martes, 29 de octubre de 2013

LECTURA POSIBLE / 121

VIKTORIA TÓKAREVA O LA ESTUPENDA CATÁSTROFE

Posiblemente al lector español le diga muy poco, o nada, el nombre de Viktoria Samoilovna Tókareva. Salvo error, sólo se han traducido al castellano tres de sus libros (dos de ellos en México), y de eso hace ya algunos años. En cambio, sus obras se han traducido abundantemente a otros idiomas, y en Alemania, por ejemplo, sus novelas y relatos tuvieron gran difusión en la década de los noventa, cuando en ese país la obra de Tókareva se convirtió en la más representativa de la literatura contemporánea rusa. Quizá la escasa divulgación entre nosotros de estas obras sea consecuencia de su carácter difícilmente clasificable, a medio camino entre la comedia y la sátira costumbrista, como difícil de clasificar es también el propio nombre de nuestra autora, el cual, de la manera que es corriente con los nombres rusos, ha sido transcrito a las lenguas occidentales de maneras diversas. Incluso la grafía que aparece en España en el único título publicado de Tókareva difiere de la que se empleó en su día en las ediciones mexicanas. De éstas últimas, que fueron traducidas por Selma Ancira, tomamos la aquí utilizada.

El de Viktoria Tókareva es un caso raro de fidelidad a unos principios narrativos, y eso a pesar del extenso período que abarca su producción, por no hablar de los grandes trastornos vividos por su país durante ese tiempo, es decir, desde mediados de los años sesenta hasta ahora mismo. Porque esta mujer nacida en 1937 continúa en activo, convertida hoy en toda una institución de las letras rusas.

Tókareva fue profesora de música y estudió, con la intención de convertirse en actriz, en el Instituto Estatal de Cinematografía de Moscú. En 1964 publica en una revista su primera narración, Un día sin mentiras, que en ese momento, en el que las autoridades de la URSS estaban alentando un tímido proceso de apertura política, fue muy bien recibida. Acerca de la misma escribe: “Enseguida me empezaron a llegar multitud de sugerencias. Estuve recibiendo un gran número de cartas de lectores con propuestas de matrimonio, las cuales fundamentalmente provenían de soldados reenganchados y de presidiarios”. Tras el éxito del relato, la autora firmó un contrato con la compañía Mosfilm para su adaptación al cine. En él se narra la historia de un profesor de literatura, el cual decide vivir un día sin mentiras. El verdadero problema se le presenta al personaje al final: “¿Qué iba a hacer los restantes trescientos sesenta y cuatro días del año?” El guión ya estaba acabado cuando un nuevo giro de la política soviética impidió la realización de la película, aunque para entonces Tókareva ya había establecido los contactos necesarios y pudo embarcarse en un nuevo proyecto. Las vicisitudes y el contenido de esta primeriza narración marcan la tendencia de toda la obra posterior de Tókareva. E incluso sus mayores logros en el ámbito cinematográfico vienen a constituir, cada uno a su manera, una especie de “día sin mentiras” en el que se expresa una realidad que en general prefiere ignorarse.

No mucha mejor suerte que sus libros han corrido los films en cuyo guión ha participado Tókareva, los cuales no parecen haberse distribuido nunca en España. De ellos, casi una quincena, estrenados entre 1968 y 2001, destacan al menos dos de enorme éxito que fueron producidos en lo que se considera la época dorada de la comedia en el cine soviético: Caballeros de fortuna (1972) y Mimino (1977). Estas películas, producto en parte de uno de los vaivenes políticos del momento, pudieron tratar humorísticamente algunos temas ignotos hasta entonces en la cinematografía soviética, en especial la delincuencia, de lo que es buena muestra el primer título citado.

Caballeros de fortuna, en efecto, cuenta la historia de Troshkin, director de un jardín de infancia que es confundido con el autor de un robo, el del casco de Alejandro Magno, ocurrido durante una excavación arqueológica. El malentendido provoca que el inocente y educado Troshkin sea introducido en los ambientes del hampa, lo que permitió a los autores del film retratar una parte más bien oscura de la realidad soviética. El segundo título, Mimino, también basa su argumento en un malentendido, el que sufre el personaje cuyo nombre da título al film, un georgiano piloto de helicópteros que siempre ha soñado con pilotar grandes aviones de líneas internacionales, y que aquí, durante un curso de adiestramiento en Moscú, se encuentra con Robik, un más que peculiar conductor de camiones. La gran ciudad, con su cinismo y sus para él extraños códigos culturales, desagrada profundamente a Mimino (“gavilán” en georgiano) quien pese a todo consigue realizar su sueño y vuela en un jet a reacción por todo el mundo. Pero la nostalgia, y su inadaptación a las nuevas formas de vida, le hacen regresar a su pueblo. Las películas citadas establecieron la reputación de Tókareva en la industria cinematográfica, reputación que ya era amplia en el ámbito literario mucho antes de que su obra fuera conocida en el extranjero.

