martes, 15 de abril de 2014

DISPARATES / 105

RICHARD HOGGART: LA CULTURA DE LA RESISTENCIA

A finales de 1945, apenas iniciada la postguerra, se formó en Londres una pareja que iba a estar unida quince años. Compartiendo crítica e investigación, llegaría a ser “la pareja política de izquierdas y de habla inglesa más influyente, que dominaría el campo de la historia social de las siguientes décadas”, según afirmó uno de sus amigos. Ellos eran Edward Palmer Thompson y Dorothy Towers. El fiel amigo, que algunos años más tarde fundaría el Centre for Contemporary Cultural Studies, se llamaba Richard Hoggart.

E.P. Thompson se había afiliado al Partido Comunista en 1942, mientras realizaba sus estudios en Cambridge. Ella era la hija única de un tendero y una maestra, y había ingresado a los quince años en la Liga de la Juventud Comunista. Al conocer a Thompson era experta en lenguas modernas y en las tradiciones orales del East End londinense, lo que incluía el habla de los marineros y el lenguaje del music hall. La Historia, afirmó, era “el punto de contacto de la literatura, la política y las tradiciones familiares”. Más tarde, al analizar las causas por las que la civilización no había sido totalmente destruida, E.P. Thompson escribió que “tenemos que agradecernos a nosotros mismos que eso no ocurriera. (…) Lo que sucedió resultó glorioso e inspirador. Abandonados a menudo por sus líderes, y con traidores en su seno, la gente corriente del mundo aceptó el reto. El eslogan ‘No pasarán’ saludaba a los fascistas en los muros de Madrid y en las calles de Bermondsey, donde intentaron desfilar los camisas negras. Seguramente no hemos olvidado todavía los días de las grandes ofensivas, (…) ni las primeras noticias que nos llegaban desde Yugoslavia de cómo los campesinos habían huido a las montañas, luchando sin botas ni equipamiento, y con sólo las armas que arrancaban de las manos del enemigo”. Precisamente él y Dorothy trabajaron juntos en la llamada “Vía Férrea de la Juventud Yugoslava”, tras lo cual, sabiéndose excluidos de la universidad a causa de sus ideas (igual que Eric Hobsbawm), optaron por una “elección obvia”: la educación de adultos, tarea que pese a las penurias económicas pudieron armonizar con sus investigaciones en el ámbito de la historia social.

Valgan estas palabras para situar al lector en el contexto histórico y político. El amigo al que nos referíamos, que lo sería de ambos durante las siguientes décadas, había nacido en Leeds, en una familia obrera. Muertos primero su padre y después su madre, cuando él contaba respectivamente uno y ocho años de edad, fue criado por su abuela, y más tarde por una tía que lo animó a estudiar. Así pudo ingresar en la Cockburn High School, y gracias al director de ésta en la Universidad de Leeds. Durante la guerra sirvió en la Artillería Real, habiendo alcanzado en el momento de la desmovilización el grado de capitán. Pocos años después publicó su primer libro, un estudio sobre la poesía de Auden que señalaría el camino de una parte de su futura dedicación, la crítica literaria, y que iba a tener como complemento un empeño mayor, consagrado al estudio de la cultura, sobre todo la de raíz popular, que iba a hacer de él un innovador y a la vez un clásico cuya poderosa influencia todavía perdura. A esta esfera de su trabajo pertenece ya enteramente su segundo libro, que es también su obra maestra: The uses of Literacy.

En esos años Hoggart se vinculó a la llamada “Nueva Izquierda”, de la que también formaban parte, además de la pareja Thompson, Alan Sillitoe, John Osborne, Perry Anderson y Stuart Hall. En 1960, en su calidad de académico de la lengua inglesa, participó como testigo en la infame causa seguida contra El amante de Lady Chatterley, la novela de D.H. Lawrence. En defensa de la misma, nuestro autor sostuvo que su tema principal “no eran los pasajes sexuales que son objeto de este debate, sino la búsqueda de la integridad y la plenitud”. Levantada la prohibición que pesaba sobre ella, la novela pudo volver a circular, y los argumentos expresados por Hoggart en el juicio sirvieron para liberalizar las leyes contra la pornografía en el Reino Unido. También trabajó en la UNESCO entre 1971 y 1975, y fue rector del Goldsmiths College de la Universidad de Londres, además de vicepresidente del Arts Council hasta que Margaret Tatcher lo despidió en 1982.

