martes, 25 de febrero de 2014

DISPARATES / 97

EL BUEN EJEMPLO DE UCRANIA

A los cien años del inicio de la Gran Guerra, Europa vuelve a encontrarse en una profunda crisis, y por el mismo motivo de entonces: el lucro. Tras la aplicación de un procedimiento ya conocido pero nunca empleado en la escala actual, consistente en endeudar a los estados para que las rentas del capital financiero se nutran directamente del erario público, los países del sur de Europa se encuentran abocados a una situación difícil de imaginar no hace mucho. En España, sin ir más lejos, la reforma de la Constitución en 2011 proclamó como el deber máximo del Estado no ya el bienestar de sus ciudadanos, sino el pago de la deuda a la banca especuladora, pago que como bien sabemos se realiza a costa de aquéllos. En este panorama, de cambio de modelo socio-económico, se producen los actuales sucesos de Ucrania.

Dejando aparte el descubrimiento hace unos años de grandes reservas de gas, hay que recordar que este país ha sido desde hace siglos objeto de las disputas entre Rusia y Occidente. Y al decir Occidente no me refiero sólo a Alemania, país de vocación industrial y exportadora que ha visto desde siempre con codicia las tierras agrícolas de Ucrania (las mejores de Europa). El imperialismo alemán ha soñado con una Alemania consagrada enteramente a la industria y alimentada por las fértiles tierras ucranianas. Se da la curiosa circunstancia de que este sueño que no pudo realizar el nacional-socialismo podría completarse ahora, en virtud del giro radical que anuncian los nuevos gobernantes de dicho país. Pero en Occidente hay otros sueños.

La forma en que se ha producido este cambio ha sido descrita por el historiador de la Universidad de Yale Timothy Snyder en un artículo aparecido hace unos días en The New York Review of Books: “Los estudiantes fueron los primeros en protestar contra el régimen del presidente Viktor Yanukovich en Maidan, la plaza central de Kiev, en noviembre pasado. Estos son los ucranianos que más tienen que perder, los jóvenes que irreflexivamente pensaban en sí mismos como europeos y que deseaban para sí mismos una vida y una patria ucraniana. Muchos de ellos eran de izquierda, algunos muy radicales. Después de años de negociaciones y meses de promesas, el presidente Yanukovich se negó a firmar un acuerdo comercial con la Unión Europea. Cuando llegaron los antidisturbios y golpearon a los estudiantes, a finales de noviembre, un nuevo grupo, el de los veteranos de la guerra afgana, apareció en Maidan. Estos hombres de mediana edad, ex soldados y oficiales del Ejército Rojo, muchos de ellos llevando las cicatrices de la batalla, acudieron a proteger ‘a sus hijos’, como ellos dicen. No se trata de sus propios hijos e hijas. Lo que querían decir era: lo mejor de la juventud, el orgullo y el futuro del país. Después vinieron muchos otros veteranos de la guerra de Afganistán, decenas de miles.

Lo acontecido después en el desbordado centro de Kiev es bien conocido, como también el hecho de que algunos senadores republicanos de Estados Unidos se presentaron en la plaza para animar a los rebeldes, todo ello mientras diversas acciones y amenazas descontroladas provocaban la declaración oficial de Rabbi Moshe Reuven Azman, rabino de Kiev, quien según informó el diario de Tel Aviv Haaretz pidió a los judíos que abandonaran la ciudad y a ser posible Ucrania, en prevención de posibles ataques antisemitas. Parece posible interpretar todo esto como un nuevo episodio de la que ya creíamos terminada Guerra Fría.

El siguiente artículo de Juan Cole, profesor de Historia de la Universidad de Michigan, que ha sido publicado por la revista Truthdig, alude a los orígenes del conflicto, remontando los mismos a la Guerra de Crimea que se desarrolló entre 1853 y 1856. Cole encuentra inquietantes paralelismos entre la situación histórica y la actual, lo que muy bien puede servir para entender mejor los presentes acontecimientos de Ucrania y sus consecuencias en el futuro. Pues no en vano, como él afirma, las directrices “proeuropeas” del nuevo gobierno de Kiev suponen el fin de un statu quo que ha estado vigente durante más de un siglo y medio, asegurando hasta ahora cierta estabilidad en una región europea especialmente vulnerable, cuyas turbulencias ya otras veces han tenido consecuencias para la paz mundial.

