukács, afirmando sencillamente que Thomas Mann fue el último novelista. Hay, por supuesto, un camino en la literatura, y no sólo en la literatura: también en el pensamiento, en la historia y en la tragedia de Europa, un camino que conduce de Zweig a Mann; del Imperio Austro-Húngaro a la República de Weimar y a lo que vino después; del falso orden de la sociedad corporativista de Francisco José al caos, y otra vez (ya que la historia se repite) al falso orden actual. Por eso Zweig y Mann son decididamente nuestros contemporáneos, como lo son también sus creaciones, estos humildes Bertold Berger y Hans Castorp, cuyo destino ya se les anunciaba, cuando aún florecían, en la canción de Schubert que el último de ellos escuchaba en el sanatorio al que había ido por unos días para visitar a su primo enfermo: Der Lindenbaum (El tilo), canción que Hans Castorp volvió a tararear cuando, ya soldado y sabio, avanzaba entre las trincheras para perderse enseguida, como si su vivaz persona no hubiera existido, entre el humo de la guerra y de la vida. Y así, el árbol en el que una vez el poeta grabó el nombre de su amada no invita hoy sino a la extinción:
Sus ramas murmuraban,
como llamándome…
Aquí encontrarás descanso.

Los interesados en la relación de Stefan Zweig con la música pueden consultar este artículo que escribí hace tiempo para la revista Filomusica.