martes, 10 de febrero de 2015

DISPARATES / 125

EL CURA Y LOS MANDARINES, DE GREGORIO MORÁN

¿Cuáles son los antecedentes próximos del esperpento nacional? ¿Quiénes eran y qué méritos poseían los mandamases de nuestro turbio pasado? ¿Cómo treparon hasta las altas instancias del poder y de qué relaciones se sirvieron? ¿Cuál ha sido su legado? Responder a estas preguntas es algo que no han hecho ni ellos ni sus hijos. Sucede que si hay un consenso español del que proceden todos los demás y que ha regido nuestros destinos en los últimos cuarenta años, con los resultados que están a la vista, es el de que más vale guardar celosamente los secretos de familia, callar la manera en que nuestros grandes han llegado a serlo, ya que tal cosa dejaría al aire sus vergüenzas. Dar al público esa información requería de una voluntad tenaz, de audacia, de una no pequeña dosis de escepticismo crítico, de un saber enciclopédico en la materia, de abundante paciencia y de un humor a medio camino entre los de Luis García Berlanga y José Luis Cuerda. A lo que habría que añadir un rasgo más que no suele estar al alcance de muchos: el de la posesión de una sensibilidad curiosa, abierta y un poco estrambótica para la escucha y la lectura de los testimonios directos, expresados a veces entre líneas y siempre sibilinamente para los oídos no iniciados. Habíamos olvidado, por costumbre, la necesidad de conocer esta intrahistoria o pequeña historia mundana que por elemental prudencia académica no tiene lugar en los manuales. Y ahora que por fin disponemos de ella comprendemos que nos era imprescindible.

Los lectores con una edad superior al medio siglo pasarán por las páginas de este libro, o habrán pasado ya, porque cuenta con varias ediciones, con las mismas abnegada minuciosidad y la sonrisa (a veces trocada en indignación) con las que su autor lo ha escrito. Los jóvenes, de momento, no entenderán nada. Cuarenta años de pactado silencio educativo, a los que hay que añadir los cuarenta de silencio a secas anteriores, obran maravillas. Creerán estos jóvenes hallarse ante un libro de ficción, una novela que acaba resultando inverosímil por exceso de fantasía de su autor. La información contenida aquí les resultará a ellos de difícil acceso a causa de esa ruptura generacional que de hecho, a falta de otras, ya se ha producido, una información que si llega tan tardíamente es por culpa nuestra, y que había estado a punto de caer totalmente en el olvido. Y sin embargo El cura y los mandarines llega justo a tiempo.

El libro trata de una anomalía, la española. En cualquier país europeo los personajes descritos aquí tienen sus equivalentes en otros que florecieron en los años treinta o cuarenta del siglo pasado. Los  nuestros llegan hasta hace muy poco o hasta ahora mismo. Las insignias, los uniformes, los sables, los carnets del partido, las condecoraciones que en Alemania, Austria, Italia y Hungría, todo aquello que los supervivientes quemaron en 1945 para convertirse en demócratas de los pies a la cabeza, adaptarse al futuro y perpetuar el poco o mucho poder que les quedaba, todo eso, como parte de la cuestionable historia familiar, se guarda con esmero todavía hoy en los armarios de algunas casas españolas (casas bien, se entiende): la camisa azul, la boina roja de requeté con su borla amarilla, los pantalones breeches y las botas altas. El ajuar completo convive en amistosa vecindad con los trajes de primera comunión. Precisamente a los jóvenes les convendría acercarse a este libro, crónica realista y cuidadosamente documentada de una España tan infame como ridícula.

El telón de fondo es el de la postguerra y sus penurias asociadas: penuria material, moral, del pensamiento. Por delante de ese telón desfila el coro, una corte de los milagros compuesta por acaparadores de filosofía tomista, canónigos encargados de la censura de libros, caballeros mutilados que llegan a gobernadores civiles, plumíferos marrulleros, jesuitas con cilicio, generales africanistas, ex curas huidos, agentes de la CIA, ministros del Opus, y mas ex curas reconvertidos a la lucha armada. Todos porfían en este apolillado teatro de variedades, este anacronismo de la Historia perpetuado hasta el último tercio del siglo XX, al que cabe añadir a modo de corolario a sus hijos, biológicos y espirituales, aquellos que después serían los padres de la “transición”.