The uses of Literacy, que la editorial Siglo XXI publicó el año pasado en castellano con el título de La cultura obrera en la sociedad de masas, apareció en Inglaterra en 1957. Se trata de una obra maestra, como se ha dicho, pionera y hoy devenida en clásica, y cuya gestación está muy ligada a la otra gran contribución de Hoggart en el mundo del estudio de las culturas: la fundación en Birmingham en 1964 del Centre for Contemporary Cultural Studies, que dirigió durante casi diez años, hasta que se hizo cargo de él Stuart Hall. El libro y la institución de Birmingham, concebida a la manera de la Escuela de Frankfurt de Theodor Adorno, crearon una nueva corriente de las ciencias sociales, la cual ha acumulado ya una rica tradición científica y posee en la actualidad un promisorio futuro. A este nuevo campo de investigación, el de los “estudios culturales”, dedicó Hoggart la mayor parte de su extensa obra.

“Se afirma a menudo que ya no existe la clase obrera”, escribe Hoggart, “que las diferencias sociales se han reducido gracias a una ‘revolución sin sangre’, y que la mayoría constituimos una base bastante homogénea, que abarca desde la clase media baja hasta la clase media alta”. A lo que enseguida añade: “A pesar de estos cambios, las actitudes se han modificado más lentamente de lo que pensamos”, siendo estas actitudes, tanto las que impulsan a la sociedad hacia una cultura más igualitaria, como las que se orientan en sentido contrario, el tema principal de su estudio en el libro citado, y en los que le siguieron.

Una parte de la crítica de Hoggart se dirige contra los intelectuales, los cuales, si han conocido a obreros, lo han hecho por la vía de la autoselección: “hombres y mujeres jóvenes que acuden a los cursos de verano, individuos excepcionales a quienes su cuna ha privado de su herencia intelectual y que han hecho admirables esfuerzos por acceder a ella”. En alguna medida esta actitud paternalista, representativa de un pseudomarxismo de clase media, es la causa, según Hoggart, de los cambios operados en Inglaterra después de la Segunda Guerra Mundial, cambios sociales, culturales y políticos que afectan, y aquejan directamente, a nuestro concepto de civilización. Pues ya existía previamente una cultura obrera, a la que se debe en Europa la resistencia y la victoria contra el fascismo, una cultura de la que sus legítimos propietarios han sido rápidamente desposeídos en la inmediata postguerra, en beneficio de una cultura de masas que, mucho más que la economía, ha contribuido a crear esa impresión de “igualdad” de las sociedades modernas. Los cambios producidos en esos años tuvieron por objeto rescatar la producción industrial, prevenir la “ideologización” de la clase obrera y, en último extremo, identificar la creciente influencia americana en la cultura popular con la modernidad.

En consecuencia, Hoggart se pregunta si existe todavía una clase obrera, y en tal caso si ésta conserva aún una mínima parte de la cultura que le es propia. Así, no es extraño que los llamados estudios culturales, que ya eran interdisciplinares en su origen, pues reunían investigaciones en campos tan diversos como la antropología, el lenguaje, el cine, la literatura o la música pop, se hayan extendido más todavía desde entonces, a fin de ir abarcando otros de protagonismo ascendente en las últimas décadas como la nacionalidad, la etnia y el género. Y el panorama no deja de ampliarse, de lo que es buena prueba la atención dedicada a los medios de comunicación y últimamente a las “nuevas tecnologías”, y a la capacidad de las mismas para uniformizar más rápidamente las costumbres y las ideologías de los individuos. Sucede que, tal como la concibió Hoggart, la cultura no es sólo una práctica, ni una suma de usos y costumbres, sino más bien una forma específica del proceso social, a la cual corresponde la atribución de dar sentido a la realidad, a unos hábitos sociales compartidos y a un área común de significados.

Hoggart afirmó que existía en 1957, cuando publicó su libro, y en 1964, cuando fundó el centro de estudios de Birmingham, una cultura de la resistencia de la clase obrera, que describió como un compendio de actitudes que no se resignaban fácilmente a extinguirse. Y también E.P. Thompson trató en su libro de 1963 The making of the english working class de edificar una historia social desde abajo, poniendo en valor la considerada “baja cultura” frente a la predominante y muy ideologizada “cultura de masas”. Ese concepto al que Hoggart se refiere con frecuencia, el de las actitudes, resulta difícil de definir y se asienta en la propia experiencia del autor en su calidad de miembro de la clase obrera, lo que explica que el libro al que nos referimos contenga una dosis no pequeña de información autobiográfica.

