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martes, 1 de diciembre de 2015

LECTURA POSIBLE / 199

WALTER BENJAMIN. RETRATO DE HOMBRE EN LA FRONTERA

Escribió Dostoyevski que el suicidio aparece como necesidad y como mandato cuando el hombre no tiene adónde ir. Y Bertolt Brecht, al conocer la noticia de la muerte de su amigo, escribió: “Oigo que has levantado la mano contra ti mismo, anticipándote al verdugo. Ocho años proscrito, observando el ascenso del enemigo. Empujado finalmente contra una frontera infranqueable, has franqueado, se dice, una que sí era franqueable”. Walter Benjamin se suicidó en Portbou, en la frontera franco-española, hace ahora setenta y cinco años. A lo mucho que se ha escrito acerca de los últimos días, y horas, de su vida, se ha añadido el libro Walter Benjamin. La vida que se cierra, del que es autor Carlos Taibo, quien ha intentado en sus páginas reconstruir las condiciones en que el apátrida Benjamin escribió sus tesis acerca de la Historia, y que ha publicado Libros de la Catarata.

Carlos Taibo, profesor de ciencias políticas en la Universidad Autónoma de Madrid, conferenciante, miembro del consejo editorial de la revista Sin Permiso, colaborador habitual en algunos medios de comunicación, es reconocido desde hace tiempo como uno de nuestros mayores entendidos en los procesos de transición en los países del Este de Europa. Igualmente divulgadas, entre los más de treinta títulos que ha publicado tanto en castellano como en gallego, son sus reflexiones acerca de la geopolítica actual, el anarquismo y el decrecimiento. Menos conocida acaso es la faceta que le acerca a personajes a cuya fascinación ha sucumbido por un motivo u otro y que tuvo hace unos años como producto el libro Parecia não pisar o chão. Treze ensaios sobre as vidas de Fernando Pessoa, que dedicó al escritor portugués. Anotó entonces en su prólogo que “una tarea muy honrosa en relación con seres humanos tan singulares como Pessoa bien puede ser la que nos invita a tirar de las notas a pie que los biógrafos canónicos relegan a un lugar secundario para, con su concurso, acometer un intento, siempre fracasado, de reconstruir quiénes fueron”. Palabras que son igualmente aplicables a este ensayo sobre Benjamin, aunque con la particularidad de que esta vez el primer motivo de atracción, según nos confiesa Taibo, no ha sido la vida del pensador, sino su muerte. “En virtud de un innegable absurdo”, escribe, “la muerte sería entonces algo más relevante que la vida, de la mano de una aventura en la que se habrían dado cita el cruce clandestino de una frontera, la belleza del lugar y el horror que provoca un momento histórico singularmente aciago”. Es de esa aventura de la que Taibo ha intentado rescatar la verdad, a fin de comprender mejor el último texto escrito por Benjamin, cuyo manuscrito, posiblemente, era el que guardaba en su cartera, único equipaje con el que llegó a Portbou.

Divide Taibo su libro en cuatro capítulos, dedicado el primero a una somera biografía de Benjamin, a la que incorpora algunas observaciones acerca de su carácter y a su relación con España, adonde viajó en varias ocasiones; el segundo se centra más extensamente en el exilio de Benjamin, otorgando especial atención a las dificultades materiales de su existencia, a sus problemas de salud y a su marginación en París; nos habla el tercero, con detalle, de su muerte; y el cuarto, por último, viene a ser un intento de interpretación, a la luz de todo lo anterior, de las Tesis sobre el concepto de la Historia que Benjamin debió escribir en algún momento de su exilio, cuando los ejércitos alemanes se aproximaban a París y él, en compañía de otros refugiados, emprendió el incierto viaje primero hasta Marsella y después hacia la frontera española.