Algunos de estos todavía alientan y siguen teniendo mando en plaza: Juan Luis Cebrián, Luis María Ansón. Ellos mismos, por cierto, disfrutan desde hace tiempo de hijos, sobrinos e incluso nietos espirituales, más decididos que nunca a arrimar el hombro para que continúe el cotarro. Más decididos porque se ven en peligro. Otros ya hicieron su tránsito a un mundo mejor: Pío Cabanillas, Jesús Polanco, Javier Pradera. Todos están en este libro con sus nombres y apellidos, vida y milagros, porque El cura y los mandarines es aquí y entre nosotros lo que para el Reader’s Digest era su Who is who?, o para las casas principescas de Europa el Almanaque de Gotha, ese mismo, por cierto, que desapareció tras la caída de todos los fascismos (menos uno) y que volvió a ser reflotado a finales del siglo pasado por Juan Carlos I.

Del fondo de aquel abigarrado escenario de la larga postguerra surgieron algunos personajes a los que no unía la liberalidad ni tampoco el liberalismo, pero sí la “angustia cultural, ansiedad humana, soledad espantosa de jóvenes con ambición y ningún horizonte que no fuera la aspiración a una inteligencia superior”. Ya hemos citado a algunos de fuste, hijos brillantes, mandarines a los que correspondió dar el último toque a la “transición”, aquél que no podía dar el franquismo tras su naufragio. En el centro de todos ellos nuestro autor no pone a ninguno de los más exhibidos en el período en cuestión, sino a uno de esos ex curas al que todo el mundo creía de Santander, aunque nació en Madrid, un joven llamado Jesús Aguirre, el cual dijo su primera misa en la parroquia de la Ciudad Universitaria y con el tiempo llegaría a ser el duque de Alba, lo que en España es casi tanto como el rey, o más.

Portada de la edición que Crítica
(Planeta) no llegó a publicar
En el cuadro de aquellos jóvenes con pretensiones ahogados por las taras del régimen Jesús Aguirre no figuraba, en principio, entre los llamados a prosperar. Hijo de madre soltera que tuvo que irse de Santander para dar a luz en la capital, nada en sus inicios anunciaba una carrera que iba a ser tan lenta y segura como fulgurante. Su primera aparición en escena tuvo lugar en Munich en 1962, en aquellas dos jornadas de junio a las que un oscuro funcionario del Ministerio de Información calificó con inesperado éxito de “contubernio”. Aquel proyecto de europeización de España, auspiciado por ex falangistas devenidos en demócrata-cristianos, militantes del PSOE y monárquicos, o lo que es lo mismo: la totalidad de lo que se consideraba entre gentes de orden “la oposición antifranquista”, fue financiado por la CIA y constituyó el único y muy tímido intento emprendido por Estados Unidos de convertir a España en un país presentable. Intento fallido que se frustró a causa de la respuesta intempestiva del régimen, el cual movilizó a todo su aparato de propaganda para sacar a los españoles a la calle. Era Europa la que debía españolizarse, y si los implicados pudieron extraer de aquellos hechos alguna conclusión esta es la de que “cualquiera que fuese el grado de debilidad del régimen, el mismo se sustentaba en la brutalidad de sus reacciones, que le daban seguridad y cohesión”. Resultado de ello fue la suspensión del derecho de libre residencia, y el destierro de muchos de los participantes en el contubernio a la isla de Fuerteventura, o directamente al exilio. Para la mayoría (José María Gil Robles, Dionisio Ridruejo, etc.) terminó allí su carrera pública. No así para Jesús Aguirre, que tuvo el acierto de mantenerse en Munich en un discreto segundo plano. Esa mezcla de astucia y modestia, muy propia de los miembros de esa generación que sí habrían de hacer carrera, sobre todo tras la muerte del Caudillo, sería un rasgo característico del personaje y la razón principal de su éxito.