SIN MOTIVO APARENTE: ¿UNA NUEVA “GUERRA” DE CRIMEA?

Juan Cole

La población de habla rusa de la península de Crimea, en Ucrania, está molesta con el movimiento popular en el oeste del país, el cual ha derrocado al presidente Viktor Yanukovich, y se dice que están formándose allí milicias armadas. En algunos edificios del gobierno, las banderas ucranianas han sido sustituidas por banderas rusas. Sebastopol es un importante puerto del Mar Negro en el que hacen escala los buques de guerra rusos, y Moscú posee allí una base militar.

Desde todos los puntos de vista el presidente ruso, Vladimir Putin, tiene motivos para percibir en la revolución ucraniana un acontecimiento peligroso para los intereses rusos, y la pérdida potencial de Crimea como una de las amenazas más graves. Crimea fue entregada a la República Socialista Soviética de Ucrania por Nikita Kruschev (él mismo ucraniano) en 1950, pero todavía hoy son más los rusos que reclaman la soberanía sobre Crimea que los que reclaman Chechenia. La asesora de Seguridad Nacional de Estados Unidos, Susan Rice, ya ha advertido a Rusia contra el envío de tropas a Ucrania, pero ¿qué pasa con los marineros de la base de Crimea? Ellos ya están allí.

Desde aproximadamente 1050 Crimea estuvo bajo el dominio turco, después mogol, y más tarde turco de nuevo. Desde 1441 hasta finales de la década de 1700 fue un kanato musulmán que se convirtió en un estado vasallo del Imperio Otomano. Poco después fue anexionada por la Rusia zarista. En 1900 los tártaros de Crimea, que antes habían constituido la población dominante, se habían reducido a la mitad, y, después de la revolución rusa, a una cuarta parte. Stalin deportó a muchos de ellos al Asia Central. Así Crimea fue durante los dos siglos después de la incorporación al Imperio Ruso en gran medida rusificada, y su población autóctona musulmana quedó sumamente mermada. Cientos de miles de musulmanes tártaros permanecieron en Crimea, otros que fueron desplazados regresaron, pero hoy siguen siendo una minoría.

¿Qué recordamos en Occidente de la Guerra de Crimea de 1850? ¿Existe un paralelo con las tensiones de hoy? El conflicto fue inicialmente entre el Imperio Otomano y el Imperio Ruso. En cierto modo, algunas raíces del conflicto se sitúan en la Jerusalén otomana, en la década de 1840 y principios de la siguiente, cuando Rusia se dio cuenta de que su reclamación sobre Tierra Santa, a través de sus socios ortodoxos orientales, estaba siendo ignorada por el sultán en beneficio de los socios comerciales franceses y otros de confesión católica. Rusia también codiciaba los Balcanes e incluso Estambul (la Bizancio del Imperio Romano de Oriente). Cuando estalla el conflicto entre los voivodas de Rumanía, que eran vasallos nominales otomanos, y el sultán, Rusia respaldó a los príncipes rumanos y envió tropas. Entonces pareció que Rusia podía llegar hasta Estambul y conquistarlo.

Gran Bretaña y Francia rechazaban que el Imperio Ruso se hiciera fuerte en Oriente Medio, como habría ocurrido de caer Estambul en manos del zar. Los buques de guerra de Gran Bretaña llegaron a la India desde el Mediterráneo a través de Egipto y el Mar Rojo, y también a través de Siria e Irak y el Golfo Pérsico. Londres impidió así que San Petersburgo tuviera la capacidad de interrumpir su comercio con las Indias. Del mismo modo los franceses tenían socios en el Líbano y eran una gran potencia en el Mediterráneo, y a Gran Bretaña no le convenía que ésta fuera suplantada por Rusia.

En lugar de luchar en tierra en los Balcanes, los británicos y los franceses propusieron al Imperio Otomano una expedición conjunta a través del Mar Negro hasta la península de Crimea.


En ese momento no había ferrocarril que uniese Crimea con San Petersburgo, y el zar no podía enviar fácilmente tropas a corto plazo. En esencia, las fuerzas franco-británicas y sus aliados otomanos tomaron Crimea como rehén a fin de impedir nuevos avances rusos en los Balcanes. Aunque el éxito en el Imperio Británico del poema La carga de la Brigada Ligera pueda sugerir lo contrario, en realidad la campaña fue predominantemente de los franceses, siendo mucho más modestas las aportaciones británicas y otomanas.