“Mi argumento”, explica, “no es que hace una generación había en Inglaterra una cultura urbana ‘auténticamente popular’, que en la actualidad ha sido sustituida por una cultura urbana de masas, sino que los estímulos de quienes controlan los medios masivos de comunicación son ahora, por muchas razones, más insistentes, eficaces, globales y centralizados que antes; que estamos yendo hacia la creación de una cultura de masas; que los residuos de lo que era, por lo menos parcialmente, una cultura urbana popular, están siendo destruidos; y que la nueva cultura urbana de masas es en muchos aspectos menos sana que la cultura primitiva a la que intenta reemplazar”. Entre esas actitudes de la clase obrera que manifiestan cierta impermeabilidad ante la todopoderosa cultura de masas, el autor enumera de forma detallada algunos ejemplos: la composición de la familia obrera y su peculiar distribución de roles, el vecindario y el tipo de relaciones que fomenta o inhibe, las diversiones, la utilización de la ironía y el humor, el arte, y las definiciones que dicha clase tiene sobre sí misma y sobre “los otros”. Y añade: “Si bien es notorio que existe una influencia de la cultura masiva hacia la cultura popular, no es menos cierto que la clase obrera ha sabido conservar ciertas tradiciones, ritos, valores y creencias que aún la mantienen en parte alejada de las poderosas influencias de los productos de la industria cultural. Resulta interesante observar, entonces, en qué espacios y de qué modos estos sectores populares se resisten a ser consumidos totalmente por los efectos de la masificación cultural; cómo es que la clase obrera aún conserva algo de esa vieja resistencia interior”. Por último, una parte del libro está consagrada a los conflictos generacionales aparecidos en la clase obrera con motivo de la mayor exposición de los jóvenes a las pautas impuestas por la cultura de masas.

Richard Hoggart ha fallecido el pasado miércoles a la edad de noventa y cinco años.* Aunque hacía ya tiempo que estaba retirado, el peso de su obra escrita, y el legado que nos deja como fundador del centro de estudios de Birmingham y de los “estudios culturales”, han hecho de su muerte un acontecimiento de gran repercusión en Inglaterra y en América (incluyendo la América Latina), a diferencia de lo ocurrido en España, donde ha pasado totalmente inadvertida. Lo que no es de extrañar, pues de hecho si nos hemos referido aquí a uno solo de sus libros no es únicamente porque La cultura obrera en la sociedad de masas sea su obra más celebrada, sino también porque es la única de las suyas editada en castellano.** Los lectores en inglés interesados en su trabajo tienen a su disposición Richard Hoggart: Culture and critique (CCC Press, 2011), antología de textos de otros autores, algunos discípulos suyos, que se editó hace unos años en Nottingham, bajo la supervisión de Michael Bailey y Mary Eagleton. Dicho volumen, y el publicado en Argentina por la editorial Siglo XXI, constituyen una excelente aproximación al pensamiento de este hombre que en su autobiografía escribió: “Esto es un intento de dar, a una historia personal, un sentido más que personal”; y para quien la destrucción de la cultura obrera sería una de las causas, no la menor, de nuestro desvalimiento ante el poder.
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** De Richard Hoggart existe otro título en castellano, ahora descatalogado: Historia y cultura obrera, en una edición a cargo de Victoria Novelo en la colección Antologías Universitarias, Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social “La Casa Chata”, México D.F., 1999

martes, 8 de abril de 2014

LECTURA POSIBLE / 140

GAZIEL: DE PARÍS A MONASTIR. UNA CRÓNICA ESPAÑOLA DE LA GRAN GUERRA

El 28 de julio próximo se cumplirán cien años del inicio de la Gran Guerra, lo que ha servido de excusa para la edición en España de libros ambientados en aquellos acontecimientos que nunca antes habían sido traducidos, como por ejemplo el clásico antibelicista El miedo, de Gabriel Chevallier (Acantilado) y Guerra, de Ludwig Renn (Fórcola Ediciones). En Francia se ha editado 1914, Le destine du monde, del historiador Max Gallo; y en Inglaterra ha aparecido Catastrophe 1914, Europe goes to war, de Max Hastings, del que ya existe traducción española: 1914, el año de la catástrofe (Crítica). De la avalancha de títulos sobre la Primera Guerra Mundial publicados en estos meses sobresale entre nosotros una rareza, este De París a Monastir, volumen que ha editado Libros del Asteroide, el cual reúne los artículos que el periodista Agustí Calvet (“Gaziel”) escribió entre octubre y noviembre de 1915 y que fueron publicados entonces en La Vanguardia. Este libro es una insólita contribución al entendimiento de aquellos hechos, vistos por un estudiante catalán, ciudadano de un país neutral que se encontró en medio de los mismos casi sin quererlo.

