lunes, 26 de enero de 2015

DISPARATES / 123

EL NUEVO MANIFIESTO DE “LES ÉCONOMISTES ATTERRÉS”. QUINCE PROPUESTAS PARA OTRA ECONOMÍA

“¿Han aprendido algo los dirigentes europeos de la deriva de las entidades financieras?” A esta pregunta, formulada en noviembre de 2010 por un colectivo de economistas franceses, ellos mismos dieron la siguiente respuesta: “Es dudoso. Para reducir los déficits causados por el rescate de los bancos y la recesión, la Comisión Europea y los gobiernos aplican con renovado vigor programas de ajuste que en el pasado ya demostraron ser causa del aumento de la inestabilidad económica y de la desigualdad social”. Siendo el caso además que “esta política de sumisión a las finanzas pone en peligro el futuro del proyecto europeo”. El colectivo expresó su inquietud por el curso de la economía, y su desconfianza hacia los “expertos” y hacia la fragilidad de sus diagnósticos, en el Manifeste d’économistes atterrés, un volumen en el que denunciaron diez falacias científicamente insostenibles utilizadas para justificar las políticas de austeridad desarrolladas en Europa. Las veintidós propuestas presentadas entonces fueron suscritas por más de setecientos economistas, y el libro fue un éxito de ventas.

Los autores del manifiesto se constituyeron más tarde, en febrero de 2011, en Les économistes atterrés, agrupación de investigadores, profesores universitarios y ciudadanos de variadas procedencias cuyo fin no es otro que el de estimular la reflexión colectiva y la expresión pública de otra forma de economía no resignada a la dominación de la ortodoxia neoliberal. Entre sus miembros figuran destacados economistas como Benjamin Coriat, profesor de la Universidad París XIII; André Orléan, director de la École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS); Thomas Coutrot, miembro del Consejo Científico de Attac; y Philippe Askenazy, columnista de temas económicos en Les Échos y Le Monde. Además del manifiesto aparecido en 2010, los economistas aterrados han publicado los volúmenes Changer d’économie (2012), L’Europe mal traitée (2012) y Changer l’Europe (2013), todos ellos en la editorial Les Liens Qui Libèrent. La misma editorial ha publicado la semana pasada el Nouveau Manifeste des économistes atterrés. 15 chantiers pour une autre économie, que durante los meses de febrero y marzo será presentado en diversas ciudades francesas.

En la introducción de este nuevo manifiesto sus autores vuelven la mirada hacia la pregunta que ya formularon hace más de cuatro años, a la que ahora, comprobada la persistencia de las autoridades económicas en la aplicación de sus programas de austeridad, y a la vista de sus consecuencias, pueden dar una respuesta más concluyente: “Los políticos no han aprendido, o no han querido aprender, de la crisis”. A ello se añade que “los economistas cortesanos se muestran tanto más arrogantes cuanto más se invalidan sus preceptos. Los lobbies financieros se vuelven tanto más ávidos cuanto que no han tenido que pagar el precio de sus errores. Los comentaristas continúan elucubrando acerca del curso de la Bolsa y de las exhortaciones de las agencias de calificación, como si la evolución de la economía se leyera sólo en el juego de las finanzas especulativas. Las grandes empresas siguen siendo administradas, fusionadas o despedazadas según las previsiones de beneficios a corto plazo de los accionistas. Y, en suma, los puestos mejor remunerados se siguen encontrando en la industria financiera, en los consejos de deslocalización y en las consultorías dedicadas a las finanzas y a la optimización fiscal”.

De lo anterior se desprende que las políticas que originaron la crisis en 2007 se encuentran ahora, si cabe, más reforzadas: “¿Que el voto popular se opone a ello? Las decisiones políticas son confiadas a expertos ‘independientes’ –independientes de los pueblos, se entiende, no del dinero. ¿Que el pacto de estabilidad lleva a Europa a la austeridad y a la recesión? Un pacto presupuestario aún más duro entra en escena. ¿Que la apertura excesiva de los mercados pone en peligro la industria de numerosos países europeos? Se negocia un tratado de libre comercio con Estados Unidos. ¿Que las fallas del euro resultan ser un factor de divergencia económica en perjuicio de los países del sur de Europa? Ello se convierte en pretexto para una ‘estrategia de choque’ que exige a esos países que apliquen unas políticas de austeridad particularmente brutales. Es así como los países europeos, en un contexto de competencia mundial desenfrenada, se entregan a una intensa guerra económica en la que cada uno trata de apoderarse de las cuotas de mercado de los otros, con lo que finalmente se llega al peor de los escenarios: la deflación general”.

Además de posibles, otras políticas son saludables, afirman los economistas aterrados, para quienes esta crisis global del capitalismo, que tiene por precedente la que se vivió en los años treinta del siglo pasado, se hace acompañar por una no menos inquietante crisis ecológica. Las lecciones de ésta tampoco se han tenido en cuenta, habiendo sido deliberadamente minimizados, o ignorados, los peligros del cambio climático y del agotamiento de los recursos naturales, unos peligros que sin embargo “deben estar en el centro de toda reflexión sobre el futuro de nuestras economías y de nuestras sociedades, en el corazón de toda política”.

Algunas de las propuestas formuladas en el nuevo manifiesto se refieren al ámbito de la actividad laboral. Con respecto a ella, y en particular a la precariedad del mercado de trabajo, no está de más recordar unos datos citados por la economista aterrada Sabina Issehnane, profesora de la Universidad de Rennes. En un artículo aparecido el 20 de enero en L’Humanité escribía que hoy en Francia “la mitad de los contratos temporales dura menos de diez días, frente a los catorce que duraba como media hace dos años”. Y añadía: “La estrategia seguida por el gobierno consiste en un debilitamiento de la legislación laboral que nos lleva al ‘contrato de cero horas’ ya vigente en el Reino Unido, en el que no existe horario y el trabajador debe estar disponible en cualquier momento; o bien a los miniempleos alemanes a razón de 400 € al mes; o a los ‘recibos verdes’ portugueses sin seguro médico ni vacaciones pagadas”.