Aquella España que debía conquistar espiritualmente a Europa es la misma en la que se realizó un Congreso de Moralidad en Playas y Piscinas en cuya segunda resolución se leía: “Supuesto que creemos que España es la esperanza de la salvación del mundo, no debe consentirse claudicación alguna en este orden de la moral, fundamento y esencia de nuestra Patria”. De lo que puede deducirse fácilmente el peso de España en la comunidad internacional de la época, al menos en lo relativo a las playas y las piscinas. Y no obstante, pese a esa capacidad del régimen para cerrar filas cuando se sentía amenazado, abundaron ya entonces los signos de que su hegemonía estaba en entredicho. Por una parte con motivo de las huelgas de los mineros asturianos, las cuales se extendieron al País Vasco y dieron lugar a uno de los estados de excepción que jalonaron el franquismo, y por otra porque los descontentos de Munich ensayaron otros cauces por los que aventurarse, si era posible, con menor riesgo. De ahí procede el conflicto entre los nacional-católicos y un “cristianismo vanguardista” que iba a tener entre sus hijos espurios al “Felipe”, el Frente de Liberación Popular que se fundó, igual que ETA, en un convento. Otros optaron por una especie de oposición más pacífica, en el ámbito de la cultura, que no tardó en ser absorbida en su mayor parte por el discurso oficial. En ese quebradizo engranaje desempeñaría un papel protagonista Jesús Aguirre desde su puesto de director de la editorial Taurus.

El cura y los mandarines, de hecho, estudia las muy enjundiosas relaciones entre la cultura y la política en una España que en la “transición”, y después de ella, iba a estar muy necesitada de grandes grupos editoriales y de comunicación que fueran tan dóciles ante el poder político y económico como eficaces en la tarea de establecer el mito fundacional de la democracia, operación publicitaria que requería expertos mandarines, autores agradecidos y editores espabilados. Y ahí estuvo siempre discretamente el duque consorte Jesús Aguirre, elevado desde su primeriza parroquia hasta la más encumbrada de las noblezas por voluntad de la única señora de nuestra aristocracia “que siempre hizo lo que le dio la gana”.

El libro, pese a la admirable perseverancia de su autor, no estaba concluido cuando, el año pasado, lo ofreció a la editorial Planeta para su publicación. Le faltaba el último capítulo, que debía ser escrito por dicha institución planetaria cuyo presidente, otro mandarín, nos ha dejado hace unos días. El amargo e ilustrativo episodio de la censura del libro por Planeta ha sido ampliamente comentado y no es preciso referirse a él. Quede este último capítulo como muestra elocuente del estado en que se halla hoy este intrincado bosque de los letrados.

Ha escrito Juan Carlos Monedero en alguna ocasión que si algo debe reprochar su generación a la anterior es la dificultad para encontrar en ésta algo parecido a “maestros”. El libro de Gregorio Morán explica con suficiencia los motivos de tal desamparo generacional, arraigado en una tradición de incuria, de ineptitud, de oportunismo y de miserables componendas, todo ello puesto bajo el lema de “bien está lo que bien acaba”. Un dicho que algunos, especialmente entre los miembros de la generación de Monedero, empiezan ahora a cuestionar en la creencia de que España tiene arreglo.

viernes, 6 de febrero de 2015

DISPARATES / 124

La agrupación de “Les Économistes atterrés”, de la que ya hablamos aquí hace unos días a propósito de su último libro, publicó ayer el siguiente comunicado acerca de las últimas decisiones del Banco Central Europeo con respecto a Grecia.

EL BCE INTENTA UN GOLPE DE ESTADO EN GRECIA

Les Économistes atterrés*

Los “Économistes aterrés” denuncian la decisión del BCE que viola la democracia y reniega de sus propios compromisos a efectos de evitar la deflación y a fin de salvar la zona euro, poniéndose al servicio de las fuerzas políticas reaccionarias que prosperan en el fondo de la crisis. Igualmente hacen un llamamiento a todos los demócratas para oponerse a esta decisión inicua del BCE. La elección del pueblo griego debe respetarse.