La estratagema funcionó. La guerra llegó a su fin. Las grandes potencias firmaron el Tratado de Londres de 1856. Se trata de un documento importante en la historia diplomática. Se anticipaba a la Carta de las Naciones Unidas al garantizar la defensa del Imperio Otomano contra cualquier agresión rusa, con Francia y Gran Bretaña como garantes de la seguridad en la zona. Por el mismo documento los otomanos se comprometieron a conceder a sus súbditos cristianos los mismos derechos de que gozaban los musulmanes (aunque esto último tardaría en llevarse a la práctica).

Al igual que en la década de 1850, Rusia está reclamando hoy como parte de su esfera de influencia los territorios del este de Europa, la actual Ucrania, Rumanía y otros países de los Balcanes.

Al igual que en la década de 1850, Occidente tiene un gran interés en bloquear el poder ruso en esa parte de Europa, dado su deseo de incorporar a Ucrania a la UE y, en última instancia, a la OTAN.

Al igual que en la década de 1850, un punto de inflexión en esta lucha geopolítica es Crimea y sus instalaciones navales rusas. Hoy en día la flota rusa con base en Sebastopol domina el Mar Negro y tiene acceso por el Estrecho del Bósforo al Mediterráneo y en especial a Tartus, puerto naval de Siria.

Al igual que en la década de 1850, Occidente se preocupa por la hegemonía rusa en Oriente Medio, con Siria en el centro de atención. El gobierno ruso apoya a Bashar al-Assad, mientras que Occidente apoya al llamado Ejército Libre de Siria, del que (aunque no reconocidas oficialmente) forman parte las filiales de Al Qaeda.

Los paralelos son casi exactos. Pero este enclave en el que se halla un importante puerto del Mar Negro ha servido de equilibrio entre las potencias atlánticas y Rusia y ha mantenido una estabilidad geopolítica durante más de un siglo y medio.

LECTURA POSIBLE / 137

KLAUS MANN, EL CONDENADO A VIVIR

Este libro reúne textos escritos entre 1930 y 1949, textos que, por su temática y cronología, pueden ordenarse en tres partes: la primera dedicada al ascenso del nacional-socialismo; la segunda al exilio y a la actividad propagandística realizada por el autor, sobre todo en Estados Unidos; y la última, ya tras el fin de la guerra, centrada en el regreso de Klaus Mann a Alemania y referida al estado del debate intelectual en Europa en esos primeros años de postguerra. Desde la perspectiva vital de su autor, los artículos, breves ensayos y poemas que componen el libro abarcan el período comprendido entre el momento en que, con veinticuatro años de edad, Mann publica sus primeras obras literarias y estrena junto a su hermana Erika la obra teatral Anja und Esther y su suicidio en Cannes, apenas dos meses después de que redactara el último de los textos aquí recogidos.

De la obra de Klaus Mann son conocidas entre nosotros sus novelas Mefisto, El volcán y Encuentro en el infinito, de la que hablamos aquí hace unos meses. Decíamos entonces que la obra de Klaus Mann estaba muy ligada a su familia y en particular a las variables relaciones que mantuvo con su padre y su hermana, pero sobre todo a las circunstancias históricas que le tocó vivir, unas circunstancias que contribuyen a iluminar los textos de este volumen, los cuales nos permiten adentrarnos en los conflictos que guiaron su vida y que terminaron por precipitar su muerte cuando sólo contaba cuarenta y tres años. Pues en efecto vida y muerte de Mann estuvieron marcadas por el nazismo, y acaso sea ilustrativo que su trágico desenlace, a diferencia de lo que sucedió con otros autores contemporáneos que por voluntad propia pusieron fin a su vida en el exilio, se produjera ya tras su vuelta a Alemania y años después de que aquél fuera derrotado, lo que en el caso de Mann representa una muy poco alentadora visión de Europa en los años iniciales de su reconstrucción.