Nos recuerda el autor el origen de Benjamin, hijo de un anticuario judío asimilado y residente en Berlín cuyos múltiples negocios en diversos ámbitos, entre ellos la banca, terminarían por llevarle a la ruina, cosa que no dejaría de tener influencia sobre la vida de su hijo. La formación de éste fue accidentada, en primer lugar a causa de su precaria salud, y tuvo lugar en diversos internados y universidades alemanas. En una de ellas, en la de Múnich, conocería a Rilke y a Gershom Scholem, con quien mantuvo una duradera amistad que debió ser ante todo epistolar, ya que Scholem no tardó en emigrar a Palestina. Fue en la Universidad de Berlín donde Benjamin se familiarizó con el sionismo, doctrina que en vísperas de la Gran Guerra circulaba ya ampliamente en los medios intelectuales de Europa. No se sintió, sin embargo, atraído por dicha doctrina, lo que no impidió que extrajera de la tradición judía, en especial de su misticismo, algunos aspectos que elaboraría ulteriormente y que de un modo u otro estarían presentes en su obra, lo que ocurriría más tarde en singular combinación con el marxismo, al que accedió mediante la lectura del célebre libro de Georg Lukács Historia y conciencia de clase.

Expediente del Juzgado de Portbou
a nombre de Walter Benjamin
Benjamin, como muchos otros, llegó a abrazar posiciones de izquierda a partir del pacifismo que se extendió progresivamente durante la Gran Guerra. No fue nunca, sin embargo, un militante. No podía serlo, como se desprende de la amalgama de sus intereses y de esa personal mixtura entre misticismo judío y marxismo. Se entiende así que sus textos no encajaran bien en las corrientes de pensamiento que predominaron durante el período de entreguerras, en la República de Weimar. Fue un pensador solitario y a contracorriente que durante la mayor parte de su vida encontró dificultades para publicar y dar a conocer sus obras. Éstas, a causa de las necesidades económicas que siempre le apremiaron, tuvieron que orientarse en las direcciones más diversas, a veces peregrinas y alejadas por completo de sus intereses. Otras veces, por el contrario, supo sacar partido de los encargos que ocasionalmente recibía, incorporando a sus esquemas de pensamiento ideas y temas alejados entre sí. La originalidad de sus trabajos sólo pudo encontrar algún acomodo en la Escuela de Frankfurt, a la que también pertenecían Max Horkheimer y Theodor Adorno. Parece, sin embargo, que sobre todo a partir del exilio de Benjamin en París la relación entre uno y otros se basó en razones prácticas muy distantes de la coincidencia de intereses intelectuales. Desde su exilio al otro lado del océano, en efecto, los restantes miembros de la Escuela de Frankfurt ayudaron a Benjamin económicamente y le facilitaron el visado de entrada en Estados Unidos, lo que no era poca cosa, aunque, como se vio enseguida, no iba a ser suficiente. La propia Escuela carecía de recursos, como supo Benjamin mediante una carta en la que se le anunciaba que la ayuda económica que había recibido hasta entonces iba a interrumpirse provisionalmente. Otro auxilio económico, el que podía proporcionarle Brecht, a quien Benjamin visitó en ocasiones en Dinamarca, se cerró también cuando los alemanes atravesaron la frontera francesa. Por otra parte, estaba divorciado de la que había sido su mujer, Dora Kellner, desde hacía diez años. Cuando en septiembre de 1940 Benjamin, habiendo abandonado París como refugiado, trató de encaminarse hacia la frontera española a fin de llegar a Lisboa, donde esperaba embarcarse hacia Nueva York, estaba completamente solo.

El relato de esos últimos días ha podido reconstruirse a partir de los testimonios de otros refugiados que también trataban de cruzar los Pirineos, los cuales han dado lugar a gran cantidad de libros. Sin embargo, dichos testimonios son incompletos y a menudo contradictorios, lo que ha dado lugar a frecuentes especulaciones. Por esos datos, tanto por los más fiables como por los que no pasan de ser dudosos rumores, trata de guiarse Taibo en el libro que comentamos, el cual, en resumidas cuentas, acaba por justificar plenamente su subtítulo: “la vida que se cierra”. Nuestro autor desgrana de manera documentada las circunstancias de esos días, mostrando cómo las posibles salidas a una situación de por sí desesperada fueron clausurándose hasta que, el 25 de septiembre, ya en el lado español de la frontera, y tras una ardua caminata, Benjamin y sus acompañantes conocieron por la Guardia Civil que la frontera estaba cerrada y que debían dar la vuelta y regresar “por el mismo camino”. Para ellos, esto equivalía a caer en manos de la policía francesa de Vichy o en las de la Gestapo. Alojados por esa noche en el Hotel Francia de Portbou, los otros refugiados asistieron impotentes a la agonía de Benjamin, que había tomado al parecer una dosis de morfina. Falleció al día siguiente.