El espejismo de un Banco Central Europeo favorable a una flexibilización monetaria para sacar a la zona euro de la deflación ha durado sólo dos semanas. El miércoles el BCE decidió unilateralmente no aceptar los títulos del Estado griego en contrapartida a la liquidez concedida a los bancos, en particular a los bancos griegos. De este modo Mario Draghi pone en peligro a la zona euro, rompiendo su compromiso de “hacer todo lo posible” para preservar la moneda europea.

Los bancos griegos que continúan comprando obligaciones del Estado no podrán ya utilizarlas para refinanciarse por medio del BCE. Podrán ciertamente utilizar otros instrumentos: los títulos privados. Pero estos corren el peligro de escasear, y sobre todo el Estado griego tendrá cada vez más dificultades para proveerse de fondos que le permitan salir de la tenaza de la Troika. Esta es la sanción que el BCE inflige al nuevo gobierno griego por haber tenido la audacia de pretender poner fin a la sangría que sufre su pueblo.

Esta decisión irresponsable, dogmática y punitiva, adoptada por razones políticas por tecnócratas no electos, viene a desestabilizar el sistema bancario griego y el de la zona euro. Ello entra en contradicción flagrante con el artículo 127 del TFUE (Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea), que indica que “sin perjuicio del objetivo de estabilizar los precios, el SEBC (Sistema Europeo de Bancos Centrales) apoya las políticas económicas generales de la Unión, con vistas a contribuir a la realización de los objetivos de la misma, como los definidos en el artículo 3 del Tratado de la Unión Europea”. Y el artículo 3 del Tratado señala que la Unión Europea “trabaja para un desarrollo sostenible de Europa fundado sobre un crecimiento económico equilibrado tendente al pleno empleo y al progreso social”.

La decisión del BCE va a agravar las dificultades de elaboración y puesta en marcha de una política alternativa que permita salir de la crisis. Al interrumpir en Grecia el flujo de moneda reconocida en toda la zona euro, sembrará el pánico en toda la población griega, con plena conciencia de que los bancos se encontrarán en graves dificultades para satisfacer la demanda. ¿Se ha determinado el BCE a suscitar un pánico bancario?

El riesgo es claramente el de un caos económico y social, pero también político. Antes incluso de que se abran las negociaciones con el nuevo gobierno griego, el BCE envía una señal a todos los países miembros de la zona euro: la democracia no cuenta. Los griegos pueden votar, pero su voto es nulo y sin efecto. Cualquier nuevo gobierno está limitado por los compromisos contraídos por el anterior. Ya sabíamos que las instituciones europeas no hacen caso de la opinión popular en lo relativo a la concepción de las políticas que deben aplicarse: es lo que experimentamos ahora con la puesta en práctica de estas políticas.

Este acto de fuerza del BCE va a volverse contra el conjunto de los pueblos europeos. Negarse a poner en duda las políticas de austeridad es condenar a la mayor parte de los países de la UE a la ruina. Este absurdo aqueja hasta a los países en apariencia prósperos como Alemania. Ésta, en efecto, no podrá vivir eternamente del déficit de otros.
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martes, 3 de febrero de 2015