Son varias las medidas propuestas en el manifiesto en el ámbito laboral, y especialmente destacables son dos de ellas: el incremento de los salarios y el reparto del trabajo. Lo segundo constituye una vieja demanda sindical que cayó en el olvido y cuya necesidad resulta perentoria si se tiene en cuenta la experiencia de crisis anteriores, cuya superación nunca fue acompañada de un aumento de la masa de trabajadores, sino todo lo contrario. Dicha reducción del trabajo requerido es consecuencia hoy del carácter postindustrial de la economía y de su vinculación a los avances tecnológicos. Según este colectivo, la nueva distribución de las horas laborables no tendría que requerir forzosamente una reforma de la duración semanal del trabajo, pero sí el mantenimiento de la edad de jubilación en los sesenta años, y el desarrollo del acceso a largos períodos de formación y a años sabáticos. Respecto a lo primero, el aumento de los salarios, los economistas afirman que la demanda dirigida a las empresas, la economía y el nivel de empleo dependen directamente del consumo, y en consecuencia de la capacidad adquisitiva de los trabajadores, todo ello en contra de lo que sostienen los gobiernos, empeñados en reducir los costes salariales. “La competitividad”, afirman los autores del manifiesto, “depende en primer lugar no de los salarios, sino del coste del capital, el cual resulta ser la mayor carga de nuestra economía. Por lo que es prioritario”, concluyen, “reducir el pago desproporcionado de dividendos”.

Los economistas aterrados, como ya hicieron en sus obras anteriores, vuelven a reclamar de los gobiernos una política fiscal que debería servir para instaurar una nueva base impositiva a las grandes fortunas. Actualmente el tramo más alto de impuestos en Francia se aplica a partir de un beneficio de 151.956 €, siendo de un 45%. Los economistas proponen ahora rebajar el umbral a 100.000 €, y crear dos nuevos tramos impositivos del 50 y el 60%. En paralelo, sugieren reducir la tasa máxima del IVA, que ahora es del 20%, y reducir igualmente los impuestos municipales, “más desiguales que los estatales”, afirman, “ya que los ricos pagan poco en los municipios ricos y los pobres pagan mucho en los municipios pobres”.

El mencionado aumento de los salarios debe ser calculado con vistas a cumplir no sólo la función de estimular el consumo, sino también la de que las economías domésticas puedan hacer frente a la inflación, que desempeña un papel fundamental en la propuesta de los economistas para reducir la deuda pública. En efecto, la reducción de la deuda de los estados mediante el recorte del gasto público no es sólo ineficaz porque la austeridad paraliza el crecimiento, sino también porque provoca un aumento de la ratio de deuda en relación al producto interior bruto. La solución, según los atterrés, pasa por reducir la deuda mediante la inflación, de modo que el aumento de los precios haga disminuir el valor real de aquélla. Consecuencia de ello es su propuesta de elevar el objetivo de la inflación que hoy contempla el Banco Central Europeo, fijado en el 2%.

El capítulo de bienestar social del manifiesto incorpora una crítica a las políticas gubernamentales, orientadas a ajustar las asignaciones familiares con arreglo a un ingreso mínimo, a congelar las pensiones, a reducir las prestaciones por desempleo y en general a recortar los gastos sociales. En oposición a todo ello, los economistas reclaman del Estado garantías de un nivel de vida adecuado para la infancia, una ampliación de las prestaciones y un aumento de las asignaciones sociales, las cuales deben ajustarse al salario medio. A lo que hay que añadir la reinstauración de la universalidad del seguro sanitario.

En el reforzamiento de lo público, según los economistas aterrados, debe desempeñar un papel de gran relevancia el cuerpo de funcionarios, cuyo supuesto exceso no es más que un mito creado por el neoliberalismo. Al contrario, faltan funcionarios. “El empleo público”, escriben, “es mas útil y tiene más valor que el privado, lo que puede confirmarse si se compara el impacto social que tiene el trabajo de un profesor con el de un publicista, o el de una puericultora con el de un comerciante”. Es necesaria, por tanto, la creación de empleos públicos al servicio de la infancia y de las personas mayores o dependientes, así como facilitar las actividades extracurriculares orientadas a la salud, al entretenimiento, a la animación y al ocio.

Otro capítulo importante del manifiesto está dedicado al papel atribuido al PIB en la lectura de la evolución económica. De la sola lectura de este dato puede inferirse que un país disfruta de un saludable crecimiento al mismo tiempo que en el mismo aumenta la pobreza (como está sucediendo en Alemania). Este factor, además, es parcial y engañoso en tanto que no toma en consideración las actividades domésticas ni las propias del voluntariado, como tampoco las relacionadas con la degradación del medio ambiente. A este respecto resulta que de la interpretación unilateral de la economía a través del PIB queda excluido un entorno natural que sin embargo es la base de la riqueza de las generaciones venideras, en cuyo beneficio debe reconsiderarse el uso que en las esferas del poder se hace del término “crecimiento”.

Por último, hay que mencionar la opinión que para los economistas aterrados tiene la libertad de circulación de capitales, cuyos efectos califican de “desastrosos”. Esa libertad de los capitales “hace posible una especulación frenética a corto o muy corto plazo, la cual está favoreciendo la evasión de los mismos a paraísos fiscales”. De ahí la urgencia del establecimiento de un impuesto sobre las transacciones financieras, lo que servirá para frenar la especulación y reducir el riesgo de burbujas en los mercados financieros.

