PIRANDELLO NOVELISTA: CUADERNOS DE SERAFINO GUBBIO OPERADORJosé Ramón Martín Largo
miércoles 15 de febrero de 2012
LECTURA POSIBLE / 24
PIRANDELLO NOVELISTA: CUADERNOS DE SERAFINO GUBBIO OPERADORmartes 14 de febrero de 2012
VARIACIONES / 12

MARIUS Y FANNY (Y JEANNETTE)
domingo 12 de febrero de 2012
VARIACIONES / 11

Su aspecto era el de alguno de los personajes de Verne. Como algunos de ellos, por ejemplo el Marcel Bruckmann de Les cinq-cents millions de la Bégum, procedía de una vieja familia alsaciana, una familia, los Koechlin, en la que no faltaron otros personajes al estilo verniano: André, un industrial; Daniel, un famoso químico; Maurice, ingeniero y colaborador directo de Eiffel en la construcción de la torre que lleva su nombre; Nicolas, otro industrial, pionero de los ferrocarriles; y René, también ingeniero. Estudió (cosas de familia) en la muy prestigiosa École Polytechnique, ya que quería ser astrónomo. Introdujo los saxofones en la orquesta y ese extraño instrumento, evocador también de fantasías espaciales, que se llama Ondas Martenot. Compuso mucha música para todos los géneros, excepto la ópera, música en su mayor parte serena y lunar, y su afición a las estrellas le inspiró incluso una sinfonía dedicada a las del cine de Hollywood.
Cuando Charles Koechlin, nacido en París en 1867, abandonó sus estudios en la Polytechnique, a causa de una grave enfermedad, ingresó en el Conservatorio. Allí tuvo como maestros de composición a Jules Massenet y Gabriel Fauré. Inició su carrera como compositor con gran número de mélodies sobre textos de Paul Verlaine, Theodore de Banville y Albert Samain, entre otros. En 1898 su maestro Fauré le encarga la orquestación de su música de escena para Pelléas et Mélisande, lo que constituye su primer encuentro con la gran orquesta, para la que poco después escribirá La Nuit de Walpurgis classique y a la que dedicará, con el tiempo, más de cuarenta obras. Pero Koechlin era un hombre sin prisa y con amplias inquietudes que excedían con mucho el mero dominio musical, entre ellas la fotografía, a la que se dedicaba asiduamente desde que en 1897 adquirió un artilugio llamado verascopio. Así, no es hasta después de 1910, con más de cuarenta años, cuando empieza a manifestarse en las obras de Koechlin un lenguaje musical que le es propio, y el cual definió él mismo como un “esclarecimiento progresivo” que era producto del equilibrio en la construcción sonora:“Traverser la nuit pour parvenir à la lumière”.
Para entonces Koechlin ya ha compuesto sus “essais” sinfónicos más apreciados: En mer, la nuit, sobre textos de Heine; Le Livre de la Jungle, suite con solistas y coros sobre la obra del mismo título de Rudyard Kipling; Le Buisson Ardent, poema sinfónico basado en una obra de su amigo Romain Rolland, y The seven Star's Symphony, en la que presenta los retratos musicales de siete artistas de la pantalla, desde Douglas Fairbanks hasta Charlie Chaplin. A lo que hay que añadir una abundante música coral y de cámara, piezas para las más diversas formaciones de cuerdas y de viento, sus ciclos para piano y su monumental Les Chants de Nectaire, obra para flautista que está inspirada en el jardinero Nectaire, personaje de una novela de Anatole France.
Con todo, el legado de Koechlin no es sólo musical. “Un maestro, en todos los sentidos de la palabra”, ha dicho de él algún crítico. A este hombre su propia obra le satisfacía difícilmente, siempre en busca de una combinación sutil, un sonido que debía ser menos materia y más espíritu, una onda venida de algún lugar ultraterreno, a veces sólo un perfume. Este hombre aprendió de sus propias lecciones, las que impartía en París y después en Estados Unidos. Sus viajes a mundos imaginarios (siempre presentes en su música) le convirtieron en el autor de una especie de folclore sideral que no le impedía apreciar la realidad más próxima. Mostró la pasión con la que vivía su tiempo en su cantata Libérons Thälmann, así como en la música que escribió en 1938 para la película Victoire de la vie, de Henri Cartier, ambientada en la lucha contra los fascistas españoles. En sus artículos llamó la atención a menudo sobre la responsabilidad social del arte, que debía huir de la superficialidad y de los efectos fáciles, justificados, entonces como ahora, “porque es lo que le gusta al público”. Impulsó iniciativas para crear una música de calidad que fuese al mismo tiempo popular y desde 1948 fue miembro de la Association Française des Musiciens Progressistes. No dejó discípulos (porque los tiempos que venían ya eran otros), pero sí impregnó a quienes le sucedieron con sus aires de rigor y libertad. Koechlin, como los viajeros de Julio Verne, exploró la atmósfera en busca de armonías que pudiera capturar para los hombres, yendo de la simple monodia a la politonalidad, a fin de alcanzar el objetivo que es propio de todo arte: la conquista de la belleza.