Los tres primeros textos de El condenado a vivir constituyen una reflexión sobre la naturaleza del nazismo. Concebido el que abre el libro como respuesta a una carta de Stefan Zweig en la que éste aludía al radicalismo de la juventud en tiempo de la tambaleante República de Weimar, en él su autor considera necesario precisar que si el radicalismo consagrado al progreso debe ser acogido con entusiasmo, no ocurre lo mismo con el que persigue únicamente la regresión, el revanchismo y la guerra, y añade: “Repudio ante usted a mi propia generación. No quiero comprender a esas personas, las rechazo. En esto consiste mi radicalismo”. Esta respuesta a Zweig, redactada en una fecha tan temprana como 1930, nos revela dos datos que serán constantes en la vida de Mann, y en consecuencia en el resto de las páginas del libro que comentamos: en primer lugar su intuitiva conciencia personal de lo que significaba el nazismo, junto a la convicción del papel que los intelectuales estaban llamados a desempeñar frente a él; y, en segundo, la cándida incomprensión de muchos de sus contemporáneos, que sólo acertaron a vislumbrar la gravedad de los hechos cuando estos les afectaron personalmente. A esos hechos se refiere Mann cuando describe el modo en que una horda de camisas pardas intentó sabotear una asamblea pacifista en la que intervenía su hermana Erika, o cuando alude a las falsedades y amenazas que constituían el lenguaje habitual de las páginas del Völkischer Beobachter, el periódico nazi.

La mayor parte de los textos que componen el libro fue escrita después de 1933, hallándose ya Mann en el exilio. Al año siguiente, encontrándose en Suiza, se le notificó la “privación de nacionalidad” por la que fue despojado de sus derechos como ciudadano del Reich, a lo que alude en el artículo Ya no quieren que sea alemán, que se publicó en una revista de St. Gallen. Allí escribe: “El daño que podían hacerme en la práctica ya me lo habían hecho antes. Ya me habían robado lo que me pertenecía: mis obras estaban prohibidas; mi pasaporte no se me renovaba. Este gesto honorífico no cambia nada en absoluto. ¿Qué más pueden quitarme? Seguro que no la esperanza de que esa parte del mundo, Alemania, vuelva a ser un día mi verdadera patria”. Pero esta conciencia del exilio asumida por Mann de manera desafiante no contemplaba las dificultades que son propias de todo exilio, que en su caso se harían más notorias en Estados Unidos y que acabarían por hacerle afirmar que no hay otra patria más que la lengua, una patria cultural de la que estaría tentado a renegar poco más tarde, cuando empezara a redactar sus artículos en inglés y concibiera incluso el proyecto de escribir una novela en ese idioma.

Mientras tanto, el camino del exilio empieza a quedar sembrado de los cadáveres de amigos y colegas del mundo de las letras, muchos de ellos suicidados, como el propio Zweig o como Ernst Toller; otros fallecidos accidentalmente, como fue el caso de Ödön von Horváth. A cada uno de ellos dedica Mann un recuerdo emocionado y a la vez perplejo, que además venía a sumarse a la evocación de los suicidios habidos en su propia familia. Tales hechos inspiran su poema El canto de los rostros perdidos, en el que escribe: “¿En qué mareas habéis sumergido vuestras cabezas / para que hayan desaparecido, tan lejos de nuestra vista?”, así como Misiva: “Nada más apartarse de la tristeza, aprende a volar. / Levanta sus alas. Se eleva. Lo vemos alejarse / y sentimos un corazón pesado como la piedra, ese corazón recientemente aplastado / nos impedirá volar y huir. / Debemos permanecer aquí abajo. Nuestro lugar / está en medio del combate. Resistirás a mi lado, ¿verdad?”

En Estados Unidos Mann funda una revista, Decision, que habría de servir de puente entre los intelectuales antifascistas de ambos lados del Atlántico. En el editorial de su primer número, publicado en Nueva York en enero de 1941, escribe: “Queremos hacer una revista independiente, pero no imparcial. Aquellos a quienes la cultura preocupa tanto no pueden hoy permitirse ser imparciales. La cultura debe implicarse, hacerse militante; si no, está sentenciada a perder. El hecho de que nos aventuremos precisamente hoy con la creación de una revista literaria, una revista consagrada a la cultura libre, es ya, en sí mismo, un gesto de protesta y de esperanza”. Pero Decision, en la que colaboraron autores como Aldous Huxley y Jean Cocteau, tuvo una existencia efímera y, privada de fuentes de financiación, publicó su último número en febrero del año siguiente. Al fracaso de la publicación se refirió Mann en unas líneas que no verían la luz hasta 1985 y en las que manifestó su profunda decepción acerca de la indiferencia con que fue recibido su proyecto y en general hacia la cultura norteamericana: “No veo razón alguna para esperar que América se ponga a la altura de su formidable misión. Sólo veo arrogancia e ignorancia, codicia y vanidad, tanto en el bando de los aislacionistas como en el de los intervencionistas”. El desengaño americano de Mann, que motivó un primer intento de suicidio, tuvo consecuencias en su carácter y en especial en su manera de contemplar el mundo contemporáneo y las expectativas que se abrirían al final de la guerra. En efecto, considerando que Hitler estaba abocado a la derrota, lo que a Mann empieza a preocupar entonces es quién ganaría la guerra, a lo que se responde que la perspectiva de “un siglo americano” le resulta tan odiosa como el propio nazismo. Así, para Mann la cuestión principal no era ya el fin de los nacional-socialistas, sino sobre quiénes, y con qué criterios, recaería el trabajo de reconstruir Alemania y Europa.