En una reciente entrevista para Paris Match uno de los economistas aterrados, Henri Sterdyniak, miembro del Observatoire Français des Conjonctures Économiques (OFCE), ha explicado que las discusiones para la redacción del nuevo manifiesto no han sido fáciles, y que algunos puntos han debido debatirse frase por frase. Entre esos puntos figura el de la renta básica, propuesta que como informa Sterdyniak fue rechazada por el colectivo: “Se decidió que estamos en contra de la renta básica. Sus defensores la consideran idónea para sustituir a las prestaciones familiares y por desempleo, y a las pensiones, pero la propuesta se votó y perdió. Por otra parte, estamos comprometidos con la idea de que las personas tienen derecho a un trabajo que les permita salir de la pobreza de manera significativa. No se resolverá el problema dando a todos un ingreso muy bajo, sin tener en cuenta la integración”. Otro punto conflictivo en la gestación de este manifiesto ha sido el euro. “Hay diferentes sensibilidades”, reconoce Sterdyniak. “Algunos piensan que la prioridad es reorientar Europa, que es posible crear un frente para cambiar Europa. Tienen la esperanza de que la victoria de la izquierda en Grecia y en España ayudará a poner en marcha un movimiento popular. Otros piensan que esto no va a ser posible, y que si un país opta por un gobierno de izquierda tendrá que salir de la zona euro para aplicar su política. No ocultamos el desacuerdo”.

Con sus divergencias y sus propuestas colectivas, algunas ya bien conocidas y otras no tanto, los économistes atterrés vuelven estos días a ser foco de atención en Francia, y también entre gran parte de economistas europeos. Vuelven, según confiesan, más aterrados que nunca, pero también convencidos de que la política que hace crecer las desigualdades no es la única posible.

martes, 20 de enero de 2015

DISPARATES / 122

MANFRED KOSSOK Y LA REVOLUCIÓN LATINOAMERICANA

El pasado mes de septiembre se celebraron en la capital austríaca unas jornadas dedicadas al bicentenario del Congreso de Viena, aquel alevoso cenáculo en el que las monarquías europeas rediseñaron las fronteras del Continente, restableciendo los principios del Ancien Régime tras la Revolución Francesa y la derrota de los ejércitos napoleónicos. Bajo el título de “El Congreso de Viena y su dimensión global”, las jornadas celebradas en septiembre fueron organizadas por la facultad de Historia y Ciencias Culturales de la Universidad de Viena, sirviendo además de homenaje al historiador alemán Manfred Kossok. Las actividades contaron con una nutrida representación de profesores latinoamericanos y españoles, los cuales ilustraron algunos aspectos de lo que fue la especial dedicación de Kossok al colonialismo de la monarquía española en América y a los procesos de independencia que se vivieron en esa parte del imperio español. A Kossok, pensador importante de la extinta República Democrática Alemana, casi desconocido en España, se ha referido con estas palabras el historiador catalán Josep Fontana, uno de los invitados al congreso al que aludimos: “Era un hombre que vivía en el sistema pero con la voluntad de cambiarlo, con la voluntad de encontrar algo que se pareciera a un socialismo con rostro humano. Recuperar su historia, cómo vivió toda su vida tratando de usar la historia como un elemento de razón, como un elemento para cambiar progresivamente la realidad, me parece que vale la pena”.*

Kossok nació en Breslau en 1930. Fue aprendiz de zapatero y tras la guerra estuvo internado en el tristemente célebre campo de prisioneros de Stalag VIII-B, en Lambinowice (Lamsdorf, según su nombre alemán), en Silesia. Tras ser liberado en 1947, se trasladó a Leipzig, en cuya Universidad estudió historia, literatura y filosofía. Allí, por consejo de su maestro Walter Markov, se familiarizó con la historia moderna latinoamericana, doctorándose con un trabajo sobre el virreinato del Río de la Plata. A mediados de la década de los sesenta fue nombrado profesor de historia en la facultad de filosofía de la Universidad Karl Marx de Leipzig, de la que sería vicerrector hasta 1968. Igualmente fue profesor visitante en diversas universidades de Colombia, Perú, Chile, Cuba y Estados Unidos. Su abundante obra incluye títulos como A la sombra de la Santa Alianza (1964), en el que estudió las relaciones políticas de los estados alemanes con los movimientos de independencia en América Latina; Historia comparada de las revoluciones modernas (1981), una fecunda exploración de las luchas emancipatorias latinoamericanas a la luz de la Revolución Francesa; In Tyrannos (1989), crónica comparada de la historia de las revoluciones desde los husitas hasta la Comuna de París; y 1492. El mundo en los albores de la era moderna, que se publicó en 1992, un año antes de su muerte.

De los libros mencionados aquí existen ediciones en Latinoamérica, encontrándose a disposición del lector español un solo título con textos de nuestro autor: La ilusión heroica. Colonialismo, revolución e independencia en la obra de Manfred Kossok, que publicó hace unos años la Universidad Jaume I de Castellón en una edición a cargo de Lluís Roura y Manuel Chust. Asimismo la editorial de Barcelona L’Avenç publicó hace tiempo otro texto de Kossok: La colonització espanyola d'America. Estudis comparatius.

El historiador cubano Sergio Guerra Vilaboy, director del departamento de historia de la Universidad de La Habana y presidente de la Asociación de Historiadores Latinoamericanos y del Caribe (ADHILAC), ha recordado cómo la obra de Kossok comenzó a divulgarse en Latinoamérica en 1959 a través de su libro El virreynato del Río de la Plata. Su estructura económica y social. “El por entonces joven Kossok”, ha escrito Guerra Vilaboy, “sobresalió de inmediato no sólo por la rigurosidad de la investigación –su enjundioso aparato crítico revelaba su basamento en una prolija y paciente consulta de documentos y fuentes secundarias: desde los bandos de gobernadores y virreyes hasta libros de historia de las más diversas corrientes de pensamiento–, sino también por ofrecer un cuadro novedoso, desde el ángulo marxista, de las conexiones sociales y económicas entre la época colonial y la emancipación”.** Gran parte de la originalidad del trabajo de Kossok reside en la metodología comparativa ya aludida que le llevó a interrogarse acerca de hasta qué punto, y más allá de la existencia de seres causales de orden político o espiritual, la rebelión de Latinoamérica formó parte orgánicamente del movimiento universal de emancipación burguesa de los siglos XVIII y XIX, el cual tuvo por centro en primer lugar la Revolución Francesa y más tarde el continente europeo en su totalidad, siendo de especial relevancia en lo relativo al proceso de emancipación en la América de habla hispana la manera en que tales ideas revolucionarias habían podido llegar a desenvolverse en la propia España. Este libro que tuvo gran influencia en la historiografía latinoamericana sugería la tesis, más tarde matizada por su autor, de que la independencia de las colonias españolas fue la culminación política de una transformación socio-económica que ya había echado profundas raíces en la etapa colonial y que a su vez era consecuencia de la aparición de una burguesía notoriamente latinoamericana, enfrentada por ello doblemente a la metrópoli: en tanto que formaba parte de un régimen colonial y en tanto que clase social sometida al rigor de una monarquía absoluta.