Como se ha dicho, el capítulo final del libro de Taibo trata de ser una interpretación de los últimos escritos de Benjamin, de los que había mandado copia a algunos amigos y que, quizá en un estado de elaboración más avanzado, se encontraban en la cartera de la que se incautaron las autoridades españolas tras su muerte. Extraviado este manuscrito, conocemos las tesis a través de las copias conservadas. Estos textos aparecen manuscritos bajo el epígrafe de Tesis sobre el concepto de la Historia, y, como sucede con la propia muerte de su autor, han dado lugar a numerosos debates. Se trata de unos breves fragmentos que son bien conocidos y que posiblemente habrían debido servir de fundamento a un trabajo más amplio. No se ocupa Taibo de todos ellos, sino sólo de los que, “en virtud de condiciones estrictamente contemporáneas, me interesan, de la mano de una lectura que no tengo ningún problema en aceptar que es manifiestamente sesgada”. En concreto, el contexto en el que Taibo sitúa estos fragmentos es el de la actual “hondura de la crisis ecológica y el riesgo que nos acecha de un colapso más o menos próximo”.

La comprensión de estos textos, a juicio de nuestro autor, debe hacerse a la luz no sólo del estado de ánimo que podía experimentar Benjamin al final de su vida, sino también a la de otros pasajes que podemos localizar repartidos a lo largo de su obra. Una primera observación de Taibo se refiere al carácter heterodoxo del marxismo benjaminiano. Pues no faltan en sus escritos alusiones a “un visible desdén con respecto al marxismo que invocaba progresos irresistibles, leyes de la historia y fatalidades naturales”. En particular el culto al progreso técnico y económico que el marxismo ortodoxo comparte con la doctrina capitalista, y que tradicionalmente se ha expresado a través de la socialdemocracia, ha sido objeto del rechazo de Benjamin, para quien era preciso integrar en el materialismo histórico “los estallidos mesiánicos, románticos, blanquistas, libertarios y fourieristas, en provecho de un marxismo nuevo y herético”. Se desprende de ello que si para Marx la revolución no podía venir del pasado, sino del futuro, “de un futuro de progreso”, para Benjamin en cambio la inspiración de la revolución se encontraba ante todo en el pasado, en formas pretéritas de organización y de actividad humana. Así, el componente de “irracionalidad” asumido por Benjamin sería producto de un romanticismo “que asumía la forma de una protesta cultural contra la civilización capitalista en nombre de valores premodernos, esto es, precapitalistas”.

Benjamin intentó dar forma a su heterodoxia marxista vinculándola a fenómenos modernos que sin embargo no formaban parte de la política (por ejemplo del modelo soviético, que conocía y por el que no sentía el menor entusiasmo), sino de la estética, en concreto una estética moderna que procedía de Baudelaire y que habría tenido su consumación con el surrealismo, el cual había suministrado a Occidente “una idea radical de la libertad”. Esta idea se contradice de manera manifiesta con la condición del autómata que rige cada vez más en la sociedad capitalista, lo que implica que “el hombre moderno, a través de la técnica, sólo se encuentra a gusto cuando responde a los deseos que él mismo ha generado, mucho más allá de las necesidades biológicamente objetivas”. A lo que se añade el hecho de que “el desajuste entre el progreso técnico y el desarrollo inicial tiene un efecto mayor, la guerra, que constituye una constante en las sociedades modernas”.

De esa Historia a la que se refieren las tesis de Benjamin lo que nos queda a nosotros es principalmente la cultura, la cual merece un cuestionamiento aparte, pues, como escribió, “no hay documento de cultura que no sea al mismo tiempo documento de barbarie”. A propósito de ello Taibo cita a Carlo Salzani, quien ha afirmado que “como quiera que la cultura está impregnada de barbarie, la única solución estriba en subvertir los cánones culturales vigentes y en robar la energía de la transformación a la barbarie equivocada, para así inventar una barbarie nueva y positiva”. Tarea ésta, añadimos nosotros, que no es de las menores a las que, si está interesado en su supervivencia, se enfrenta el hombre de hoy.