Esa obra literaria se ubica  más allá de los tópicos propagandísticos de un lado y de otro, desvelándose en los actos de la vida cotidiana, marcados casi siempre por tortuosas relaciones de pareja. Algunas de las narraciones posteriores estarán ambientadas en el mundo del cine, repleto de actrices tan desvalidas como ambiciosas, directores alcoholizados, enamoramientos abruptos y relaciones sexuales fuera de la norma, todo lo cual viene a constituir una especie de viaje sentimental por el último medio siglo de la historia rusa.

En esos años dos de sus historias de mayor éxito fueron adaptadas al cine: Cien gramos de valentía (1976) y Talismán (1983). Acerca de estas narraciones, y de las publicadas en México por la editorial Circe, Equilibrio y El zigzag del amor, ha escrito la autora: “Mi tema es la nostalgia del ideal. Podría pensarse que el amor no guarda relación con los sistemas políticos, y sin embargo resulta que en la sociedad todo está integrado, incluso el amor”. En el relato Contar o no contar Tókareva nos muestra a la estudiante Artamonova enamorada de su compañero de estudios, el políticamente irreprochable Kireev. Si bien el suyo es un amor no correspondido, se dejará explotar por él, lo que cambiará el curso de toda su vida. El drama de la protagonista no impide que la naturaleza de sus relaciones sea objeto de mofa por parte de la narradora. Así, del primer marido de Artamonova, al que le falta un diente, dice: “Su valla tenía un agujero a través del cual todo su interior se hacía visible”, ya que la vida está repleta de esas fisuras por las que es posible asomarse a la molesta y casi siempre ignorada verdad, la misma que salía ya a relucir en “el día sin mentiras” de su primer relato.

El único libro de Tókareva editado en España, Pánico escénico (Ediciones del Bronce, 2002), reúne algunas historias representativas de su producción literaria, cuyos temas abarcan desde sus inicios en la escritura y en el cine hasta la llamada perestroika. De este volumen destacan tres historias: la que da título al libro, Mi maestra y La fractura. La primera tiene por protagonista a Marianna, que sueña con ser actriz y que a tal fin se verá enredada en las seducciones, intrigas y mentiras de la industria del cine, con sus personajes tan refinados y cultos como encanallados. El amor surge en estas páginas, pero lo que habría podido ser una banal historia de asuntos sentimentales se ve enriquecido por el humor y la frescura de la prosa de Tókareva, quien vuelve a dar muestras de su arte para describir fluidos estados psicológicos en plena ebullición de la manera más concisa. Al final, tras diversas aventuras, desengañada, Marianna renunciará al esplendor de la gran ciudad para componer uno de los esperanzadores desenlaces característicos de la autora: “Marusia recordó, al contemplar de nuevo la aldea ante sus ojos, los tres colores: el negro, el blanco y el gris perla. Y aquel estado de paz y tranquilidad que nunca había logrado”.

En Mi maestra la autora regresa a sus años de aprendizaje en el Instituto Estatal de Cinematografía para evocar los últimos años de vida de su profesora Katerina Vinográdskaia, “sacerdotisa del amor que arrojaba todo de sí sin recibir nada a cambio”. La fuerza vital de esta mujer, capaz por sí sola de despertar el vuelo de la inspiración en sus alumnos, mereció a sus ochenta años de edad, poco antes de su muerte, la carta de amor de un joven treintañero: “Usted ha sabido extraer de mi interior algo hermoso que permanecía oculto, pero ahora se ha vuelto a quedar cubierto por el polvo en algún lugar y se ha podrido por innecesario”, escribe el médico que ha tratado a Katerina de una grave dolencia. En este relato, que pese a su brevedad abarca un período de varias décadas, Tókareva utiliza con ironía el lenguaje que ya era común en el momento en que ella escribía, y en el que habían comparecido palabras como reestructuración o privatización. Y es que “todo cuento debe estar basado en la realidad. De otro modo, no es un cuento, sino un embuste”.