En el entonces escuálido y académico panorama de la historiografía latinoamericana la obra de Kossok se anticipó varios años a las posiciones de la llamada “Nueva Historia de América Latina”, corriente en la que hoy se inscriben importantes historiadores como el ecuatoriano Enrique Ayala o el peruano Wilfredo Kapsoli. A esta nueva reconsideración de los procesos revolucionarios, estrechamente vinculados a la metrópoli, vino a aportar un análisis fundamental el libro Historia de la Santa Alianza y la emancipación americana, en cuyas páginas mostró Kossok las relaciones y las intrigas diplomáticas en las que se envolvieron las potencias europeas entre 1790 y 1826, en pleno período de insurrección en Latinoamérica. Sin embargo, el capítulo mayor de la aportación de Kossok en esos años, a mediados de los setenta, al estudio social y económico de la región lo constituye su obra Feudalismo y capitalismo en la historia colonial de América Latina, título con el que Kossok se incorporó al debate abierto por Maurice Godelier acerca de la naturaleza económica de las colonias españolas. Según su punto de vista, que era entonces predominante en la sociología marxista, el atraso del Continente era resultado directo del desarrollo de la metrópoli, pues la conquista española habría logrado en efecto, al incorporar a las colonias españolas y a Brasil a la esfera capitalista, abocarlas a una situación de dependencia colonial primero y neocolonial después. Cuestionando las categorías de feudalismo y capitalismo empleadas hasta la fecha, Kossok aclaró que éstas no se reducían a la distinta condición de una economía de trueque y a otra monetaria, sino que “la esencia del feudalismo es la base agraria, el papel de la tierra como medio más importante de producción y el carácter específico de las condiciones de dependencia y de subordinación entre los señores feudales y los campesinos”. A lo que añadió que una valoración justa de la expansión y la estructura del sistema colonial, que afectaba a los ámbitos de la economía natural campesina sometidos al régimen de encomiendas, la producción mercantil, la esclavitud, la producción agraria feudal o semifeudal en forma de latifundios y los núcleos embrionarios de producción capitalista, debía tener en consideración otros factores hasta entonces desatendidos como el propio grado de desarrollo de la metrópoli, las condiciones de producción y comercio anteriores a la penetración europea y el peso difícilmente cuantificable de otros intereses europeos, en especial determinados por la concurrencia holandesa, francesa y británica. Todo ello, en el caso de Latinoamérica, configuraba lo que Kossok llamó un proceso de colonización “por poblamiento de tipo feudal tardío”, un poco a la manera en que se habría producido la repoblación en el mismo sur de la península ibérica durante y después de la Reconquista. Lo que, dicho sea de paso, podría suscitar una paradójica reflexión acerca de la naturaleza originalmente colonial de una parte de la metrópoli, aquélla que todavía hoy se caracteriza por su dependencia y relativo subdesarrollo.

En cuanto al carácter propiamente político de la revolución latinoamericana, Kossok estableció cuatro sujetos que aún en la actualidad se consideran vigentes: el revolucionario democrático, el criollo republicano, el liberal criollo y el conservador. Los conflictos particulares entre estos grupos no impidieron el proceso de independencia, pero sí la revolución en sí misma, que Kossok calificaba de “revolución burguesa no consumada” o de “revolución burguesa incompleta que, sin bien ha alcanzado sus objetivos político-nacionales, no ha podido hacer lo mismo con los económico-sociales”. Un quinto sujeto de oscuro protagonismo pero al que Kossok dedica un capítulo aparte es el de las “masas populares”, concepto que el autor relativiza y cuestiona, y que durante el proceso de emancipación presionó permanentemente a fin de radicalizar su curso. De hecho, “en muchas partes de América Latina los alcances sociales sobrepasaron los objetivos políticos al obligar a incluir un programa de transformación revolucionaria de la sociedad, del cual fueron exponentes una serie de figuras radicales o ‘jacobinas’”. Ello explica que la totalidad del proceso revolucionario mostrara dos niveles: por una parte las clases populares contra el poder colonial y la aristocracia criolla, y por otra dicha aristocracia contra el poder de la metrópoli y contra el peligro de un incontrolado levantamiento de masas. Ejemplos de ese jacobinismo latinoamericano serían Toussaint Louverture en Haití, Hidalgo y Morelos en México, y Artigas en Uruguay. De las insurrecciones que lideraron estos y otros caudillos, y que en algunos casos (como en México en 1910), adoptaron la forma de revoluciones campesinas y anti-imperialistas, concluye Kossok que “más de un siglo demoró la larga y penosa transición del feudalismo colonial al capitalismo dependiente”.