El libro de Carlos Taibo constituye una excelente aproximación a la obra de Benjamin, este autor que no dejó ninguna ortodoxia que custodiar y cuyos textos dispersos, fragmentarios, diseminados muchas veces en apuntes y en citas ajenas, nos ilustran mucho más acerca de nuestra propia realidad de guerra, de refugiados y de catástrofe de la Historia que acerca de la suya propia, aquélla en la que vivió hace setenta y cinco años y que fue a terminar, cuando la vida se cerró para él, en una fonda de Portbou.

martes, 17 de abril de 2012

LECTURA POSIBLE / 54


WALTER BENJAMIN: LA PRENSA EN TIEMPOS DE BAUDELAIRE

“Ahora y aquí no hay esperanza mientras cada destino aterrador, cada destino oscuro, sea discutido en sus detalles una hora tras otra por la prensa, analizado en sus causas más ficticias y en sus más ficticias consecuencias, lo cual no nos ayuda a conocer esas oscuras fuerzas a que nuestra vida está sujeta”. Así escribe Walter Benjamin en su libro Calle de dirección única, una de las obras que dedicó a su Berlín natal. Como su vida, la obra de Benjamin transcurrió entre Berlín y París, y ambas, más que en lugares de residencia, o más bien de paso, se convirtieron para él en lugares de estudio. Su libro sobre Baudelaire contiene una detallada descripción de la jungla urbana parisina en los tiempos del autor de Las flores del mal, pues no en balde Benjamin se sintió fascinado por el ritmo y la vida de la gran ciudad, donde “las personas se conocían entre sí en tanto que deudores y acreedores, o como vendedores y clientes, o como patronos y empleados; y, sobre todo, se conocían entre sí en su calidad de competidores”. Una parte de dicha descripción está ampliamente dedicada a la prensa, por lo que podría añadirse a la cita anterior que las gentes de la época ya podían conocerse también como informados e informadores.

La obra mayor de Benjamin, obra frustrada como casi todo en él, debía haber tratado sobre París y sobre la manera en que, en las primeras décadas del siglo XIX, se desplegaba el nuevo orden del mundo. Tras su muerte en Port Bou quedó un extenso legado disperso formado por gran variedad de textos en diferentes estados de elaboración, fragmentos que contienen ya todo el vigor y la erudición propios de lo poco que nos ha llegado de él ya acabado, y otros en forma de esbozo, a veces ni siquiera eso: simples registros de citas tomadas de los libros que tenía a su alcance en las difíciles circunstancias de su exilio y que pensaba utilizar en su gran obra.

El aliento filosófico del trabajo inconcluso de Benjamin partía de la tesis de que “el capitalismo fue un fenómeno natural por el cual un encantamiento nuevo, lleno de sueños, se abatió sobre Europa, acompañado de una reactivación de las fuerzas míticas”. El método que concibió el autor para abordar la crítica de este fenómeno era totalmente nuevo y se servía de lo que él llamaba “el montaje”, concepto extraído del lenguaje cinematográfico y en virtud del cual proyectó “valorar la totalidad social a partir de sus fragmentos, de sus hechos minúsculos, de los mismos productos de la sociedad, lo que conducirá a percibir los monumentos de la burguesía triunfante como ruinas, y, en suma, a descubrir en el análisis del pequeño momento singular el cristal del evento total”.*

Hallándose inmerso en la redacción de su obra sobre la cultura y sociedad francesas, y ya en su exilio parisino, Benjamin recibió del Instituto de Frankfurt el encargo de un libro sobre Baudelaire, del que en 1923 había traducido los Cuadros parisinos y el cual, en principio, debía constituir un capítulo de su Passagen-Werk, y que sin embargo acabó convirtiéndose en una obra independiente. Es en la primera parte de ésta, titulada La bohemia, donde Benjamin investiga el entorno social y cultural tras la Revolución de Julio en el que Baudelaire escribió parte de su obra y da un repaso al estado de la prensa parisina en aquellos años.