Tatiana, que en su juventud fue campeona de patinaje artístico, es la protagonista de La fractura. En un momento particularmente dramático de su existencia, tras una discusión con su marido a causa de la amante de éste, la ex campeona, ahora profesora de patinaje, sufre un accidente y se rompe un tobillo. Esta fractura señala otra mayor que se está produciendo en la vida de Tatiana. El relato narra las complicaciones de la recuperación de la protagonista, que entretanto conoce a un hombre al que convertirá en su amante. La conclusión del relato se produce cuando la protagonista, ya recuperada, se reencuentra con su marido y el hombre del que se enamoró durante su convalecencia: “Misha y Dimka estaban de pie entre la multitud. A Tatiana aquello no la turbaba. Lo realmente importante era quién estaría a su lado, el uno o el otro. Pero aún más importante era que ella se tenía a sí misma”.

Protagonistas de estas historias son gentes corrientes que parecen haber sido tomadas de la novelística y el teatro de Chéjov, pero que son llevadas aquí por sus sentimientos a situaciones extraordinarias en las que la autora no se recata en destilar sus gotas de ironía y humor. Quizá por eso su popularidad en Rusia no ha declinado, y son ya varias las generaciones de lectores que en su país se han identificado con estos personajes tan humanos y reales y que, siempre al borde de un abismo, acaban, tras la caída, encontrando la forma de empezar de nuevo. Esto justifica la frase que le dedicó Doris Dörrie, también ella escritora y cineasta, cuando su obra empezó a introducirse en Alemania: “Tókareva escribe como un transiberiano montado sobre el éxtasis: avanza a toda marcha hacia la más estupenda de las catástrofes”.

viernes, 25 de octubre de 2013

DISPARATES / 88

LAS NORMAS DE ESTADOS UNIDOS EN DOS FOTOS

Jean Gadrey*

Sí, las normas de Estados Unidos son un problema… y no sólo para el proyecto de acuerdo de (así lo llaman) “asociación” de libre comercio entre la Unión Europea y Estados Unidos. He aquí dos fotos. Ninguna de ellas ha sido difundida por los opositores norteamericanos a este proyecto de acuerdo (los hay, y más de los que podemos imaginar), sino por la asociación “Moms demand action for gun sense in America” (Las madres exigen la adopción de medidas con sentido común para el control de armas en América). Dicha asociación explica en su sitio web las medidas que propone, unas medidas en mi opinión muy tímidas, pero es que yo no vivo allí y no tengo que hacer frente a lobbies de semejante poderío. Se puede hacer clic en las imágenes para ampliarlas.



Traducción del texto que se lee en la parte de arriba de la imagen: “Uno de estos niños tiene un objeto que está prohibido en América a fin de proteger a la infancia. Adivine cuál es”.

Los pequeños juguetes contenidos en los huevos “Kinder surprise” están en efecto considerados como intolerables riesgos para la infancia. Fueron prohibidos… ¡en 1938! Estén tranquilos, no se trata de luchar contra los excesos de azúcares y de materias grasas, una especialidad americana exportable. Sepa usted que si intenta introducir un huevo de estos en territorio americano corre el riesgo de que le impongan una multa de 2.500 dólares por huevo, según la versión americana del Huffington Post.

He aquí la segunda foto. Se encuentra en el sitio francés del Huffington Post, acompañada de comentarios. Es una foto de Douglas Brodoff. Ha circulado como un reguero de pólvora después de la masacre de Colorado, en la que fueron asesinadas doce personas en un teatro, en julio de 2012.


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* Jean Gadrey es economista
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FUENTE: ALTERNATIVES ECONOMIQUES

miércoles, 23 de octubre de 2013

DISPARATES / 87

ESTADOS UNIDOS: UN COMENTARIO A LA DESIGUALDAD Y LA DICTADURA ECONÓMICA

¿Cómo están las cosas en Norteamérica, en el país más rico y poderoso del mundo? Sirviéndose del argumento de El gran Gatsby, que Scott Fitzgerald escribió en 1925, el autor del siguiente artículo nos recuerda la lucha contra la desigualdad “que se ha librado una y otra vez en la historia humana”, así como la manera en que se manifiesta la dominación de las élites sobre las clases populares. El autor, Chris Hedges, afirma que “la incapacidad para comprender la patología de nuestros gobernantes oligárquicos es una de nuestras faltas más graves”. Frente a ello, llama a la acción, sin medias tintas, contra la dictadura económica.