La revolución y la reforma en la historia de América Latina, uno de los últimos ensayos de Kossok, que viene a ser una interpretación del devenir del Continente a la luz del método comparativo, termina por convertirse en un balance del ciclo histórico al que dedicó su estudio con las sucesivas revoluciones, contrarrevoluciones y reformas. Este proceso iniciado entre 1790 y 1810 ha determinado el contenido de los enfrentamientos sociales hasta el presente, ya que, como explicó, “la culminación de cada revolución particular no significa que hayan desaparecido todas las causas que la originaron o incluso no exime de retrocesos posteriores”. A lo que hay que añadir un lastre de la historia latinoamericana que todavía hoy pervive dramáticamente, pues, según Kossok, “la consecuencia del carácter incompleto de la revolución fue llevar a la dirección criolla latifundista a poseer el monopolio del poder político, mientras que los elementos auténticamente capitalistas y burgueses salieron de ella debilitados”.

Nuestro autor fue pionero en la construcción de una visión global comparada de la historia latinoamericana desde el último período colonial. A éste, según escribió siguiendo la pauta de Lenin, podían suceder dos modos de desarrollo capitalista: “el prusiano” (latifundista y conservador) o el “americano” (industrial, revolucionario y democrático). Que mayormente triunfara el primero no es un “resultado que estuviera de ninguna manera determinado de antemano de modo fatalista, tal como demuestran la revolución de los esclavos en Haití o las reclamaciones más o menos democrático-revolucionarias de Artigas”. Esas determinaciones previas no existen, aunque sí pueda señalarse en ciertos momentos históricos una variedad limitada de alternativas, ninguna de las cuales tiene por qué someter absolutamente a las otras, advirtiéndose a veces por el contrario una síntesis tan escasamente predecible como heterogénea. De dicha heterogeneidad mestiza se nutre la región, de lo que es fiel testimonio la obra de Kossok. Una obra, en conjunto, que ha contribuido a ubicar a los países de América Latina en la historia mundial moderna y a aclarar, junto a los accidentes de la misma, no pocas cuestiones que forman parte de los desafíos del futuro.
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* El interesante artículo de Josep Fontana publicado el 11 de enero Para una historia de la historia marxista incluye una semblanza personal de Manfred Kossok y puede leerse en la revista Sinpermiso, de cuyo consejo editorial es miembro el historiador catalán. 
** Sergio Guerra Vilaboy, La revolución en la historia de América Latina. Los aportes de Manfred Kossok, en: Jahrbuch für Geschichte Lateinamerikas. Anuario de Historia de América Latina, nº 31, 1994, págs. 361-372.

martes, 13 de enero de 2015

LECTURA POSIBLE / 172

JOSEPH ROTH Y STEFAN ZWEIG: CORRESPONDENCIA (1927-1938)

Del esmero y la predisposición que reclaman las cartas, que vinculan materialmente al emisor y al receptor, carecen por completo las letras destinadas al soporte electrónico, en las que no existen huellas personales y parecen por ello llamadas a disolverse de inmediato en algún universo virtual. El viejo hábito de escribir y recibir cartas parece haberse perdido ya irremediablemente, y tal cosa ha sucedido en el breve plazo de una sola generación. El brusco cambio de costumbres no obedece a una dudosa revolución cultural, sino que ha sido provocado por la electrónica y por las compañías multinacionales que se enriquecen con ella, las cuales nos han dejado mudos ante el futuro, al que legaremos una pantalla que no habrá donde enchufar o, en el mejor de los casos, un mensaje de acceso denegado. Hoy es posible saber que hace dos mil años un soldado romano destinado en las Islas Británicas solicitaba a su señora que le enviase un pijama y unos zapatos. Eso es lo que solemos llamar “cultura”. Como herederos de un mundo inhabitado, inútilmente buscarán nuestros descendientes a los testigos de este tiempo.

Valga lo anterior como mínima e inevitable reflexión tras la lectura de este libro que, por medio de una correspondencia de algo más de diez años, nos informa de la amistad entre dos autores importantes del siglo XX, así como de sus diferentes actitudes ante las exigencias que a ambos les hicieron la vida y la época. De Zweig, también la editorial Acantilado nos había propuesto hace unos años su correspondencia con Hermann Hesse, y la misma editorial ha publicado un voluminoso libro con la mayor parte de las cartas escritas por Roth, algunas de las cuales, las dirigidas a su amigo vienés, reaparecen aquí en una nueva edición que ha estado a cargo de Madeleine Rietra y Rainer Joachim Siegel. El contenido del libro que comentamos es, pues, una novedad sólo en parte, y su publicación por Acantilado parecía obligada al menos por dos razones: por la especial relación que estos autores mantuvieron largo tiempo, que tuvo que ser principalmente epistolar a causa del estilo de vida que llevaba uno de ellos, y porque ambos son pilares fundamentales de su catálogo.

La correspondencia entre Stefan Zweig y Joseph Roth la inicia el segundo de ellos en septiembre de 1927, a propósito de un comentario elogioso que el primero había hecho a su libro Judíos errantes. Iban a tardar dos años en encontrarse, y para entonces ya existía una simpatía y un interés mutuos forjados al hilo de los libros que iban publicando y de los proyectos, en gran parte periodísticos en el caso de Roth, a los que se referían en sus cartas. El encuentro tuvo lugar en Salzburgo, en la casa de Zweig, y si la mayoría de las cartas enviadas a éste fueron dirigidas a esa casa de Kapuzinerberg, número 5, las remitidas a Roth debieron buscarle por media Europa. Ya esto nos dice bastante acerca de ambos personajes: un burgués y sedentario Zweig que, como antes hiciera Hofmannsthal, movía desde Salzburgo no pocos hilos de la cultura austríaca; y un nómada Roth que desde los dieciocho años carecía de domicilio fijo.