Los últimos cinco textos del libro están escritos poco después del final de la guerra, el primero de ellos en Roma y los restantes ya en Alemania. El primero, Hitler ha muerto, se publicó en inglés en la revista Stars and Stripes y viene a ser un balance de lo que ha significado la tragedia del nazismo, de su brutal ascensión y de su no menos brutal caída, pero también de su posible e indeseable herencia. Con Hitler se encontró personalmente Mann en un salón de té de Munich en 1932, episodio que narra aquí y que también aparece en su autobiografía Le Tournant. “No era un gran hombre. En ningún sentido. Hitler ha gobernado Alemania durante doce años y ochenta días”, escribe. “Puede parecer poco tiempo, pero es un tiempo increíblemente largo cuando se tiene en cuenta el carácter particular de este régimen y de su jefe. Pero la historia del jefe nazi resulta, a la vez, muy instructiva y da lugar a la reflexión. Las generaciones futuras se quedarán extrañadas y atónitas ante esta saga de crimen y locura. Podría ocurrir que, a título de lección y de advertencia, el Tercer Reich y sus dirigentes perduren más allá del próximo milenio”.

El pesimismo de Mann se confirmó con creces tras su llegada a Alemania, sobre lo que escribió en Berlín a un año de la conclusión de la guerra: “Incluso si resultara que la enfermedad alemana no fuera a durar eternamente, por el momento la curación no está ni siquiera a la vista”. A Klaus Mann, que había heredado de su padre, y ampliado, sus convicciones europeístas, el panorama contemplado a su regreso se le antojó desolador. A ello se refiere en La crisis del espíritu europeo, texto que cierra este volumen y que escribió unas semanas antes de su muerte. En él hace un recorrido por la situación cultural de Europa y se pregunta qué es lo que los intelectuales tienen que decir ahora y qué puede esperarse de ellos una vez alcanzada la paz. Pero quienes habrían sido los interlocutores naturales de Mann no estaban con él ni tenían nada que decir. Quienes eran sus referentes ya están muertos, y la prohibición de sus obras durante doce años ha resultado ser un medio eficaz para relegarle a un absoluto olvido. En esos mismos años ha iniciado sus actividades el “Gruppe 47”, del que forman parte unos jóvenes llamados Heinrich Böll, Günter Grass e Ingeborg Bachmann. Él, Klaus Mann, no tiene nada ver con ellos. El abismo abierto es demasiado grande, y el apellido Mann, que siempre había pesado sobre él, contribuía a hacerle a los demás aún más extraño. Pronto llegaría “la literatura de los escombros”, que sin embargo no bastaría para que los intelectuales participaran en la reconstrucción de Alemania, una reconstrucción que correría a cargo de los industriales y financieros que se aliaron con Hitler, asociados ahora con el ocupante extranjero. En esos últimos meses Mann había vuelto a escribir en alemán, y fruto de ello es un artículo, El problema de la lengua, en el que escribió: “Se puede perder la patria, pero la lengua materna es un bien inalienable, la patria del apátrida”.

sábado, 22 de febrero de 2014

DISPARATES / 96

Raoul Hausmann y Hannah Höch
en la Feria Dadá de 1920
HANNAH HÖCH: LA REVOLUCIÓN DADÁ

La Whitechapel Gallery de Londres presenta estos días, y hasta el 23 de marzo, una colección de obras de la artista alemana Hannah Höch, fotógrafa y fotomontadora a la que se debe la imagen de la llamada “mujer nueva”, experiencia plástica y social que constituye uno de los hitos fundamentales de las vanguardias europeas del siglo pasado.