Chris Hedges es un periodista y escritor norteamericano. De su extensa obra se ha publicado en español el ensayo La guerra es la fuerza que nos da sentido (Síntesis, 2003). Sus últimos libros son The world as it is: Dispatches on the myth of human progress (Nation Books, 2010) y  Days of destruction, days of revolt (Nation Books, 2012), escrito en colaboración con Joe Sacco. Este libro es una denuncia de la naturaleza de las guerras promovidas desde Washington y de su impacto sobre la civilización humana. “La guerra es siempre una traición”, escribe, “una traición de los jóvenes por los viejos, de los cínicos por los idealistas, y de los soldados y marines por los políticos”. En el presente, “son sólo los marginados y los rebeldes los que mantienen vivas la verdad y la investigación intelectual”, escribió en otro de sus artículos (La traición de los intelectuales, Revista Sinpermiso, 2013).

Hedges ha sido durante quince años corresponsal en el extranjero de The New York Times. En la actualidad es colaborador de las revistas Truthdig y The Occupied Wall Street Journal. En 2002 recibió el Premio Pulitzer.

BIENVENIDOS A LA GUERRA DE CLASES

Chris Hedges

“Los ricos son diferentes de nosotros”, se dice que comentó F. Scott Fitzgerald a Ernest Hemingway, a lo que Hemingway supuestamente respondió: “Sí, tienen más dinero”.

El diálogo, aunque en realidad no tuvo lugar, expresa un punto de vista de Fitzgerald que Hemingway siempre eludió. Los ricos son diferentes. La seguridad que les confieren la riqueza y el privilegio permite a los ricos a su vez rodearse de trabajadores sumisos, parásitos, sirvientes y aduladores. La riqueza cría, como ha ilustrado Fitzgerald en El gran Gatsby y en su relato El muchacho rico, una clase de personas para las que los seres humanos son productos desechables. Colegas, socios, empleados, personal de cocina, sirvientes, jardineros, tutores, entrenadores personales, incluso amigos y familiares, todos se doblegan a los caprichos de los ricos o desaparecen. Una vez los oligarcas alcanzan el poder político y económico sin control alguno, como ha ocurrido en los Estados Unidos, los ciudadanos también se convierten en desechables.

La imagen pública de la clase oligárquica se parece muy poco a su cara privada. Yo, como Fitzgerald, fui lanzado a sus brazos cuando era joven. A la edad de diez años me enviaron con una beca a un internado exclusivo de Nueva Inglaterra. Tuve compañeros de clase cuyos padres –padres que ellos raras veces veían– llegaban a la escuela en sus limusinas acompañados por fotógrafos personales (y de vez en cuando por sus amantes), de modo que la prensa pudiera seguir alimentando la imagen de los ricos y famosos que interpretan el papel de buenos padres. Pasé un tiempo en los hogares de los ultra-ricos y poderosos, viendo a mis compañeros, que eran niños, dando órdenes insensiblemente a los hombres y mujeres que trabajaban como sus chóferes, cocineros, niñeras y sirvientes. Cuando los hijos e hijas de los ricos se meten en problemas graves siempre hay abogados, publicistas y personajes políticos que los protejan –la vida de George W. Bush es un ejemplo práctico de la insidiosa acción afirmativa de los ricos. Éstos experimentan un desdén snob hacia los pobres –a pesar de sus muy publicitados actos de filantropía– y la clase media. Los miembros de estas clases inferiores son vistos como parásitos groseros, molestias que no hay más remedio que soportar, que en ocasiones deben ser aplacadas y siempre someterse a su control, con el fin de acumular más poder y dinero. Mi odio a la autoridad, junto a mi aborrecimiento de la vanidad despiadada y el sentimiento de superioridad de los ricos vienen directamente de vivir entre los privilegiados. Esto fue una experiencia profundamente desagradable. Ella me expuso a su egoísmo y hedonismo insaciables. Aprendí, de niño, que eran mis enemigos.