Como judíos, Zweig y Roth son paradigmas opuestos y, cosa rara, a la vez convergentes y divergentes de lo que fue su pueblo hasta que llegó el Holocausto. Zweig era vienés y pertenecía a una familia acomodada. Prototipo del asimilado, el dato biográfico de su origen era para él como mucho una olvidada y vaporosa referencia familiar, la cual, si no tenía la menor importancia para él, sí la tendría, decisivamente, para otros. La condición de Roth era bien distinta. De entrada su nacimiento lo situaba geográficamente en la periferia del Imperio Austrohúngaro, en la remota Brody, en Galitzia, cerca de la frontera rusa. Allí el judaísmo era algo más presente y más próximo. Además, la fuga de su padre pocos meses después de casarse le dio tempranamente una lección profunda del desarraigo, al ser criado por turnos por sus parientes paternos y maternos. Como ha escrito Claudio Magris, la existencia de Roth fue “una huida sin fin” siempre hacia Occidente, primero a la central Viena y después a París. El origen judío de Roth, si hay que creerle a él, resultaba ser también insignificante (“un color de pelo en lugar de otro”, dijo), pero hay motivos suficientes para suponer que tal cosa era más un deseo que una realidad. Difícilmente, de lo contrario, podrían explicarse algunos de sus libros, en especial Job, pero es que además el judaísmo estaba en el origen de una identidad que sólo parcialmente, y al final de manera frustrada, pudo ser reemplazada por otra. Esa identidad era la supranacional y cosmopolita que para Roth representaba el ser súbdito del Imperio, y que se derrumbó de la noche a la mañana tras la Gran Guerra. A partir de ese momento Roth adopta una patria portátil formada exclusivamente por tres maletas. Vive en hoteles y sobre todo en cafés, en los que escribe desaforadamente los artículos para la prensa, a la que detesta, que le paga por línea escrita y gracias a lo cual malvive. Trasnocha y bebe más de la cuenta, y cuando recibe alguna suma respetable en concepto de anticipo por alguno de sus libros la dilapida en el acto, a beneficio de las destilerías y los amigos. Como remate, se casa con una encantadora muchacha que enferma “de los nervios” al poco tiempo, mientras tiene la debilidad de acostarse con tal o cual conocida que le libra por un momento de sus preocupaciones. Su mujer tendrá que ser ingresada en un hospital psiquiátrico, que se llevará la mayor parte del dinero que Roth no consigue ganar. En medio de eso, padece trastornos del hígado, el corazón y el estómago, y cuando piensa que hay suficiente confianza entre ellos, a Zweig, al autor respetado y de éxito, cuyos libros se venden en todo el mundo, le pide dinero. Zweig le ayuda y le imparte sensatos consejos que el otro no puede escuchar. Morirá en París en 1939, alcoholizado, con la sensación de no haber tenido tiempo ni cabeza para escribir su mayor obra. Zweig, que sí la escribió, se quitaría la vida junto a su segunda esposa y ex secretaria más rápida y drásticamente en un lugar del mundo llamado Petrópolis, en Brasil, sólo cuatro años más tarde.

A caracteres tan diversos, y a biografías tan por lo demás distintas, a las que sin embargo aguardaba un mismo destino, el abismo, les correspondió dos maneras de contemplar el mayor acontecimiento de la época: el fascismo alemán. Roth entendió pronto el significado de éste y supo que había que irse; Zweig, en cambio, hombre de prestigio que creía con razón haber aportado algo de valor a la cultura alemana, creyó que sería posible congraciarse. Conviene detenerse en este episodio del que tenemos aquí un abundante intercambio epistolar, no sólo en lo relativo propiamente al nazismo, sino también a sus preparativos. La razón de la ceguera de Zweig respecto a lo que se avecinaba la da él mismo en una carta que envía a su amigo en 1929, en la que dice: “Me agobia, me atormenta y me desasosiega cargarme de obligaciones, me repugna el aluvión de correspondencia y de papel impreso. Un instinto nómada, innato en mí, que quizá viene de mi atavismo judío, se defiende contra esta forma de vida que se me impone, y quizá soy el único entre los famosos que se esfuerza con empeño en reducir su influencia. Ya no voy a ningún sitio, ya no doy conferencias, me asusta la idea, después de treinta años de literatura, de tener que ser un escritor fértil y versátil durante veinte años más, de modo que probablemente me escaparé una temporada, quiero volver a los veinticinco años y viajar, al Cáucaso tal vez… La verdadera vida es la doble vida. Sólo desde el anonimato se ve realmente el mundo”. Esa falta de anonimato, ese anhelo violento de evadirse del primer plano de la vida literaria y social, velaron a Zweig los ojos ante una realidad que para Roth, que vivía en la calle, dejaba pocas dudas. Tanto mayor debía de ser la desesperación de éste, quien, obstinado en huir, sabía que no había adónde huir. A las confesiones de Zweig, escritas como siempre en su buen estilo (el cual Roth, por cierto, no se abstenía de corregir de vez en cuando), responde el amigo a su manera desaliñada, como corresponde a una carta escrita a toda prisa en la mesa de un café: “Europa se suicida, y la manera prolongada y cruel de ese suicidio se debe a que quien lo comete es un cadáver. Esta decadencia tiene una endiablada semejanza con una psicosis. Parece el suicidio de una psicótica. El diablo gobierna realmente el mundo”.

Rasgo notable de la amistad de estos dos autores, que por falta de costumbre puede pasar inadvertido para el lector actual, es el de que ambos veían en el otro algo más que un excelente y eficaz urdidor de historias. Mucho más, a decir verdad, pues para ellos el escribir historias era sólo la parte manual, artesana, de un trabajo que era sobre todo intelectual y que consistía nada menos que en ser “testigos amistosos de la humanidad”, como escribe Roth en una de estas cartas. Carga difícil de sobrellevar, como hemos visto, sin la que sus vidas habrían sido más confortables y seguramente más largas, y a la que sin embargo ni supieron ni quisieron renunciar. Pues ello era lo que entonces solía entenderse por la palabra “escritor”. Éste, aunque fuera “mudo, torpe y desagradable”, como Roth se describía a sí mismo en vísperas de su primer encuentro con Zweig, sentía “que había mucho que decir para pasar del estadio de ser malentendido por completo al de serlo sólo en parte”, un malentendido que había que aclarar por los actos, con la propia obra, pese a que el autor estuviera urgido por la necesidad. Igualmente notable es que el deseo de testificar se plasmara en nuestros autores de forma tan dispar. Pues si ciertamente las historias de Roth carecen por lo general de lo que en la ideología burguesa se llama “el hogar”, tampoco se observa a simple vista en ellas el menor atisbo de añoranza del mismo. Muy al contrario, la marca de fábrica que está presente en toda la obra de Zweig es la de lo extraordinario que surge en lo cotidiano para romperlo y trastocarlo, como protesta, según escribe en una de sus cartas, “por llevar una vida tan llana, [y porque] en el fondo de mi ser no sólo no tengo miedo, sino también un misterioso anhelo de conmociones trágicas”.