Nacida en Gotha en 1889, Hannah Höch estudió Artes Gráficas en Berlín, y desde 1915, año en el que inició una relación sentimental con Raoul Hausmann, se convirtió en uno de los miembros más activos del movimiento dadá, que protagonizó gran parte de la renovación vivida por las artes plásticas durante la República de Weimar. A él pertenecieron, además de ella misma y el mencionado Hausmann, George Grosz, Johannes Baader y John Heartfield, entre otros.

Lo que se conoció con el nombre de “Club Dadá de Berlín” vio la luz en 1918 con motivo de una exposición de la Sezession dedicada a la pintora Lovis Corinto. En un acto en el que se recitaron obras poéticas y se bailó a ritmo de jazz, el escritor y músico Richard Huelsenbeck leyó el Manifiesto Dadaísta, el cual incluía lo siguiente: “El dadaísta es el enemigo radical de la explotación; la lógica de la explotación no crea nada más que imbéciles, y el dadaísta odia la estupidez y ama lo absurdo. Así el dadaísta se muestra verdaderamente real, a la inversa de la hipocresía hedionda del patriarca y del capitalista que muere en su sillón”. El club organizó en 1920 una célebre exposición que pudo verse en Ámsterdam, Berlín, Roma y Boston, y que incluía obras de Francis Picabia, Max Ernst, Otto Dix y de los miembros del grupo. Dicha exposición llegaría a convertirse no mucho después en el modelo de lo que los nacional-socialistas llamaron “arte degenerado”, que sería prohibido tras su ascenso al poder. Así, Hausmann huyó a Ibiza, de donde debió marcharse en 1938, en vísperas de la entrada en la isla de las tropas del general Franco, mientras Hannah Höch, privada de mostrar sus obras en Alemania, participó en diversas exposiciones en el extranjero.

Höch fue la primera mujer (y la única) que formó parte del movimiento dadá. Ella y Hausmann habían empezado a investigar las posibilidades expresivas del fotomontaje en el verano de 1918, durante un viaje al Mar Báltico. El inicio de esta experiencia, que habría de tener amplio eco en la vanguardia internacional de esos años, fue, según palabras de Hausmann, “un destello: se podría –lo vi instantáneamente– hacer fotos únicamente montando trozos de fotografías”. De regreso a Berlín, ambos se dedican a explorar sistemáticamente el nuevo lenguaje, aplicándolo a distintas publicaciones periodísticas y al cine. Dichas experiencias fueron empleadas igualmente en el mundo de los sonidos, lo que dio lugar a los llamados “poemas optofonéticos” de Hausmann y a la Antisinfonía que Höch creó junto al compositor Jefim Golyscheff, en cuyo estreno ella misma actuó como percusionista. Tras tomar parte en la primera exposición dadá de Berlín en 1919, Höch realizó uno de sus proyectos más innovadores: las “muñecas dadá”, que presentó en la primera Feria Internacional organizada por dicho movimiento de 1920. Para entonces el Club Dadá de Berlín había adquirido ya los rasgos propios de una nueva ortodoxia en el campo del arte, y a fin de preservar su espíritu contestatario la misma Höch, junto a Hausmann, Kurt Schwitters y la esposa de éste, realizaron al año siguiente una gira anti-dadá que les llevó a Praga. Adherida al “Novembergruppe”, llamado así en recuerdo de la revolución de 1918, Höch participó en sus exposiciones hasta 1931. Más tarde incorporaría a sus fotocomposiciones el color, abordando temas como la androginia y el amor lésbico. Mantuvo una larga relación con la escritora holandesa Til Brugman, y un breve matrimonio con el pianista Kurt Matthies. Desde 1937, y hasta su muerte, vivió recluida en un suburbio berlinés, “el lugar ideal para sumirse en el olvido”.

En alusión a la Feria Internacional Dadaísta de 1920, Daniel F. Herrmann, comisario de la exposición que puede verse en la Whitechapel Gallery, ha escrito que “un estado de ánimo declamatorio dominaba la puesta en escena. Como en la caricatura de un salón académico, las paredes estaban cubiertas con grandes carteles tipográficos, pequeños cuadros con fotomontajes y pinturas de gran formato realizadas tanto al óleo como mediante materiales encontrados en la calle. El collage, el montaje y las imágenes recicladas eran los denominadores comunes de una cacofonía carnavalesca que reclamaba al espectador: ¡Abre tu mente! y ¡Contra el Arte! Un maniquí horrible colgado del techo –una forma humana ataviada con una máscara de cerdo y un uniforme militar alemán– se cernía grotescamente sobre las obras y los visitantes”.