En los inicios del siglo XIX apenas existía la competencia periodística. Hasta la cuarta década del siglo, nos cuenta Benjamin, los periódicos se vendían por suscripción, cuyo elevado importe (ochenta francos) indicaba que iban dirigidos en exclusiva a las clases altas. Así, el acceso popular a los periódicos estaba limitado al ámbito de los cafés, donde por lo general había una manifiesta desproporción entre el número de ejemplares disponibles y el de parroquianos deseosos de leerlos. Con el propósito de dar satisfacción a esa demanda de noticias nace en 1836 La Presse, periódico del periodista y político conservador Émile de Girardin, que sirvió para que el número total de suscriptores en París pasara de 70.000 en ese año a 200.000 diez años después. Benjamin señala las tres innovaciones que puso en práctica La Presse y que tendrían una decisiva influencia sobre toda la prensa posterior. En primer lugar el reducido precio de la suscripción (cuarenta francos); en segundo, y como extraordinaria novedad, la inclusión de publicidad, la cual tenía por misión recaudar lo que dejaba de recaudarse en concepto de suscripción; y, por último, la novela por entregas.

En el nuevo formato periodístico el prolijo y sosegado reportaje de fondo es sustituido en gran parte por la información breve y abrupta, colocada a menudo bajo grandes titulares. Con frecuencia el réclame no es ni publicidad ni información propiamente dichas, sino una mezcla de ambas, ya que se trata de artículos pagados por el editor y que debían servir de respaldo a algún producto anunciado en el mismo periódico, por ejemplo un libro, un edificio en venta o una empresa colonial. Las innovaciones aportadas por La Presse constituyeron un éxito financiero, pero despertaron las sospechas y en algún caso aislado el rechazo de quienes por su oficio debían avenirse, si no querían verse condenados a la marginación, a las mismas. Así, Sainte-Beuve escribió: “¿Cómo se puede condenar un producto del que, dos pulgadas más abajo, se lee que es una maravilla de nuestra época? La atractiva fuerza de las cada vez más grandes letras del anuncio obtiene además la delantera: es como una enorme montaña magnética que desorienta por completo la brújula”. Como acertaron a ver algunos contemporáneos, la publicidad constituía un elemento extraño y, de hecho, el primer causante de la corrupción de la prensa.

Lo que era “digno de saberse” era lo que daba variedad al periódico, e incluía los cotilleos de la ciudad y las típicas intrigas de teatro. Si ya tradicionalmente los cafés aparecían como una institución asociada al periódico, la nueva forma de éste da pie al surgimiento de una nueva institución que todavía hoy subsiste: el aperitivo, hora en la que los redactores y otra diversa fauna de plumíferos recorren los bulevares en busca del rumor, el crimen o la desgracia de última hora. “Antes, cuando había solamente periódicos serios”, escribió Gabriel Guillemot, “la hora del aperitivo no existía. Ésta es así la consecuencia lógica de la llamada ‘crónica parisina’ y los cotilleos ciudadanos”. Es por tanto en el bulevar, entre vividores, soplones y cocottes, y hasta que en el Segundo Imperio hiciera su aparición la telegrafía sin hilos, donde los reporteros intentan conocer en primicia la exclusiva que les permitirá medrar en el oficio, y también el lugar en el que el literato se socializa y se asimila, y esto por el simple procedimiento de ser reclutado por el periódico, al que, en el mejor de los casos, deberá suministrar el consabido e interminable folletín.

Entre el bulevar y los cafés, a la hora del aperitivo, y hasta el cierre de la edición del día, las abundantes horas de ocio del literato se convierten por ensalmo en horario laboral, con lo que aquél, sugiere Benjamin irónicamente, se comporta “igual que si hubiera aprendido de Marx que el valor de toda mercancía viene determinado por el tiempo de trabajo socialmente necesario para su producción”. En efecto, las elevadas tarifas que se pagaban por el folletín sólo se entienden por el hecho de que éstas se fundaban en relaciones sociales (hechas, naturalmente, en el bulevar). Al respecto escribió Alfred Nettement: “A causa de la bajada de tarifas, el periódico ha de vivir de los anuncios. Para recibir muchos anuncios, la cuarta página, una que, de hecho, se había convertido en un cartel, tenía que ser vista por el mayor número posible de suscriptores. Así, se hizo necesario un cebo que consiguiera atraer a todos, independientemente de su opinión, y que además tuviera su valor en la sustitución de la política por el efecto de la curiosidad”. En esa cuarta página comenzó a insertarse el anuncio de la novela, que incluía un breve resumen de los capítulos anteriores. “De este modo se llegó casi con necesidad absoluta a la novela por entregas”, la cual, con su poder adictivo, acabaría creando nuevas formas de corrupción.