La correspondencia entre Joseph Roth y Stefan Zweig es provechosa para comprender mejor sus respectivas obras y las convulsiones de la Europa en la que se gestaron, una Europa con la que ambos soñaron de manera diferente y que no ha llegado a ser. Pero es también la historia de una hermosa amistad en la que no faltan sus roces ni sus desencuentros. Y en fin, aunque no en último término, quizá sea una buena excusa para volver a considerar la posibilidad de escribir cartas.

martes, 6 de enero de 2015

DISPARATES /121

THIERRY DISCEPOLO Y LA TRAICIÓN DE LOS EDITORES

A diferencia de lo que sucede con otras, la industria de la edición cuenta universalmente con la simpatía espontánea de los ciudadanos, sean estos lectores habituales o no lo sean. Amplios sectores se declaran en las encuestas contrarios a la fabricación de armamentos o de productos alimentarios transgénicos, pero ¿quién está en contra de la edición de libros? Esta industria tiene como todas un discurso propio que justifica y legitima sus actividades, pero con la ventaja de que la fraseología que constituye la mayor parte del mismo no entra en contradicción con los valores que forman parte del sentido común. Así, el libro resulta ser bueno por naturaleza, su divulgación es imprescindible en beneficio de una ciudadanía libre e ilustrada, y los inversores que arriesgan su capital dedicándose a la edición son esforzados paladines de la cultura, esa misma que en nuestro tiempo se ve progresivamente relegada a ámbitos más y más marginales. Tal vendría a ser, en general, la percepción que poseen los ciudadanos de la producción de libros.

El cuento, como suele ocurrir, empieza a resultar menos creíble cuando se indaga en él. Un recorrido por las mesas de novedades de las librerías nos dará una idea de la cantidad de libros superfluos que nos invade, eso por no hablar de los que son directamente dañinos o de los que obedecen en exclusiva a una lógica que no es otra que la del “mercado”. Esta noble palabra es una de las que hoy muestra más crudamente el grado de corrupción al que pueden llegar al unísono significantes y significados, sometidos ambos a un desmantelamiento perverso del lenguaje. No es casual que Thierry Discepolo nos recuerde en el libro que le ha dado justa fama una hermosa anécdota referida a Karl Kraus, a quien en el último año de su vida, en 1936, se le reprochó que en plena oleada de indignación por el bombardeo japonés de Shanghái permaneciera absorbido, puntilloso como era, por el descuido en que se hallaba el lenguaje escrito, zaherido sin descanso por los redactores de periódicos y los literatos. A tales reproches respondió Kraus que sabía que todo eso no tenía ningún sentido en un momento tan poco apropiado, “pero mientras sea posible de cualquier manera, tengo que intentarlo, porque si la gente que está obligada a ello se hubiese preocupado de que todas las comas estuviesen en su lugar, Shanghái no estaría ardiendo ahora mismo”. Y la anécdota es comentada así por Discepolo: “No podría explicarse con más contundencia la idea de que el ejercicio de una profesión es en sí misma una actividad política”. Tanto más cuanto que, a los ojos de Kraus, “los versos de autores como Shakespeare y Goethe contienen todo lo que hubiera tenido que leerse para poder entender, en 1933, las causas y las consecuencias de la llegada de los nazis al poder”. Motivo más que suficiente, como puede verse, para ser cuidadoso, sea uno escritor o sea editor, en el delicado acto político de poner una coma.

Discepolo tiene apellido de autor de tangos y un poco de tango hay en su libro La traición de los editores, que ha sido y es un revulsivo de amargo sabor en las letras francesas. El libro fue traducido al castellano en 2013 por la editorial Trama, única en España hasta donde llega mi conocimiento que en su catálogo dedica un espacio relevante a la reflexión y la discusión acerca de los asuntos relacionados con el mundo editorial. Por lo demás, Discepolo no es escritor, sino editor, pero un editor que nada contra la corriente y que sabe bien, por ello, de qué habla.

Thierry Discepolo fue uno de los fundadores de la revista Agone en 1990, publicación marsellesa dedicada a la crítica política, la filosofía y la historia social, y en la actualidad dirige una editorial que con el mismo nombre fue creada en 1998. La revista viene publicándose más o menos a razón de dos números por año (el número 55, dedicado a la hegemonía y el declive del imperio, aparecerá este mes), y entre sus firmantes figuran sindicalistas, filósofos, historiadores y activistas sociales de reconocido prestigio, lo que convierte a Agone en una referencia imprescindible en Francia del pensamiento crítico. Discepolo ha publicado, y a menudo presentado con textos propios, libros de Pierre Bourdieu, Noam Chomsky, Mark Twain y el mencionado Karl Kraus, y traducido otros de autores como Howard Zinn. De éste último publicó la editorial Agone en 2013 L’impossible neutralité, autobiographie d’un historien et militant, y el año pasado nuestro autor fue responsable junto a Philippe Olivera de la que se considera edición definitiva del clásico de Burnett Bolloten La guerre d’Espagne, révolution et contre-révolution, 1934-1939. Sin embargo, el título por el que Discepolo ha trascendido al gran público es este La traición de los editores que se publicó en Marsella en 2011 y que ahora comentamos.