Nacido en San Feliú de Guíxols en 1887, Agustí Calvet fue parte de ese movimiento nacionalista al que se llamó “Noucentisme” y que habría de tener un papel destacado en la renovación de la cultura catalana. Brazo político de esta corriente fue la Lliga Regionalista, en cuya publicación La Veu de Catalunya empezó a colaborar nuestro autor con poco más de veinte años. Más atraído por las letras que por la carrera de Derecho a la que le destinaba su padre, Calvet recibió una beca para ampliar sus estudios en París, en calidad de protegido y discípulo de Enric Prat de la Riba, en cuyo Institut d’Estudis Catalans había trabajado desde 1911.

La orden de movilización dictada por el gobierno francés el 1 de agosto de 1914 sorprende a Calvet en su pensión de la Rue Fustenberg, y desde ese mismo momento empieza a redactar en catalán un diario que no estaba destinado en absoluto a la publicación y que aspiraba a ser, a la vez que un ejercicio literario, una memoria personal de los primeros meses de la guerra. Sin embargo, regresado brevemente a Barcelona a instancias de su padre, estos textos caen en manos del bibliotecario del Ateneu, Miquel dels Sants Oliver, por cuyo intermedio empezarían a publicarse a principios de septiembre en La Vanguardia con el título de Diario de un estudiante en París. Dichos artículos, que han sido recopilados y publicados en forma de libro este año por la editorial Diëresis, aparecieron ya bajo el pseudónimo de Gaziel, que nuestro autor conservaría el resto de su vida.

La publicación por entregas del diario parisino de Gaziel fue todo un éxito. En un intento de explicar las razones del mismo, Dels Sants Oliver escribió que “el clásico corresponsal de guerra ha pasado a la historia. Ha surgido un nuevo tipo de cronista, el cronista espiritual de la guerra, que no actúa tanto sobre sus episodios concretos como sobre la repercusión social del conflicto, es decir, sobre el fondo humano en que se desenvuelve”. El artículo de La Vanguardia en el que Dels Sants Oliver hizo esta observación fue incluido como prólogo a los textos de Gaziel cuando aparecieron en forma de libro, que igualmente fue un éxito, alcanzando varias ediciones hasta 1916.

Concluida la publicación de las anotaciones parisinas en La Vanguardia, el periódico propuso a Gaziel una nueva tarea, esta vez en calidad de corresponsal de guerra. En aquellos meses el interés del frente francés había decaído, y en su lugar los rotativos se concentraban en la delicada situación política y diplomática de Grecia y en la invasión de Serbia por parte del Imperio Austro-Húngaro, al que se había aliado sorpresivamente Bulgaria. Así, el trayecto que se acordó para la corresponsalía de Gaziel incluyó Atenas y Salónica, teniendo por destino el último reducto que les quedaba a los serbios en desbandada: la ciudad de Monastir.

En octubre de 1915 Gaziel vuelve a encontrarse en París, en los inicios de una aventura que a este pacífico hombre de letras, doctor en filosofía, le llevará hasta la degollina que entonces, como tantas veces, se desarrollaba en los Balcanes. Mientras los artículos que redacta en hoteles y barcos se publican en La Vanguardia, nuestro autor realiza su particular viaje de iniciación a la guerra en tres partes: una primera a su paso por Italia y durante su navegación hasta El Pireo, formada por comentarios acerca del modo en que el conflicto afecta a las regiones y las gentes; una segunda ya en Grecia, referida a las cuestiones internas de esa nación que se debatía en una precaria neutralidad y a la que se añade una memorable descripción de la Salónica ocupada por los aliados; y la tercera: crónica emocionante y emocionada del viaje de Salónica a Monastir a través de las heladas cordilleras montañosas de Macedonia.