En 1845 Alejandro Dumas cerró con Le Constitutionnel y La Presse un contrato por el que percibiría 63.000 francos, cifra modesta en comparación con los 100.000 francos de honorarios cobrados por Eugène Sue por la publicación de Los misterios de París, y no digamos con los de Lamartine, que se agenció cinco millones sólo en el período de 1838 a 1851 (600.000 de ellos por su Historia de los Girondinos).

Charles Meryon, El vampiro, 1853
Se conocen casos de directores de periódicos de la época que, a la recepción de un manuscrito, lo publicaban bajo la firma de algún escritor de su elección. Eugène de Mirecourt denunció abundantes fraudes literarios en su Fábrica de novelas, Casa Alejandro Dumas y Compañía, que publicó en 1844. En la Revue de deux mondes apareció al año siguiente un artículo en el que se leía: “¿Quién conoce los títulos de todos esos libros que el señor Dumas ha ido firmando? ¿Los conoce él mismo? Como no lleve un libro mayor, con el ‘haber’ y el ‘debe’, seguro olvidaría más de uno de los hijos de que es padre legítimo, natural o adoptivo”. Se decía que en el sótano de su casa escondía Dumas a un batallón de escritores pobres, y en la revista mencionada más arriba se describió en 1855 la visita al domicilio de uno de los autores de éxito del momento, de quien se omitía el nombre: “…se accede a un sucio gabinete mal iluminado. En él está sentado, larga pluma de ganso en una mano y con el pelo muy desordenado, un hombre de mirada sumisa aunque adusta. A una milla se reconoce en él a un verdadero novelista de raza, aunque no sea sino un viejo empleado ministerial que aprendió el arte de Balzac en las páginas de los periódicos. Él es el verdadero autor, es decir, él es el novelista”.

Por medio del folletín, a muchos literatos, y mientras alguno de sus “negros” escribía su siguiente éxito, se les abrieron las puertas de la carrera política. A Dumas se le ofreció emprender un viaje a Túnez a costa del Estado para hacer propaganda de las posesiones africanas (expedición que costó una fortuna y que nunca se realizó), y Sue fue elegido diputado por un distrito obrero de París. “De ahí”, afirma Benjamin, “resultaron nuevas formas de corrupción con peores consecuencias que el mal uso de nombres de autores famosos, pues, una vez despertada la ambición política del literato, resultaba fácil para el régimen mostrarle cuál era el camino correcto”.

Por cierto que a Benjamin le habría divertido mucho observar cómo la novela por entregas ha sido sustituida por cupones (palabra que despierta ecos de la época del racionamiento) que podrán ser canjeados por un patinete o por un juego completo de vajilla. Y Benjamin concluye: “En consecuencia, es claro que muy difícilmente se podría escribir la historia de la información separada de la correspondiente corrupción de la prensa”. A lo que puede añadirse que ésta es un buen termómetro del estado moral de una sociedad. Pues como decía su muy admirado Karl Kraus: “¿Es la prensa, pues, un mensajero? No. Ella es el acontecimiento”.

Hoy día las palabras de Benjamin tienen una vigencia que no es necesario subrayar. Ilustran aquello de que todo está inventado y deberían ser tenidas en cuenta por quienes todavía manifiestan alguna confianza en los grandes productores de noticias de nuestro mundo global.
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* Fernando Bruno, en la introducción a: Walter Benjamin, Notas sobre los cuadros parisinos de Baudelaire (Boletín de Estética, Buenos Aires, 2005)

viernes, 26 de febrero de 2010

LECTURA POSIBLE / 7


ANGELUS NOVUS

A sus contemporáneos no les resultó fácil entender a Walter Benjamin, en parte a causa de la naturaleza poco convencional de sus intereses filosóficos y literarios, por no hablar de que su obra se les aparecía ya a ellos fragmentada e inconclusa. A Brecht, su misticismo y el manejo de conceptos como el de aura le resultaban siniestros. En octubre de 1940, cuando Klaus Mann, exiliado en Nueva York, tuvo noticia de su suicidio, anotó en su diario: “Me resultó siempre inaguantable”. Y cuando, años después de la muerte de Benjamin, se publicó su correspondencia con Theodor Adorno, que incluía algunas observaciones nada halagadoras acerca de Ernst Bloch, éste escribió: “Ahora se me ha muerto un amigo por segunda vez”.