LECTURA POSIBLE / 173

KLAUS MANN, DE AMÉRICA A ALEMANIA

En el verano de 1941 el exiliado Klaus Mann se encontraba en Nueva York trabajando en el número de septiembre de su revista Decision, que había fundado en los inicios de ese año. Este hombre nacido alemán, de vocación europea y amante de París, que había sido privado de su nacionalidad y que había asistido impotente, desde la otra orilla del Atlántico, a la ocupación de Francia, aspiraba por medio de su revista a integrarse en la sociedad intelectual norteamericana y a hacer presión para que su país de acogida entrase en la guerra como parte de una alianza antifascista que debía unir a las democracias occidentales con la Unión Soviética. Pero Norteamérica es aislacionista, y las noticias que llegan desde Europa no son tranquilizadoras. Su familia, con su padre a la cabeza, se encuentra en California; la revista, en contra de lo esperado, le da más disgustos que satisfacciones; sus esfuerzos por adoptar el inglés como lengua de escritura le resultan penosos; y Klaus se siente solo en esa isla de Manhattan que en los fines de semana de agosto es abandonada por sus habitantes. Entonces escribe: “Nueva York abrasa. Nueva York transpira. Nueva York chorrea y exhala vapor, Nueva York apesta, Nueva York gime, Nueva York se desintegra, el asfalto neoyorkino ya está completamente reblandecido, una masa viscosa. El calor, que parece infernal de día, se vuelve aún peor de noche. No refresca. No hay brisa del mar. Sólo el aliento tórrido de los rascacielos en cuyos muros empinados parece acumularse todo el fuego del día como en hornos gigantescos”.

La revista Decision era, o debía ser, la gran obra de Klaus Mann en América. Nacida bajo buenos augurios, no eran colaboradores de prestigio lo que le faltaban. “Ahora va de veras”, escribe. “He contratado a una secretaria y también a un business manager. Tenemos una oficina, una cuenta corriente y papel de cartas muy bonito. Ya existe incluso una especie de sociedad anónima: Decision Incorporated”. Para su consejo de redacción cuenta con Upton Sinclair, W.H. Auden, Edvard Beneš (presidente en el exilio de la ahora ocupada Checoslovaquia), Julien Green, Robert E. Sherwood y Stefan Zweig; y el primer número incluía artículos de otros autores no menos rutilantes, entre ellos uno de Somerset Maughan.

La vida social que envuelve al lanzamiento de la revista permite a Mann establecer nuevos y prometedores contactos, o bien reanudar otros, como por ejemplo con el ex ministro de la República española Julio Álvarez del Vayo, al que conoció en Barcelona. Pero Decision subsiste con dificultad a causa del reducido número de suscriptores, y de los posibles mecenas a los que acude Mann recibe buenas palabras, pero no dinero. Los norteamericanos contemplan la guerra europea como un acontecimiento lejano, más preocupados como están por la expansión japonesa en el Pacífico; y el “New Deal”, agotado hace tiempo, ya sólo despierta el entusiasmo de los emigrados, entre ellos el del propio Mann. La guerra hace prosperar la economía, siempre que aquélla se mantenga a distancia, de manera que difícilmente el mensaje de Decision podía ir dirigido a oídos más sordos. La revista no tardará en perecer, lo que para Klaus Mann significará un revés triple: literario, social y político.

En el número aludido de septiembre de 1941 la revista incluía, junto a otros de E.M. Forster y Dylan Thomas, un artículo que resulta ser muy elocuente (aunque en modo negativo) acerca de las intenciones de Mann y de la naturaleza del círculo de intelectuales que frecuentó en Nueva York. Post-War Apocalypse, en efecto, predice un mundo de postguerra caótico, agitado y trágicamente desunido. Su autor, Henry G. Alsberg, había sido editor de la publicación socialista The Nation, y en 1938 tuvo que testificar ante un comité del Congreso que investigaba las supuestas actividades antiamericanas del Federal Writer’s Project, un órgano gubernamental creado por el presidente Roosevelt en los años de la Depresión. Alsberg, que era periodista y productor teatral, convirtió a la organización en un vehículo para el fomento de la conciencia social, de lo que fue producto la Slave Narrative Collection, una recopilación de relatos de los esclavos americanos que llegó a alcanzar las diez mil páginas, y de los que muchos sólo pudieron empezar a publicarse en la década de los setenta. En su artículo para Decision, Alsberg escribe a partir de su propia experiencia y del conocimiento que posee de primera mano acerca del auge en Estados Unidos de un movimiento conservador nacido a la sombra del anticomunismo. El apocalipsis postbélico anunciado por Alsberg no iba a alejarse mucho de lo que vendría después, ni podía desmentir más crudamente el ingenuo optimismo con el que Mann desembarcó en América. “La perspectiva es oscura, lo mires como lo mires”, escribió.