“Llamémosla inglesa, turca, serbia, italiana u holandesa, la turbamulta de los desheredados permanece siempre la misma, sumergida en la miseria, sujeta a todos los males y arrastrada, sin tener arte ni parte, a sufrir todas las calamidades de la vida”, escribe Gaziel en este viaje por el lado de atrás del decorado de la guerra, viaje novedoso entonces en el que los protagonistas no son los elegantes oficiales de los estados mayores de los ejércitos, sino las masas de hambrientos y desesperados que malviven en la retaguardia. Lo que suministra Gaziel en sus textos, lejos de ser los grandes hechos de la guerra y la descripción de sus héroes, son las miserias de ese lado de atrás del escenario. Por eso mismo, sus crónicas no pueden responder al modelo tradicional que sería propio de un reportero de guerra, y constituyen una narración más bien literaria y objetiva de lo visto y oído, así como de los sentimientos de solidaridad despertados en él. Una narración realista y objetiva, pues, hasta cierto punto, y que apenas disimula ni las simpatías franco-inglesas de su autor ni su desprecio de la guerra.

Sólo en Atenas el cronista observador que es Gaziel deja su sitio al periodista aficionado, y ello para dar un repaso a la política y la diplomacia griegas, divididas entre un rey abiertamente pro-germánico y un personaje público, en ese momento despojado de sus cargos pero que reunía la mayor parte de las simpatías de los griegos y del que muchos esperaban la proclamación de la república: Eleftherios Venizelos. Sucede que Grecia tenía un doble papel estratégico, en primer lugar como puerto indispensable para el control del Mediterráneo oriental, y en segundo, tras la entrada en la guerra de Bulgaria y la reactivación de los conflictos balcánicos, por su carácter de base militar desde la que acceder a Serbia. La fama y el prestigio de Venizelos obedecían a sus luchas con el Imperio Otomano y a la conquista de territorios arrebatados a éste. De hecho era un político de inspiración democrática y burguesa, para cuyos proyectos ulteriores de expansión griega contaba o creía contar con el auxilio de Francia. A tal fin, y también con el propósito de afianzar su posición política, Venizelos había solicitado y obtenido de los aliados la ocupación de Salónica, lo que en la práctica separaba a Grecia en dos territorios irreconciliables y, como llegó a decirse, en “una monarquía gobernada por un presidente de república”. Cuando Gaziel le entrevista, Venizelos ha sido destituido como primer ministro, lo que no impide que siga ostentando una gran influencia política, además de ser en Grecia el hombre de confianza de los aliados. También entrevistó Gaziel a un representante del gobierno provisional que había formado el rey Constantino, a fin de ilustrar a sus lectores con la opinión contraria.

De Atenas, Gaziel pasa a Salónica, lugar en el que se asentaba una antigua comunidad sefardí que en esos meses tenía que convivir con la dudosa marea humana que se había sentido llamada por la ocupación franco-inglesa. Junto a los soldados, y de ellos, espera vivir una masa mestiza de griegos, albaneses, turcos, búlgaros, serbios y macedonios. De manera insospechada, esquivando no se sabe cómo el bloqueo de la flota aliada que se encuentra en el puerto, accede a la ciudad un segundo ejército, el de las “aliadas”, otra mezcolanza internacional, ésta de mujeres, que confiaba en prestar sus servicios a la fuerza militar, contribuyendo a hacer de esta pequeña ciudad portuaria, que más tarde sería arrasada en la II Guerra Mundial, una nueva y pequeña Babilonia. Del desbarajuste y la picaresca resultantes son testimonio algunas de las mejores páginas redactadas por Gaziel en esta crónica de la trastienda de la guerra.

De la abigarrada Salónica el autor nos lleva a las ariscas soledades montañosas, pobladas por manadas de lobos y comitadjis búlgaros, de Macedonia. Este viaje en un estrambótico automóvil, propiedad en otro tiempo de un descendiente de Byron, conduce a nuestro autor al encuentro de los campesinos serbios que han sido desplazados de sus territorios y que ponen toda su esperanza en una salvadora intervención de las tropas aliadas. Ello da pie al autor a narrar una escena apocalíptica en una venta y a describir el desangramiento de Serbia, la cual ha sido olvidada por franceses e ingleses. Y azarosamente nuestro autor consigue llegar al término de su viaje, esa Monastir abandonada a cuyas puertas se encuentra la artillería enemiga.