Hoy día Benjamin sigue siendo en su totalidad un misterio, lo que es razón suficiente para aproximarse a su pensamiento y a la diversidad de su obra, que conserva, acaso incrementada con los años, toda su capacidad de perturbación y de sugerencia. Nacido en 1892, es de la generación que se fascinó con Hugo von Hoffmannsthal y con Karl Kraus, la de aquella juventud que soñaba con una transformación que abarcaría todos los campos de la vida y el saber y que no tardaría en ser sacrificada, a la mayor gloria de un orden que se revelaría poco duradero, en la Gran Guerra.

El detalle de que la Universidad de Frankfurt no quisiera a Benjamin como docente difícilmente sorprenderá a quienes conocen el alto precio que suele pagarse por la originalidad, pero es que en el fondo no es posible reprochar a la anquilosada universidad alemana de entonces el que decididera prescindir del mejor filósofo de su tiempo, quien malamente habría encajado en sus rancios planes de estudio. Ese rechazo, para quien parecía estar destinado a la cátedra, tuvo el efecto desastroso de sumir a Benjamin en una permanente crisis económica, pero también, quizá, el de forzarle a ser esa especie de saltimbanqui filosófico, hoy dedicado a esto, mañana a lo otro y pasado a quién sabe, que con el tiempo habría de convertirse en el Benjamin que hoy conocemos.

Por una carta escrita en julio de 1931 y que está dirigida a la Administración Tributaria podemos hacernos una idea del estado de sus cuentas en aquellos años: “Le ruego a través de la presente tenga a bien concederme una moratoria de los pagos pendientes. Ya el año pasado tuve ocasión de dejar constancia de que en estos meses no tengo prácticamente ingreso alguno…” Carta que fue respondida con el lenguaje desabrido que al parecer es propio de la Hacienda en todo tiempo y lugar, lo que motivó a su vez una protesta en la que el filósofo trataba el imposible de razonar con ese ente inmaterial: “Desde la invención del arte de la escritura las peticiones han perdido mucho de su eficacia; en cambio las órdenes han ganado”. Mientras tanto, Benjamin trataba de ganarse la vida traduciendo al alemán a Proust y a Baudelaire y ejerciendo la crítica literaria.

Este hombre que no podía saldar su deuda con el fisco ya había puesto los cimientos de una filosofía volcada hacia la crítica de la historia del arte y de la cultura. En El concepto de crítica del arte en el Romanticismo alemán, tesis doctoral con la que culminó sus estudios en la Universidad de Berna, confrontaba el “ideal” (o fenómeno primigenio) goethiano con la noción romántica de “idea”, o lo que es lo mismo: el arte como unidad en la diversidad y como infinitud en la totalidad: “pues la infinitud romántica es la de la forma pura; la unidad es la del contenido puro. La idea del arte es la idea de su forma, de la misma manera que su ideal es el ideal de su contenido.” Hasta aquí Benjamin se expresa con el lenguaje de un idealista que razona como romántico (más tarde adoptará, sobre todo por influencia de Brecht, el método del materialismo histórico). La filosofía romántica alemana que él adoptó aspira en todo a la no consumación, entendida como infinitud y como negación de la clásica obra de la vida y obra de arte armónicamente conducida hasta el final. Benjamin insiste ya en la forma no armónica, inacabada, de toda realización artística. “La identificación de Benjamin con la imposibilidad romántica de consumación, con el trabajo de Sísifo, era una de sus propias máximas vitales”, según palabras de Hans Mayer. Sus distintas obras se presentan, pues, como fracasos productivos.
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En Las afinidades electivas de Goethe escribió en parte sobre la novela de ese título y sobre el autor de la misma, pero también, implícitamente, sobre sí mismo, lo que constituye un rasgo característico del conjunto de su obra. En su interpretación, la novela de Goethe, aparentemente adscrita a la filosofía natural, y que fue leída por sus contemporáneos como una inmoral historia de matrimonio y adulterio alrededor del tema de la “elección a ciegas”, queda convertida en romántica obra de arte total. Aquí, como también en Los orígenes del drama barroco alemán, Benjamin niega lo meramente “bueno” y reconoce sólo la realidad del mal (“en el mal absoluto se hace real la subjetividad”).