El libro empezó a gestarse en unas jornadas consagradas a la edición independiente que se celebraron en Sion y Burdeos en 2006 y en las que Discepolo participó junto a André Schiffrin, quien por entonces ocupaba un cargo honorífico en The New Press, la editorial que había fundado en 1992 tras su renuncia como director en Pantheon Books. Personaje de los más influyentes de la edición en el siglo XX, Schiffrin era autor del libro La edición sin editores, que entre nosotros publicó Destino en el año 2000, y se había convertido por esos años en la voz contestataria de la industria editorial francesa. En dicho libro Schiffrin describía la progresiva transformación de la edición norteamericana, desde sus orígenes como difusora de conocimiento, hasta su conversión en máquina generadora de beneficios, y alertaba acerca del modo en que el capitalismo amenazaba con destruir la cultura. Si en el momento en que Schiffrin escribió su libro las advertencias contenidas en él podían resultar extrañas al lector europeo, la deriva del mundo editorial en los años inmediatos iba a provocar que sus argumentos empezaran a resultar familiares también aquí, primero en Francia y después en España. De su lectura se desprendía que al objeto que llamamos libro, cuya rentabilidad general no hacía mucho era del 3 o el 4%, se le exigía ahora una del 15%, lo que implicaba entre otras cosas que, como observó Hans Magnus Enzensberger, en todo el catálogo de Bertelsmann no había un solo título destinado a perdurar. Los editores ya no eran personas de un modo u otro vinculadas al mundo de la literatura, sino ejecutivos con sueldos millonarios que celebraban sus reuniones de negocios en Bermudas y eran llevados a restaurantes de lujo en coches con chófer.

De este estado de cosas, de cuya aparición en Francia fue testigo Discepolo, surge La traición de los editores, un libro nacido del escándalo y de la crítica y que describe con detalle las altas esferas internacionales en las que se desenvuelve en la actualidad la industria editorial. Que obviamente la crítica del libro se centre en el caso francés no le resta interés entre nosotros, pues no son pocas las conexiones comunes, bien por la vía directa o bien a través de ciertas corporaciones de origen italiano o norteamericano que operan a ambos lados de los Pirineos. El modelo, por lo demás, es el mismo, tratándose aquí de nuevo, como en otros sectores de la economía, de un entramado que vincula al libro con la industria del armamento, a ésta con las grandes compañías del transporte aéreo y a todas con los fondos de pensiones. Discepolo no ahorra al lector escabrosos pormenores de las bambalinas del negocio y pone a cada uno nombres y apellidos, a la vez que desenmascara a esa pretendida industria editorial independiente que en Francia se arroga el papel de la defensa de la cultura nacional frente a intereses foráneos, pero que en la práctica viene a reproducir las mismas formas, incluyendo sus estrechas relaciones con el poder político y su tendencia a la concentración de la propiedad.

La crisis de la industria editorial de la que ya habló Schiffrin, y en cuya exploración persiste ahora Discepolo, lleva a éste a analizar dos paradigmas de la edición, los representados por Hachette y Gallimard. Si el primero constituye un gran grupo de comunicación con intereses internacionales, el segundo se identifica a sí mismo como grupo editorial encargado de velar por unas supuestas esencias de la cultura, preferiblemente nacional. Ambos, sin embargo, tienen a su frente a herederos cuya función principal ha sido la de ampliar el negocio y absorber competidores. Pero no es sólo eso, ya que, como escribe Discepolo, “la distinción artificial entre ‘grupos de comunicación’ y ‘grupos editoriales’ oculta el papel fundamental de estas grandes empresas en una sociedad de masas: transformar a los lectores en consumidores y limitar la capacidad de acción de la mayoría”.

El libro nos ilustra acerca de una transformación de dimensiones aún mayores: la relativa al carácter de una industria que ya no se resigna a su papel de secular sumisión al poder político. Si de esto fue buen ejemplo la comisión de notables parisinos que, encabezada por los editores, acudió de visita al Elíseo en diciembre de 1851 para honrar a Napoleón III por el golpe de Estado que había servido para garantizar “el orden, la familia y la propiedad”, hoy resulta que los papeles se han invertido, y que es la industria, destacadamente la editorial, la que reclama del Estado una sumisión llamada a garantizar su beneficio y lo que considera su legítimo monopolio, aun por encima de la ley.

Lo que se llamó en su tiempo “el eterno combate por el control de los espíritus” dio lugar durante la Gran Guerra, como nos recuerda también Discepolo, a una sincera declaración por parte del periodista norteamericano Walter Lippmann, según el cual “había que repetir machaconamente el cuento de hadas del capitalismo para que sea lo único que la gente repita en cualquier circunstancia”. Y añadió que la realización de su ideal propagandístico debía resumirse en unos cuantos puntos de gran simplicidad: “Una minoría inteligente de hombres responsables tenía que mantener el control del juego político”, mientras los demás volvían al lugar que les correspondía, no como participantes, sino como espectadores, pues ellos, los ciudadanos, “están autorizados a apoyar a tal o cual responsable –es lo que se llama ‘unas elecciones’–, con tal de volver acto seguido a sus ocupaciones”. Dicho programa requiere el control de los medios, o lo que es lo mismo: el establecimiento y la difusión de una sola Verdad. A ésta, mucho antes, el filósofo Spinoza había opuesto lo que llamaba “la idea verdadera”, la cual sin embargo carecía de una fuerza intrínseca y de recursos para hacerse valer. Esta idea de que la verdad es muy débil “es una de las más tristes de toda la historia del pensamiento”, según escribió Pierre Bourdieu, quien añadió que “para no caer demasiado en contradicciones o en la desesperación debe reflexionarse sobre la manera de dar un poco de fuerza social a la verdad”. Un lugar principal en ese cometido corresponde hoy a los verdaderos editores independientes, que todavía quedan, de los que cabe esperar que contribuyan a dar fuerza a la verdad y a poner la coma en su lugar.