El libro de Gaziel es sin duda la mayor aportación española a la literatura de la Gran Guerra, y sirve para iluminar abundantes hechos, sobre todo los de Salónica y la frontera serbia en noviembre de 1915, que sin él quedarían en la sombra. Es el libro de un amateur, y en eso reside su singularidad; pero es también el de un narrador que por la fuerza de las circunstancias se convirtió en periodista. Pues el éxito de sus crónicas hizo de él uno de los personajes más influyentes y señalados de la prensa española, representante de la opinión liberal y democrática desde las páginas de La Vanguardia, del que fue director entre 1920 y 1936. A la vuelta del exilio, se instaló en Madrid, donde dirigió la editorial Plus Ultra. La moderna recuperación de su obra ha puesto al conocimiento del lector la colección de artículos que componen sus Cuatro historias de la República, así como el volumen Tot s’ha perdut, que está considerado como uno de los libros más importantes escritos en catalán en el siglo XX. Buena introducción a esa obra que merecía ser rescatada son estos artículos, verdadera narración profundamente humana, a menudo épica, de los desastres y la aflicción de la guerra.

martes, 1 de abril de 2014

DISPARATES / 104


Algunos datos interesantes sobre Estados Unidos

SOBRE EL PODER Y LA IDEOLOGÍA, DE NOAM CHOMSKY. UNA VISIÓN CRÍTICA DE ESTADOS UNIDOS Y DEL NUEVO ORDEN GLOBAL

En diciembre de 1985 la respetable y conocida Unión Norteamericana de Libertades Civiles (ACLU, por sus siglas en inglés) presentó al gobierno del presidente Reagan una oferta de compra del Departamento de Justicia. Para entonces hacía tiempo que esta organización privada, dedicada a la beneficencia, había tenido que asumir tareas relativas al derecho al voto, los derechos de la mujer, de la infancia, de los discapacitados, y otros que simplemente el gobierno había rehusado desempeñar. La justificación de su ofrecimiento constaba en un escrito público, según el cual, dado que el gobierno “estaba privatizando y vendiendo cosas a la empresa privada, y puesto que de todos modos el Departamento de Justicia no hacía cumplir las leyes, ¿por qué no dejar que lo compremos nosotros, dado que somos los que estamos tratando de hacer que en Estados Unidos se cumpla la ley?” El ofrecimiento de ACLU no obtuvo respuesta, y tampoco se publicó en la prensa.

La política de austeridad a la que hoy están sometidos muchos países de América y de Europa no es cosa nueva y no tiene nada que ver con ese mediático producto que venden los gobiernos y los medios de comunicación y que llaman “crisis”. La austeridad en los gastos sociales ya se inició mucho antes, en los años ochenta, en época de la revolución conservadora de Ronald Reagan y Margaret Tatcher. De hecho los recortes de entonces han continuado durante las administraciones de los Bush, padre e hijo, y también con Obama. Lo que sucede es que, en cambio, no han disminuido los gastos en otros sectores que son competencia del Estado, por ejemplo el militar. En época de Reagan se pusieron en marcha la llamada “guerra de las galaxias” y el “escudo antimisiles”. Estos conceptos no son producto del capricho de un perturbado cowboy. Se trata de programas militares que involucran a diversos departamentos del gobierno de Estados Unidos, no sólo el de Defensa, sino también el de Energía, encargado de la fabricación de armas nucleares; y a la NASA, de cuyas investigaciones en el campo de la tecnología de vanguardia dependen los avances aplicables a distintos usos, por ejemplo los drones. De que lo proyectado por Reagan no ha caído en el olvido es buena muestra el despliegue realizado hace unas semanas en la base naval de Rota, convertida en avanzada de una futura guerra nuclear. A la vez, el hecho de que tales operaciones involucren a diversos departamentos del gobierno estadounidense, por no hablar de la infinidad de agencias a su servicio, hace imposible calcular con exactitud el gasto en defensa y seguridad de dicho gobierno. Todo ello mientras la población de Estados Unidos se empobrece, y mientras la deuda nacional de ese país asciende hasta los dieciséis billones de dólares, más de cuarenta mil euros por habitante.*

El Departamento de Defensa radicado en el Pentágono es en realidad, según Noam Chomsky, “un mercado con la garantía del Estado, y el fruto de la lección de los principios económicos de Keynes: la intervención masiva del Estado puede superar la crisis profunda del capitalismo”. Además, “el papel del Pentágono en el desarrollo de nuevas tecnologías que hoy son de uso cotidiano implica gigantescas inversiones públicas (como parte del gasto militar) que producen igualmente gigantescas ganancias privadas”. En la práctica, y prescindiendo de su retórica neoliberal, afirma Chomsky, “el gobierno de Reagan se caracterizó por un keynesianismo fanático, el cual, a través del gasto militar, expandió el sector estatal de la economía más rápidamente que cualquier otro gobierno desde la Segunda Guerra Mundial (…), ocasionando con ello un déficit enorme que no preocupa en absoluto a los planificadores, pero sí a otros sectores corporativos y financieros que no comparten la mentalidad de después de mí, el diluvio”.