Tras el fracaso de Decision Klaus Mann inicia la redacción de sus memorias, que escribirá inicialmente en inglés. Estas memorias, con el título de The turning point, se publicaron en Estados Unidos en 1942, y más tarde, ampliamente reelaboradas y traducidas por su autor al alemán, con el de Der Wendepunkt (Cambio de rumbo. Crónica de una vida, Alba, 2007). En realidad, con esta obra el episodio del exilio americano de Mann se da por concluido, y durante los meses siguientes todo su interés lo concentrará en las gestiones necesarias para su alistamiento en el ejército, el cual iba a requerir un complicado proceso de naturalización.

Tras un período de adiestramiento militar en diversos campamentos de Arkansas y Maryland, el ciudadano americano y soldado voluntario Klaus Mann es enviado a Europa para proseguir por otros medios su particular lucha contra el fascismo. No es posible, por cierto, imaginar a un hombre menos dotado para la milicia, pacífico y pacifista, hijo del “último novelista burgués”, como definió Lukács al autor de Muerte en Venecia; un joven mimado por la fortuna que dio con su hermana Erika la vuelta al mundo y vivió con frenesí los locos años veinte; que siempre encontraba la forma de dar un sablazo a alguien y que en una ocasión, también con su hermana, tras probar por primera vez el hachís, acabó su aventura en un hospital.

Sin embargo, el ejército americano fue piadoso con Klaus Mann. Inmediatamente pasó a ser redactor de la revista del ejército, Stars and Stripes, y sus acciones de guerra se redujeron a contraer la malaria y a dirigir discursos, por medio de un altavoz, a los soldados alemanes del frente, ambas cosas en Italia. De las memorias aludidas más arriba pueden expurgarse algunos fragmentos que nos dan idea del estado de ánimo de Klaus en estos tiempos: “Creí cumplir con mis obligaciones como joven intelectual europeo”, escribe. “Un ‘joven intelectual europeo’. La fórmula se convirtió para mí en una especie de programa. Subrayar ‘lo europeo’ significaba una protesta contra el nacionalismo a la moda, mientras que el concepto de ‘intelectual’ estaba dirigido contra el romanticismo irracional de los alemanes reaccionarios”. En otro lugar escribe: “Se trata aquí de describir el carácter de la emigración, una emigración que no era una comunidad. No podía serlo: le faltaban los objetivos comunes, un programa, una representación”. Y: “¿Surgirá de esta guerra un mundo en el que seres como yo puedan vivir y trabajar? El exilio es amargo, pero más amarga es la vuelta a casa”.

La vuelta a casa. En medio de estas reflexiones, hay una imagen que vuelve ahora a la mente de Klaus Mann, un recuerdo: el de un día en el que partió para hacer uno de sus primeros viajes. Al bajar las escaleras de la casa paterna, en Munich, en la Poschingerstrasse, alza la mirada hacia una ventana y ve allí a su padre, vestido con un albornoz (nunca lo había visto con un atuendo tan informal), y ese hombre venerado y distante, ese Thomas Mann que proyecta una enorme sombra literaria, casi desconocido para su hijo, le dirige un saludo con la mano y le dice: “Si te sientes mal, vuelve a casa”.

Y verdaderamente, en mayo de 1945, Klaus vuelve a casa, a la Poschingerstrasse. La encuentra en ruinas. Al levantar la mirada hacia lo que era su cuarto advierte en el balcón la presencia de una joven. Intenta subir, pero no hay escalera. La desconfiada joven da al soldado americano unas indicaciones para trepar hasta el piso de arriba. Se trata de una vagabunda que aprovechando el buen tiempo ha instalado allí un colchón y una caja que hace la función de mesita de noche. Sin revelar su identidad, Klaus conversa con la chica, que le informa de lo que ha sido la casa durante los últimos años: una “Fuente de la Vida”. Y ante la incomprensión del soldado, ella le explica que allí las chicas de sangre pura, cuyas medidas corporales se ajustaban al tipo decretado por el gobierno, se apareaban con chicos igualmente puros en beneficio del progreso de la raza. Los frutos de esas relaciones se criaban allí mismo, en habitaciones que habían sido acondicionadas también con arreglo a un reglamento. Esa noche Klaus pudo alojarse en una casa vecina. El actual propietario, un desconocido, le recibió en bata y le dijo: “¡Soy demócrata de los pies a la cabeza! Por deferencia a mi mujer, que tiene una cuñada no aria. Todos tenemos un espíritu muy internacional en la familia, de joven sabía hablar inglés…”