Feria Dadá, 1920
La avanzada conciencia política y artística de los miembros del grupo no impidió, al igual que ocurrió con otras vanguardias de la época, que sus representantes masculinos adjudicaran a sus compañeras el mero papel de comparsas. A ello se ha referido en The Telegraph Mark Hudson: “El cubismo, el futurismo, el dadaísmo, y el resto de grandes ismos que cambiaron el mundo estaban formados por mega-egos cargados de testosterona, la cual alimentaba sus impactantes imágenes y sus beligerantes discursos. Las mujeres no pasaban de ser vistas sino como meros accesorios de los hombres, como musas, modelos y criadas que servían el té más que como colaboradoras de la mayor revolución artística que el mundo había visto”. Así, Hannah Höch ni siquiera es mencionada en la historia del Club Dadá de Berlín que escribió uno de sus fundadores, Richard Huelsenbeck, y tal marginación se ha perpetuado desde entonces en gran número de exposiciones retrospectivas y de estudios publicados. Sólo Hans Richter evocó a Höch en sus memorias, y lo hizo como la persona que “traía bocadillos y cerveza y que se las arreglaba para encontrar dinero cuando éste escaseaba”. Así, la obra de Höch cayó paulatinamente en el olvido, y no empezaría a ser valorada sino poco antes de su muerte, ocurrida en 1978. Ella misma escribió: “A ninguno de estos hombres le podía satisfacer una mujer común. Pero tampoco ellos pudieron librarse de la moralidad convencional en sus relaciones con las mujeres. Guiados por Freud en su protesta contra la vieja generación, todos ellos deseaban a la mujer nueva, y la ruptura que su aparición debía significar en aras de un futuro más libre. Sin embargo, más o menos brutalmente, rechazaron en general que también ellos tuvieran que adoptar nuevas actitudes. Esto les condujo al drama strinbergiano en que se convirtieron finalmente sus vidas privadas”.

La obra de Höch es extensa y de ella se muestran en Londres unas cien piezas entre fotomontajes y acuarelas, y combinaciones de ambas, realizadas a lo largo de seis décadas. Como sucede con el resto de la obra de los dadaístas berlineses, también la suya posee un fuerte carácter político, dirigido especialmente a satirizar a los políticos de Weimar. Muestra significativa de lo anterior es la fotocomposición Corte con cuchillo de cocina a través de la barriga cervecera de la República de Weimar, montaje épico realizado en 1920 en el que figuran los rostros de Karl Marx, el káiser Guillermo, Albert Einstein y los propios dadaístas, y que incluye el cuerpo de la bailarina Niddy Impekoven haciendo juegos malabares con la cabeza de la artista Käthe Kollwitz. Otras mujeres acróbatas dan brincos y caen entre soldados, armas y capitalistas, mientras el bigote ridículo del káiser se convierte en un par de musculosos traseros, propiedad de sendos boxeadores.

A la sátira política, Höch añadió su particular visión de la mujer y del amor, desde su condición de bisexual. De ello son producto sus diversas representaciones de la “mujer nueva”, personaje a menudo andrógino y cuya oscilante naturaleza se extiende de lo bello a lo siniestro, como sucede en Amor, donde una odalisca con zapatillas de baile se reclina sobre un fósil mientras un segundo par de piernas sobrevuela la escena con sus alas de libélula. Se trata de imágenes inquietantes y cautivadoras, nunca exentas de una refinada poesía personal, a veces dotadas de una misteriosa narrativa que incluye fragmentos tomados de la cultura de masas, la arquitectura y la publicidad. La intención de ilustrar la vida moderna adquiere aquí, mediante el uso del collage, ese rasgo característico de las vanguardias que es la simultaneidad, la pretensión de mostrar en una sola composición la complejidad, la variedad y el ritmo de la existencia, una pretensión que habría de dar también sus frutos en ámbitos como la literatura y la música. Tal es el legado de todo un lenguaje que en su momento fue revolucionario y que hoy nos resulta ya familiar, aunque veamos estas obras por primera vez, pues no es poco lo que han aportado a la imaginería con que puede representarse nuestro disparatado mundo contemporáneo.


Dos muñecas dadá, 1919

Da-dandy, 1919


Corte con cuchillo de cocina en la barriga cervecera
de la República de Weimar, 1920

Lista para la fiesta, 1936

Amor, 1937