Es posible que al agudo observador no le pase inadvertido el detalle de que proyectos como el de “la guerra de las galaxias” y el “escudo antimisiles”, que fueron concebidos, según Reagan, por la existencia de una “ventana de vulnerabilidad” que exponía a Estados Unidos y a Europa a un inminente ataque nuclear de la Unión Soviética, siguen en marcha hoy, más de veinte años después de la desaparición de esa grave amenaza para la seguridad occidental. Ciertamente, la continuación de estos enormes desembolsos y del peligroso despliegue de armas nucleares no puede ser entendida en términos de seguridad después del fin de la guerra fría. Pero es que, como afirma Chomsky, el objetivo de tales programas, y otros semejantes, “no ha sido nunca la seguridad, sino el fortalecimiento de una industria militar que debe servir para impulsar al sector privado de la economía estadounidense y para mantener y extender su control sobre el enemigo principal, la población nativa que a menudo codicia lo que George Kennan, el inspirador de la Doctrina Truman y el Plan Marshall, llamó ‘nuestros recursos’, casualmente situados en sus tierras”. A ese control de los recursos globales y al derecho que los dirigentes de Estados Unidos creen tener sobre ellos se refiere Chomsky con las palabras “la quinta libertad”, en referencia a la declaración del presidente Roosevelt cuando formuló los objetivos de guerra de los aliados durante la Segunda Guerra Mundial: libertad de palabra, libertad de culto, liberación de la miseria y liberación del miedo. Enunciados propagandísticos a los que Chomsky añade un quinto: la libertad de “robar y saquear”.

Para la consecución de este último objetivo Estados Unidos se ha servido históricamente de dos medios: la violencia y la ideología. La combinación del recurso a la fuerza y la abrumadora capacidad de los dirigentes de Estados Unidos para imponer su discurso al resto del mundo “ha sido constante en la política de Washington, los rasgos de cuya acción en el exterior, persistentes y frecuentemente invariables, están muy arraigados en sus instituciones y en la distribución del poder en su sociedad”. Esas constantes de la política exterior de Estados Unidos reflejan “juicios tácticos y cálculos prácticos”, los cuales tienen su sede en el Pentágono y no son puestos en duda por los disciplinados medios de comunicación norteamericanos.

En términos políticos y económicos, la voluntad de Washington con respecto al resto del mundo se define bajo la fórmula de “sociedades abiertas”, lo que quiere decir abiertas a inversiones lucrativas, a la expansión de los mercados, a la penetración económica y al control político de Estados Unidos. “Preferentemente, dichas sociedades deben exhibir formas de democracia parlamentaria, pero éstas sólo son tolerables cuando las instituciones se mantienen firmemente en manos de grupos elitistas dispuestos a actuar de común acuerdo con los dueños y dirigentes de la sociedad estadounidense”. Cuando el control ejercido por la ideología falla, se recurre a la violencia, y esto último en diversos grados, desde el vandalismo, el terrorismo y el golpe de estado hasta la invasión directa. Chomsky cita diversos ejemplos de lo anterior, entre ellos las atrocidades cometidas en Centroamérica y el Caribe por los gobiernos amigos de Estados Unidos, como el de Trujillo en República Dominicana; los de los Duvalier, Papa Doc y Baby Doc, en Haití; las dictaduras en El Salvador y Guatemala; la “contra” nicaragüense y otros. De hecho, “en su uso real, el término ‘democracia’ en la retórica estadounidense se refiere a un sistema en el que algunos elementos privilegiados controlan el Estado”, sistema que, en situaciones de “crisis de la democracia”, es decir, cuando se forma o existe el peligro de que se forme un gobierno con base popular y con verdaderas aspiraciones democráticas, se convierte en inservible, dando paso a la acción de los “amigos interiores”, desestabilizadores y terroristas, o bien, cuando es necesario, a la intervención exterior.**

“Rara vez la cobardía y la hipocresía”, resume Chomsky, “han sido tan explícitas”. De hecho, tales rasgos vuelven a ser visibles hoy, mientras asistimos a un cambio en el orden mundial, o mejor dicho: a varios cambios simultáneos que Estados Unidos trata desesperadamente de encauzar en beneficio de su propia posición predominante. Pues sucede que su crisis capitalista interna exacerba la asociación entre la industria armamentista y la penetración de su discurso, entre poder e ideología. A tales fines sirven tanto sus fuerzas armadas y las de sus aliados como “la construcción de un sistema ideológico capaz de asegurar que la población global se mantenga pasiva, ignorante y apática, ejerciendo su control sobre el ‘proceso democrático’ por las élites a través del poder político, los medios de comunicación y el sistema educativo”.