Benjamin sostuvo relación con y se interesó por todo lo que era relevante en la literatura alemana de su época, desde Hoffmannsthal hasta Brecht pasando por Bloch y Kraus, pero no conquistó (ni fue conquistado) por ninguno de ellos. Mantuvo una línea independiente que de manera en apariencia sinuosa, pero en verdad muy rectamente, le llevaba hasta la Ilustración y en particular hasta el siglo XVIII francés, en torno al cual debió escribir su gran obra, que quedó en esbozo y que hoy se conoce como Libro de los pasajes. Su percepción pesimista de la época se fue concretando hasta resumirse en el siguiente balance: la Ilustración ha sido eliminada por un mundo de semifascismos y fascismos completos; el Progreso acaba por conducir hasta la decadencia; y la Modernidad se ha convertido en el baratillo de un tiempo que parece capaz de reproducirlo todo. De nuevo según palabras de Mayer: “Al contrario que Proust, su tiempo perdido no era el pasado, sino el futuro. Su mirar hacia atrás es el de una utopía rota”.

Así, el carácter inconcluso de su utópica obra parece aplicable también a su experiencia personal y a las vicisitudes de su paso por este mundo. En París, en contacto con Georges Bataille y con su grupo del Collège de Sociologie, le sorprendió la llegada de Hitler al poder, y allí permaneció hasta que el avance de los ejércitos alemanes le obligó a buscar el camino hacia América, camino que le llevó solamente hasta la frontera española de Port Bou. Su suicidio en la frontera, con el sarcástico añadido final de que la Guardia Civil permitiera el paso a sus compañeros al día siguiente, tiene el carácter de un final kafkiano, uno de esos finales que su admirado Kafka (también él fracasado e inconcluso) nunca escribió. Entre sus manuscritos, que había dejado al cuidado de Bataille en la Bibliothèque Nationale, había también una acuarela que había comprado a Paul Klee y que tenía el título de “Angelus Novus”.

Es un cuadro de formato pequeño. Se ha dicho, creo que con razón, que el ángel de Paul Klee, con el plumaje revuelto, aparece debilitado y falto de impulso, expuesto a la tormenta de un futuro inquietante, que en parte para nosotros ya es pasado. Un ángel bastante frágil, más pájaro que encarnación de un ser superior. Tiene miedo. Y sin embargo es un ángel: un Ángel de la Historia. En 1941, el último texto de Benjamin, Sobre el concepto de la Historia, llegó de una manera que nunca ha sido explicada a Estados Unidos, donde fue publicado. Está compuesto por dieciocho tesis que obedecen a una estructura coherente y a las que ulteriormente el autor esperaba dar forma. El noveno fragmento, encabezado por unos versos del amigo de Benjamin Gershom Scholem, alude al cuadro de Klee y es en sí mismo un compendio y una alegoría de su interpretación de la Historia.

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"ANGELUS NOVUS"
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Mi ala está pronta al vuelo,
Vuelvo voluntariamente atrás,
Pues si me quedase tiempo para vivir,
Tendría poca fortuna.

Gershom Scholem (Saludo del Angelus)

“Hay un cuadro de Klee que se titula Angelus Novus. Se ve en él un ángel al parecer en el momento de alejarse de algo sobre lo cual clava la mirada. Tiene los ojos desencajados, la boca abierta y las alas tendidas. El Ángel de la Historia debe tener ese aspecto. Su cara está vuelta hacia el pasado. En lo que para nosotros aparece como una cadena de acontecimientos, él ve una catástrofe única, que acumula sin cesar ruina sobre ruina y se las arroja a sus pies. El ángel quisiera detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero una tormenta desciende del Paraíso y se arremolina en sus alas y es tan fuerte que el ángel no puede plegarlas. Esta tempestad lo arrastra irresistiblemente hacia el futuro, al cual vuelve la espalda, mientras el cúmulo de ruinas sube ante él hacia el cielo. Tal tempestad es lo que llamamos progreso.”

Walter Benjamin (Sobre el concepto de la Historia)