La incapacidad de comprender la patología de nuestros gobernantes oligárquicos es una de nuestras faltas más graves. Se nos ha ocultado la depravación de nuestra élite gobernante por medio de la propaganda incesante de empresas de relaciones públicas que trabajan para las corporaciones y los ricos. La abnegación de políticos dóciles, artistas despistados y nuestra corporativa-subvencionada cultura popular, que nos muestra a los ricos como héroes a emular y nos promete que a través de nuestro sacrificio y del trabajo duro podremos ser como ellos, nos impide apreciar las verdad.

“Eran personas descuidadas, Tom y Daisy”, escribió Fitzgerald aludiendo a la pareja rica que se encuentra en el centro de la vida de Gatsby. “Rompieron cosas y criaturas y luego se retiraron con su dinero o su vasto descuido, o lo que fuera que los mantenía juntos, y dejaron que otras personas limpiaran el desorden que habían causado”.

Aristóteles, Niccolò Maquiavelo, Alexis de Tocqueville, Adam Smith y Karl Marx partieron de la premisa de que hay un antagonismo natural entre los ricos y las masas. “Los que tienen demasiados bienes de fortuna, fuerza, riqueza, amigos, y similares, no están dispuestos ni son capaces de rendirse a la autoridad”, escribió Aristóteles en “Πολιτικα” (Política). “El mal comienza en casa, porque cuando son niños, a causa del lujo en el que se les educa, nunca aprenden, incluso en la escuela, el hábito de la obediencia”. Los oligarcas, como sabía Aristóteles, son instruidos en los mecanismos de manipulación, la represión sutil y abierta y la explotación, a fin de proteger su riqueza a nuestra costa. El más importante de sus mecanismos de control es el control de las ideas. Las élites gobernantes se aseguran de que la clase intelectual establecida esté al servicio de una ideología, en este caso el capitalismo de libre mercado y la globalización, que justifica su codicia. “Las ideas dominantes no son otra cosa que la expresión ideal de las relaciones materiales dominantes”, escribió Marx. “Las relaciones materiales dominantes son así concebidas como ideas”.

La amplia difusión de la ideología del capitalismo de libre mercado a través de los medios de comunicación y la purga, sobre todo en el mundo académico, de las voces críticas han permitido a nuestros oligarcas orquestar la mayor brecha de la desigualdad del ingreso en el mundo industrializado. El 1 por ciento de los estadounidenses posee el 40 por ciento de la riqueza nacional, mientras que un 80 por ciento posee sólo el 7 por ciento, como Joseph E. Stiglitz escribió en El precio de la desigualdad. Por cada dólar que el 0,1 por ciento más rico de la población había acumulado en 1980 obtenía adicionalmente tres dólares en ingresos anuales en el 2008, como ha explicado David Cay Johnston en su artículo 9 cosas que los ricos no quieren que usted sepa sobre los impuestos. En el mismo período, escribe Johnston, el 90 por ciento de la población sólo añadió un centavo. La mitad del país está clasificada como pobre o de bajos ingresos. El valor real del salario mínimo se ha reducido en 2,77 dólares desde 1968. Los oligarcas no creen en el sacrificio por el bien común. Nunca lo hacen. Nunca lo harán. Ellos son el cáncer de la democracia.

“Nosotros, los estadounidenses, no solemos considerarnos un pueblo sumiso, pero por supuesto que lo somos”, escribe Wendell Berry. “¿De qué otro modo, si no, podemos permitir que nuestro país sea destruido? ¿Por qué estaríamos dispuestos a premiar a sus destructores? ¿Por qué todos nosotros –que hemos otorgado el poder a las codiciosas corporaciones y a los políticos corruptos– estamos participando en su destrucción? La mayoría de nosotros está todavía demasiado cuerda para mear en nuestro propio pozo, pero permitimos que otros lo hagan y les recompensamos por ello. Premiamos tan bien, de hecho, que los que se mean en nuestro pozo son más ricos que el resto de nosotros. ¿Cómo lo explicamos? Por no ser lo bastante radicales. O por no ser lo suficientemente cuidadosos, que es la misma cosa”.

El surgimiento de un Estado oligárquico ofrece a una nación dos rutas, según Aristóteles: que las masas empobrecidas se rebelen para rectificar el desequilibrio de riqueza y poder o que los oligarcas establezcan una tiranía brutal para mantener a las masas esclavizadas. Nosotros hemos escogido la segunda opción. Todos los lentos avances que hemos hecho en el siglo XX a través de los sindicatos, la regulación gubernamental, el “New Deal”, los tribunales, la prensa alternativa y los movimientos de masas se han invertido. Los oligarcas han vuelto a hacer de nosotros –como ya hicieron en el siglo XIX la industria del acero y textil– seres humanos desechables. Están construyendo la mayor y más generalizada maquinaria de seguridad y vigilancia en la historia humana para mantenernos sumisos.