En pocas horas Klaus Mann comprendió que en Alemania había mucho que hacer. Que no se le permitiera hacerlo es otra historia. A ella, y a su suicidio en Cannes, se refirió Frido Mann, sobrino de Klaus nacido en Estados Unidos y que siendo niño se trasladó a Europa. Frido estudió filosofía y teología católica en la Universidad de Munich, y psicología en la de Münster. Trabajó en un hospital psiquiátrico y su vida académica se desarrolló entre la Alemania Occidental y la Oriental, habiendo sido catedrático en la Universidad de Leipzig. Frido hizo un interesante análisis psicológico de la obra de su tío, manifestando el desarraigo continuo en el que tuvo que desenvolverse, así como el “infierno” que era aquella familia de los Mann. Hace años, con motivo de la presentación en Barcelona del libro de Marianne Krüll La familia Mann (Edhasa, 1992, ahora descatalogado), Frido explicó que era un clan lleno de tensiones y rivalidades, lo que explicaría en parte los muchos suicidios que hubo entre ellos, y que “era terrible la forma en que Thomas Mann y su esposa Katia trataron a sus hijos… Si la autora del libro La familia Mann hubiera vivido tan solo un año con ellos, habría renunciado a escribirlo”.* Frido Mann aludió en su análisis al silenciamiento del que su tío fue víctima en la Alemania Occidental durante la postguerra, hasta el punto de que su novela Mephisto fue prohibida. Igualmente se refirió a la amplitud de sus ideas políticas y a la comprensión que manifestaba hacia las purgas realizadas por Stalin en el Partido y en el Ejército Rojo, “sin las cuales nunca se habría podido derrotar a Hitler”. Del mismo modo Klaus admitió la necesidad del pacto germano-soviético, producto de la traición de las democracias occidentales a la Unión Soviética. También en la revista Stars and Stripes escribió un artículo en el que manifestaba su perplejidad hacia el hecho de que Estados Unidos no hubiera derrocado todavía al único gobierno fascista que quedaba en Europa: el del general Franco. “La alianza entre Este y Oeste”, escribió Klaus poco antes de su muerte, “entre socialismo y democracia, aún sigue en pie y puede ser duradera. De la fraternidad en las armas impuesta por Adolf Hitler a los dos grandes rivales y antagonistas, rusos y anglosajones, ha de surgir la colaboración al servicio de la paz”. La persistencia en estas ideas, en los inicios mismos de la Guerra Fría, explican, aunque no justifican, el ostracismo al que Klaus Mann fue condenado. Europa y el mundo iban ya en otra dirección, la anunciada en su artículo para Decision por Henry G. Alsberg, una dirección que en gran medida seguimos todavía.

Mephisto, la novela escrita por Klaus Mann en 1936, que ya fue convertida en montaje teatral por Ariane Mnouchkine y Le Théâtre du Soleil en 1979, ha recibido ahora una nueva adaptación teatral a cargo de Robert Schuster y Nora Khuon. La aleccionadora historia del actor Gustav Gründgens y su siniestra relación con el poder podrá verse en el Deutsches Nationaltheater de Weimar desde el 12 de febrero. Y el 17 de marzo la Klaus Mann Initiative Berlin ofrecerá en la Schwartzsche Villa berlinesa una velada literario-musical en torno a la novela de Klaus Mann Sinfonía patética. Propuestas ambas útiles en estos tiempos en los que Alemania vuelve a interrogarse acerca de sí misma y del legado de este Klaus Mann que vuelve a ser hoy, más que nunca, nuestro contemporáneo.
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* El País, 13 de diciembre de 1992