viernes 10 de febrero de 2012
VARIACIONES / 10

REIMANN VISITA A CELAN
Desde que el romántico Schubert, y más tardíamente Wolf, frecuentaron a los poetas de su tiempo, o de poco antes, siendo huéspedes asiduos de sus construcciones líricas, sus efusivas baladas en las que había lamentos por la pérdida de la amada, nostalgias y jubilosas exaltaciones de la Naturaleza, no muchos poetas han merecido tanto la atención de la música como Paul Celan. Pero si aquéllos tenían temas que eran propicios a los ámbitos en los que se leían y se interpretaban musicalmente sus obras (el salón burgués, el café), más difícil sería precisar los ámbitos de este poeta que sufrió todas las heridas del siglo XX y al que Aribert Reimann ha dedicado una parte considerable de su obra.
Quien, con el ánimo de hacer música, intima con la producción de un poeta es un privilegiado al que se le revelarán misterios que permanecen ocultos para el que es modestamente sólo un lector, quizá incluso un lector apresurado y de seguro ocasional, como parecen exigir la existencia moderna y la, así llamada, literatura rápida de hoy. Sin embargo, quien merece tal privilegio deberá arriesgarse también a no salir indemne de la lectura y a sufrir en carne propia las heridas del poeta. Que a Reimann no le asusta el riesgo, y que no está interesado en poner cataplasmas en los lugares más lacerados de la poesía, es algo que se comprende al escuchar su Rey Lear, obra huraña, magnífica y violenta, como eran las palabras que Shakespeare escribió. Poner música a una letra es más que apropiarse de la frase, de una prosodia o de un ritmo: es ir hasta la raíz no sólo de lo dicho, sino también, y sobre todo, de lo sentido, por lo que no es extraño que este mismo compositor que aparece furioso en Shakespeare se nos presente con un carácter del todo cambiado en su Tarde, la obra que Reimann creó sobre textos de Juan Ramón Jiménez y que pudo escucharse hace unos años en el Festival de Canarias. La música, pues, ya existía antes del compositor, el cual debía ser capaz de escucharla por primera vez, buscarla en los vericuetos, las retahílas y los silencios del poeta.
Celan nació en la frontera, en uno de esos territorios europeos que responden a una incansable volubilidad geográfica sin dejar de ser nunca remotos y poco accesibles. Czernowitz, Cernovitsi, Cernauti o Chernivtsi, unas veces rumana, otras veces soviética, y ahora por fin ucraniana, se encuentra en la región de Bucovina, el país de las hayas, al noreste de los Cárpatos. También el apellido del poeta, Antschel o Ancel, obedece a la misma movilidad geográfica, si bien él, para evitar futuros equívocos, se hizo reconocible a sí mismo con el anagrama Celan. Todo lo dicho hasta aquí vale para su poesía: una poesía fronteriza, multicultural, judía y germánica, romana y eslava, a veces casi otomana. La confrontación, por lo demás, ya estaba servida en casa, en la que había un padre sionista y nacionalista y una madre apasionada por la literatura alemana. Con sólo trece años, Celan renunció a sus estudios en hebreo, se hizo socialista y, junto a otros estudiantes, apoyó la causa de la República en una lejana guerra que tenía lugar en España. También en un sentido bélico, mucho antes de la traída y llevada globalización, la geografía resultaba ser muy poco fiable, y aquella guerra del otro extremo de Europa no tardaría en llegar a su Bucovina natal. Celan, que para entonces ya había iniciado sus estudios de medicina en la Universidad de Tours, regresó a tiempo de encontrar su ciudad ocupada por los nazis. Poco después sus padres fueron enviados a campos de exterminio, de los que no volvieron, y él mismo a un campo de trabajo. Tras una escala de tres años en Bucarest, marcha a Viena, donde pronto empieza a ser conocido en los círculos literarios.