En 1986, cuando Chomsky redactó los textos que aquí comentamos, el presidente Reagan había refrendado el estado de emergencia nacional dictado el año anterior “por la amenaza que para la seguridad de Estados Unidos suponía el gobierno de Nicaragua”. Un gobierno, dicho sea de paso, que había logrado grandes avances en su lucha contra la pobreza y el analfabetismo, según diversas instituciones, y que en consecuencia se había convertido en lo que la organización internacional Oxfam llamó “la amenaza del buen ejemplo”. En esas mismas fechas, a fin de combatir a esa “manzana podrida”, y mientras muchos gobiernos amigos de Estados Unidos ejercían la barbarie sobre sus poblaciones, el informe del Departamento de Estado sobre derechos humanos en el continente dedicaba más de la mitad de sus páginas a “las violaciones de los derechos humanos” en la Nicaragua sandinista, violaciones que una a una fueron denunciadas por la organización independiente Americas Watch como “puras invenciones”.

Al examen de estas cuestiones, del papel de la guerra en la economía mundial, y del lugar ocupado en ella por Estados Unidos, están dedicadas las páginas de Sobre el poder y la ideología, el último libro de Chomsky publicado en España (Antonio Machado Libros, 2013), el cual reúne cinco conferencias pronunciadas por el autor en Managua en 1986, y que ya fueron publicadas en su día por Visor en su colección “Lingüística y conocimiento”.

Por una parte, quien es lector de Chomsky no ignora que los textos que comentamos, pese a datar ya de casi treinta años atrás, contienen dosis difíciles de asimilar (lo mismo por su precisión que por su crudeza) de una clarividente descripción del funcionamiento global de la economía y la política, lo que hace que sus textos mantengan una prolongada vigencia; por otra, el lector no habituado a las obras de Chomsky podría sentir desconfianza ante la solemnidad del título del volumen que comentamos, compuesto al fin y al cabo por una serie de modestas conferencias pronunciadas hace décadas, lo que no impedirá que tras la lectura del mismo pueda advertirse que el título en realidad se queda corto, pues, en sus menos de doscientas páginas, no es sólo un compendio del saber de su autor acerca del poder y la ideología, que es mucho, sino también sobre la historia contemporánea y los conflictos geoestratégicos presentes y futuros. Por algo estas Conferencias de Managua son hoy ya todo un clásico de la literatura crítica de nuestro tiempo.

Frente al designio del poder que “ejerce abiertamente el terrorismo”, Noam Chomsky apela “al valor ético de las acciones de cada uno”, y a la deseable propagación de la conciencia de que lo aquí comentado no es producto de que “estemos gobernados por bandidos, ya que es posible que las cosas no cambiaran mucho si los dirigentes actuales fueran reemplazados por ‘gente mejor’. Las razones son institucionales: debemos afrontar los problemas sin ilusiones, entendiendo las realidades sociales. Lo que tiene que hacerse es cambiar las instituciones. Es una tarea enorme”.
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* En 2003, la deuda pública por habitante ascendía en España a 9.022 euros, habiendo aumentado el año pasado hasta 20.383, después de que el Estado se hiciera cargo de la deuda privada de los bancos y otras entidades financieras. Por otro lado, el mayor poseedor en la actualidad de deuda pública de Estados Unidos en el extranjero es China, que ha pasado de tener un cuarto de billón de dólares en 2005 a los casi 600.000 millones que posee en la actualidad. Este incremento se debe en parte al deterioro de la economía japonesa, que hasta no hace mucho era la mayor poseedora de dólares fuera de Estados Unidos. Japón ha pasado de tener 700.000 millones de dólares en agosto de 2004 a los 570.000 que posee ahora. Fuentes: datosmacro.com y lacartadelabolsa.com

** Sobre el “matrimonio mixto” entre la Seguridad Nacional y los intereses de las grandes corporaciones, véase el artículo acerca del caso de Ucrania de J.P. Sottile: Ucrania, Chevron y Condi Rice... Atando cabos.