Este desequilibrio no habría perturbado a la mayoría de nuestros Padres Fundadores. Ellos, principalmente ricos y dueños de esclavos, temían la democracia directa. Encaminaron nuestro proceso político con el fin de frustrar toda forma de gobierno popular y proteger los derechos de propiedad de la aristocracia nativa. Las masas se mantuvieran a raya. El Colegio Electoral, el poder original de los estados para designar a los senadores, la privación de los derechos de las mujeres, de los indígenas estadounidenses, afroamericanos y hombres sin propiedad, impidieron que la mayoría de la gente participase del proceso democrático en el comienzo de la república. Tuvimos que luchar para hacernos oír. Cientos de trabajadores fueron asesinados y miles resultaron heridos en las guerras laborales. La violencia social en Estados Unidos empequeñeció las batallas laborales que tenían lugar en cualquier otro país industrializado. Los avances democráticos que hemos logrado se han pagado con la sangre de los abolicionistas, los afroamericanos, las sufragistas, los trabajadores y otros miembros de la lucha contra la guerra y los movimientos de derechos civiles. Nuestros movimientos radicales, despiadadamente reprimidos y desmantelados en nombre del anticomunismo, fueron los verdaderos motores de la igualdad y la justicia social. La miseria y el sufrimiento infligidos a los trabajadores por la clase oligárquica en el siglo XIX se reflejan en el presente, ahora que se nos ha despojado de toda protección. El disentimiento es una vez más un acto criminal. Los Mellon, Rockefeller y Carnegie en el cambio del siglo pasado soñaron crear una nación de amos y siervos. La moderna encarnación social de esta élite oligárquica del siglo XIX ha creado un neofeudalismo en todo el mundo, donde los trabajadores de todo el planeta se afanan en la miseria mientras los oligarcas corporativos acumulan cientos de millones de riqueza personal.

La lucha de clases define la mayor parte de la historia humana. Marx tenía razón. Cuanto antes nos demos cuenta de que estamos atrapados en una guerra a muerte con nuestros dirigentes y la élite empresarial, más pronto nos daremos cuenta de que esas élites deben ser derrocadas. Los oligarcas corporativos han aprovechado todos los mecanismos institucionales de poder en los Estados Unidos. La política electoral, la seguridad interna, el poder judicial, las universidades, las artes y las finanzas, junto con casi todas las formas de comunicación, están en manos de las corporaciones. Nuestra democracia, con sus debates de imitación entre los dos partidos institucionales, es puro teatro político sin sentido alguno. No hay forma dentro del sistema de desafiar las demandas de Wall Street, ni a la industria de combustibles fósiles ni a los especuladores de la guerra. La única vía que nos queda, como Aristóteles sabía, es la rebelión.

No es una historia nueva. Los ricos, a lo largo de la historia, han encontrado formas de subyugar y volver a someter a las masas. Y las masas, a lo largo de la historia, han despertado cíclicamente para deshacerse de sus cadenas. La lucha incesante en las sociedades humanas entre el poder despótico de los ricos y la lucha por la justicia y la igualdad está en el corazón de la novela de Fitzgerald, que utiliza la historia de Gatsby para llevar a cabo una feroz denuncia del capitalismo. Fitzgerald estaba leyendo La decadencia de Occidente, de Oswald Spengler, mientras escribía El gran Gatsby. Spengler predijo que, cuando las democracias occidentales calcificadas murieran, una nueva clase de “matones adinerados” reemplazaría a las élites políticas tradicionales. En esto Spengler no se equivocó.

“Sólo hay dos o tres historias humanas”, escribió Willa Cather, “y se repiten tan ferozmente como si sucedieran por primera vez”.

El vaivén de la historia ha empujado a los oligarcas de nuevo hasta el cielo. Nos sentamos humillados y quebrantados en el suelo. Es una antigua batalla. Se ha librado una y otra vez en la historia humana. Parece que nunca aprenderemos. Es hora de anudar nuestras horcas.
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FUENTE: TRUTHDIG
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Vídeo sobre la distribución de la riqueza en Estados Unidos